BAUTISMO DEL SEÑOR

«El Señor Jesús ha venido hoy a recibir el bautismo. Ha querido lavar su cuerpo con el agua del Jordán. Quizá alguno diga: “¿Por qué quiso ser bautizado, Él que era Santo?”. Cristo se bautiza, no para ser santificado por las aguas, sino para santificar Él las aguas y purificar con su acción personal las olas que toca. Se trata más bien de la consagración del agua que de la consagración de Cristo. Desde el momento en que Cristo se lavó, todas las aguas se volvieron puras con vistas a nuestro bautismo. Así quedó purificada la fuente para que se otorgara la gracia a los pueblos que vendrían después. Cristo va el primero al bautismo para que los pueblos cristianos le sigan sin vacilar.

Aquí se vislumbra el misterio. ¿No fue la columna de fuego por delante a través de todo el Mar Rojo para animar a los hijos de Israel a que la siguiesen? Atravesó la primera las aguas para abrir camino a los que la seguían. Según el testimonio del Apóstol (cf. 1 Co 10,1 ss.), este acontecimiento fue una figura anticipada del bautismo. Se trataba sin duda de una especie de bautismo en el que los hombres estaban cubiertos por la nube y llevados por las aguas. Todo esto se ha cumplido en Cristo nuestro Señor, que ahora precede en el bautismo a todos los pueblos cristianos en la columna de su cuerpo, lo mismo que había precedido a los hijos de Israel a través del mar en la columna de fuego. La misma columna que en otro tiempo esclareció los ojos de los caminantes, ilumina ahora el corazón de los creyentes. Entonces trazó sobre las olas una ruta firme; ahora vigoriza en este baño los pasos de la fe. Quien marcha con fe, sin titubear, lo mismo que los hijos de Israel, no temerá en absoluto la persecución de los egipcios»[1].

 


[1] San Máximo de Turín, Sermón para la fiesta de Epifanía; CCL 23,398-400 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1971, C 4). Genadio de Marsella se refiere a Máximo como obispo de Turín y nos hace saber que murió “mientras reinaban Honorio y Teodosio el Joven” (408-423). No era oriundo de Turín y se desconoce de dónde y cuándo llegó a la ciudad. Depende en gran parte de Ambrosio de Milán (+ 397). Con seguridad era obispo de Turín en septiembre de 398, cuando allí se realizó un sínodo de obispos de Italia del Norte y de Galia. Parece que aún estaba con vida en 412, año en que ocurrió un eclipse de luna del que habla en sus Sermones 30 y 31. Hacia el fin del siglo V, sus restos fueron depositados en una basílica cercana a Turín.