COMO ORAR Y SALUDAR A LA MADRE DE DIOS

Visión de santa Gertrudis, anónimo, siglo XVIII, óleo sobre tela (126 x 88 cm), Museo Colonial y Museo Santa Clara, Bogotá, Colombia[1].

1. Una vez en que Gertrudis se recogía, a la hora de la oración, y se preguntaba qué sería lo más agradable al Señor en esos momentos, Él le respondió: “Ponte junto a mi Madre que está sentada a mi lado y alábala fervorosamente”. Ella entonces saludó devotamente a la Reina del cielo con estas palabras: “Paraíso de delicias, etc.”, alabándola por haber sido la amenísima morada que la inescrutable sabiduría de Dios, que habita en el gozo de las alegrías del Padre y conoce a todas las criaturas, se escogió como morada. Le pidió que le diera un corazón tan adornado con la variedad de las virtudes, que Dios también tuviera sus delicias en habitar en él.

Entonces le pareció contemplar a la Santísima Virgen que se inclinaba hacia ella para plantar en su corazón orante los diversos ramos de flores de las virtudes: la rosa de la caridad, la azucena de la castidad, la violeta de la humildad, el girasol de la obediencia y otras parecidas. Con ello quiso darle a entender cuan dispuesta está a escuchar las suplicas de quienes la invocan.

 2. Al saludarla de nuevo con el verso: “Alégrate, modelo de honestas costumbres”, etc., Gertrudis exaltó su diligencia, superior a todos los hombres, para ordenar el conjunto de sus afectos, costumbres, sentimientos y todos sus movimientos, de modo tal que ofreció al Señor una disponibilidad purísima para que se dignara hospedarse en ella, ya que nunca cometió la más mínima falta en pensamiento, palabra y obra. Y como ella le rogara que le obtuviera esta misma gracia, le pareció entonces que la Virgen Madre le enviaba sus propios sentimientos, bajo la figura de unas delicadas doncellas, con el encargo de que cada una juntara sus afectos con los de ella, para servir con ellos al Señor y suplir lo que hubiera de defecto en ella. Con lo cual le daba a entender que siempre está pronta para ayudar a cuantos la invocan.

Interrumpiendo este diálogo un momento, ella le dijo al Señor: “Hermano mío, ya que te hiciste hombre para remediar todas las flaquezas humanas, dígnate ahora suplir en mí lo que encuentres defectuoso en las alabanzas a tu santísima Madre”. A estas palabras, el Hijo de Dios se levantó con gran reverencia, y al pasar delante de su Madre, dobló sus rodillas e inclinó la cabeza, saludándola con respeto y amor; de este modo, el homenaje de Gertrudis no pudo menos que serle muy agradable, ya que su imperfección había sido suplida tan copiosamente por medio de su Hijo amantísimo.

3. Mientras oraba de la misma manera al día siguiente, se le apareció la misma Virgen Madre en presencia de la siempre adorable Trinidad, bajo la imagen de una blanca azucena con tres pétalos, como suele presentarse, uno erguido y los otros inclinados. Comprendió entonces que la bienaventurada Madre de Dios es llamada con razón “blanca azucena de la Trinidad”, por haber recibido en sí, plenísima y dignísimamente -más que ninguna otra criatura- de la adorable Trinidad, unas virtudes que jamás contaminó con el más mínimo polvo del pecado venial.

El pétalo recto designa la omnipotencia de Dios Padre; los dos inclinados, la sabiduría y la bondad del Hijo y del Espíritu Santo, a los que la Virgen tanto se parecía. La Bienaventurada Virgen también le reveló que, si alguien la saludaba devotamente llamándola: “Cándida azucena de la Trinidad y rosa brillante de celestial candor”, le mostraría de modo especial qué poder ha recibido de la omnipotencia del Padre; le enseñaría cuantas gracias le ha concedido la sabiduría del Hijo en orden a la salvación del género humano, y cómo la bondad del Espíritu Santo se ha desbordado infinitamente sobre ella, con entrañas de ternura. A todo esto añadió la Bienaventurada Virgen: “Cuando el alma que así me saluda salga de este mundo, me mostraré a ella y le ofreceré la hermosura celestial para su maravilloso consuelo”.

Por todo esto, ella decidió saludar a la bendita Virgen, o a su imagen, con estas palabras: “¡Salve, cándida azucena de la radiante y siempre serena Trinidad, salve rosa brillante de celestial belleza, de la que quiso nacer y amamantarse con su leche el Rey de los cielos! Alimenta también nuestras almas con los efluvios divinos”.

Santa Gertrudis, El Heraldo del Amor Divino III 19, 1-3.



[1] En la pintura aparece santa Gertrudis con santa Matilde y otras monjas de su comunidad, recibiendo un lirio -símbolo de la virginidad- y un collar de parte de la Virgen María. Unos ángeles sostienen un báculo mientras otros se dirigen a imponer a la santa una corona de flores. La representación se complementa con la figura de Jesús portando impresa, en su corazón, la imagen de la santa, quien a su vez lleva, en el suyo, la imagen de Jesús. El símbolo del corazón habitado por Jesús es el signo iconográfico distintivo de santa Gertrudis y está tomado de una visión en la cual Jesús le dice que ella lo lleva en su corazón.