DÉCIMO SEXTA ASAMBLEA GENERAL DE SURCO

 APROXIMACIÓN A APARECIDA

(Crónica de la 16º Asamblea General de SURCO)
 
 
La Abadía Nuestra Señora de la Esperanza, de Rafaela (Santa Fe, Argentina), con sus cómodas instalaciones, su nuevo Templo, y el servicio fraterno, sonriente y abnegado de sus monjas, fue el ámbito en el que se realizó la 16º Asamblea General de SURCO (Conferencia de Comunidades Monásticas del Cono Sur), del 18 al 21 de septiembre de 2007. En el lenguaje de Aparecida, podemos decir que éste fue un verdadero lugar de encuentro con Cristo, facilitado por nuestra Madre, la Iglesia, a los 33 asistentes –entre monjas y monjes superiores y delegados de las comunidades del Cono Sur–, quienes coincidieron en afirmar que la lectura del documento conclusivo de Aparecida, y su progresiva iluminación a lo largo de las sesiones de la Asamblea dedicadas a este tema, fue para ellos un paso del mismo Espíritu que conmovió a la Iglesia reunida en Aparecida y que se va abriendo paso en las conciencias de los llamados a ser discípulos misioneros de la vida en Cristo en nuestro continente americano.
 
 
Si bien varias sesiones de la Asamblea fueron dedicadas a las actividades realizadas en el trienio 2003 – 2007, incluyendo un rico abanico de cursos y encuentros monásticos, así como también un informe sobre la revista Cuadernos Monásticos –publicación de SURCO– y sobre ECUAM (Ediciones Cuadernos Monásticos), sin olvidar la consideración de proyectos a realizar en el futuro, vamos a circunscribirnos en esta crónica a todo lo referente al tema de Aparecida, elegido para ser tratado en varias sesiones de la Asamblea. En primer lugar nos referiremos a las tres conferencias sobre Aparecida, que marcaron las líneas a seguir en las reflexiones personales, grupales y comunitarias que tuvieron lugar durante estos días, y que estuvieron a cargo del Abad Benito Rodríguez, osb, (el martes 18); de Mons. José María Arancedo, Arzobispo de Santa Fe (el miércoles 19) y del Abad Carlos Oberti, osb, (el jueves 20).
 
En base a textos seleccionados del documento conclusivo de Aparecida, el P. Abad Benito Rodríguez, osb, fue desarrollando una “conferencia interactiva”, en la que sus reflexiones y conclusiones se fueron amalgamando con las intervenciones de los oyentes, en una dinámica que contribuyó a iluminar el contenido del documento, que subraya, entre otras cosas, la importancia de que el discípulo misionero se encuentre con Cristo bajo la guía del Espíritu, en el ámbito acogedor de la Iglesia, nuestra casa, que dispone a su vez “habitaciones” que son lugares de encuentro con el Señor (Aparecida, 243 y 246): la Escritura (Aparecida, 247-249), la Liturgia (Aparecida, 251-252), la oración (Aparecida, 255), la comunidad (Aparecida, 256), los pobres (Aparecida, 257). Son todos lugares que ya consideraba la RB. A ellos se suma la piedad popular de los pueblos americanos, que tienen como verdadero ámbito de encuentro con Cristo sus fiestas patronales, novenas, rosarios, vía crucis, procesiones, peregrinaciones… (Aparecida, 258-259).
 
Mons. José María Arancedo, en su carácter de Obispo asistente a la Conferencia de Aparecida, pudo brindarnos un testimonio vívido del ambiente físico –bello y adecuado– y del clima espiritual –de comunión fraterna, participación y libertad–, que enmarcó este encuentro. Se refirió al modo de organizar los contenidos según el método ver (caps. 1 y 2), juzgar (caps. 3, 4, 5 y 6), obrar (caps. 7, 8, 9 y 10), para terminar señalando lo que Aparecida dice a los contemplativos e invitándonos a vivir nuestra identidad con la alegría que es signo de la presencia del Espíritu.
 
El P. Abad Carlos Oberti, osb, en una conferencia sobre “Discipulado y misión en la vida monástica”, señaló el uso del término “discípulo” en los seis primeros capítulos de la RB como una influencia de la RM, e hizo notar que el cambio de este término por el de “hermano” en los capítulos subsiguientes –como modo de nombrar al cenobita– no excluye la importancia que Benito da al discipulado en su Regla, ya que en ella todos, incluido el Abad, son discípulos y seguidores de Cristo, y como tales, misioneros. Misioneros ad intra, para los mismos monjes que integran la comunidad, y ad extra, como servicio a la Iglesia y al mundo: se trata de una misión por irradiación y atracción, y también de una proyección cultural, social y pastoral.
 
Después de esta última Conferencia, tuvo lugar el trabajo en grupos sobre la misión de una comunidad monástica hoy, y un posterior Plenario en el que los grupos expusieron sus conclusiones, que fueron a continuación enriquecidas por distintas intervenciones en el Plenario, de las cuales, para finalizar, reproducimos algunas a continuación:
 
 
P. Enrique Contreras, osb (Abad de la Abadía Santa María, de Los Toldos [Bs. As., Argentina]. Intervención en el Plenario): Aparecida, al referirse al hoy de nuestra fe, nos refuerza la idea de que estamos en un momento de gracia, más allá de una primera impresión en la que el contexto puede aparecer como negativo. Ese es el gran mensaje: estamos en un momento de gracia y debemos aprovecharlo. Es el mejor momento. ¿Cuál es el mejor momento? Éste. No nos dejemos engañar por el pesimismo, ni por las estadísticas sino que éste es un nuevo Pentecostés, en el que hay que abrir el corazón al Espíritu Santo y dejarlo actuar. Él puede transformarlo todo. El gran obstáculo es nuestra falta de fe, es no dejar actuar al Espíritu Santo.
 
Hay una intención clarísima de dar un mensaje de esperanza. Eso es muy fuerte en el documento. También la intención de reforzar Santo Domingo. En Santo Domingo había ya un avance misionero, y ahora el centro está en la misión, es clarísimo.
 
Además hay cambios debidos a que está trabajando una nueva generación de gente, tanto en el Episcopado como en las Comisiones que redactaron el documento: teólogos, pastoralistas, biblistas, etc. Y hay que destacar algunos puntos que significan cambios grandes muy importantes.
 
1) La pneumatología, que era la gran ausente en los documentos de la Iglesia, y que se tomó del aporte del Papa Benedicto XVI.
2) El encuentro con Cristo, que aparece mucho en los Padres de la Iglesia, pero luego desaparece. Por ejemplo, cuando un sacerdote confiere un sacramento, subraya mucho los efectos del sacramento; lo mismo cuando se estudia un sacramento. Pero en realidad nunca decimos que lo más importante es el encuentro con Cristo. Hablamos de la liturgia, de lo que la liturgia produce, pero no de que es un encuentro con Cristo. Lo mismo pasa con la Lectio: Hablamos de la técnica, pero no del encuentro con Cristo. Este es un aporte que no es nuevo, pero el hecho de haberlo subrayado tan fuertemente sí es nuevo. El centro de todo lo que hacemos debiera ser el encuentro con Cristo.
3) El tema de la comunión y de María no son nuevos, están siempre en los documentos latinoamericanos, pero la forma en que se los presenta en Aparecida tiene algunos cambios.
4) En general, creo que hay no solamente  un mensaje de esperanza sino que hay una continuidad. No han querido romper con Santo Domingo, donde estaban ya incoados los temas, por ejemplo se había ya propuesto anunciar a Cristo. Ahora lo amplían y le dan una base teológicamente muy interesante.
5) Se pone mucho el acento en lo trinitario, lo cual no es frecuente en estos documentos. Varias veces, en varios lugares, se toca el tema trinitario.
6) Se hizo un esfuerzo por señalar lo positivo de la cultura contemporánea, evitando subrayar lo negativo.
7) Es una llamada a la conversión, sobre todo para nosotros: seminaristas, religiosos, sacerdotes, monjes.
 
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P. Benito Rodríguez, osb (Abad de la Abadía de la Santísima Trinidad de Las Condes, Chile. Intervención en el Plenario sobre Aparecida): El que está en comunión con Cristo puede penetrar mejor la realidad. Si no, corremos el riesgo de encerrarnos y no dar vida. Si no damos vida, ésta no sólo no se conserva, sino que se pierde. La siguiente cita de Maurice Zundel presenta la vida monástica como apostólica, ya que responde a una misión eclesial: la de ser referencia de vida cristiana.
 
Esto significa que la vida cristiana en el monasterio es una vida apostólica, una vida donde cada monje es “enviado” –y enviado al mundo entero– con la misión, precisamente, de realizar la vida cristiana integral. El monje no tiene otro medio de apostolado. No tiene que predicar, no tiene que enseñar, no tiene que catequizar, no tiene que difundir el Evangelio sino viviéndolo. Y el hecho de que esta vida corresponde a una misión eclesial, es que toda la vida es una vida “enviada”, que toda la vida es una vida apostólica. No existen sólo, pues, las preocupaciones de la perfección personal –no me atrevería a decir la preocupación de su propia salvación–, todo esto está superado en esta preocupación de comunicar la Vida Divina en la plenitud de la vida cristiana (Maurice Zundel, Conferencia de un retiro predicado en la Abadía de Mont-des-Cats, en Cuadernos Monásticos 127, Año XXXIII, Octubre-Diciembre 1998, p. 413).
 
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Hna. Liliana Solhaune, osb (Conclusiones del trabajo en grupos): ¿Cuál es la misión de una comunidad monástica hoy?
 
Nuestra misión ad intra y ad extra es ser lo que somos, es decir, ser monjes, cristianos en el modo concreto en que lo fue San Benito. Ser monjes nos hace irradiar la alegría, el gozo de los que no se pertenecen sino que se abren a la luz de Cristo y la irradian. 
 
Ser monjes significa:
 
  • Recomenzar cada día desde Cristo nuestra conversión personal.
  • Vivir el silencio que nos abre a la escucha como dimensión misionera. Escuchar la Palabra nos hace discípulos y por lo tanto, humildes; y nos hace obedientes: en la obediencia recibimos el envío a nuestra misión dentro de la Iglesia. El silencio nos lleva también a escuchar a los demás: es un camino de muerte a nosotros mismos, para dar lugar al hermano, y es también un servicio que brindan los Monasterios al que viene a ser escuchado. Al hablar, muchos encuentran la respuesta en sus propios corazones que se manifiestan ante el que escucha.
  • Ser hospitalarios, no a título personal, sino en nombre de una comunidad que nos envía. 
  • Vivir la estabilidad en esta comunidad concreta, como modo efectivo de ser misionero. La estabilidad es un signo fuerte para nuestro mundo cambiante e inestable.
  • Ser una presencia en nuestra comunidad: que la tecnología (computadora, celular, etc.), que es don de Dios para nuestra época, y que como tal debemos utilizar, no nos robe los momentos que debemos dedicar a la comunidad, dentro de la sabiduría de la proporcionalidad en el uso del tiempo. 
 
A la luz de Aparecida podemos decir que nuestro modo de irradiación es ser monjes que están vivos por estar adheridos a Cristo, el Maestro. Aparecida es un llamado fuerte a cada comunidad a abrirse al Espíritu en comunión con toda la Iglesia. Que nadie se sienta excluido de este llamado: porque somos pecadores nos amó Cristo y vino a salvarnos. Aparecida es un llamado a ver y proclamar nuestra historia como historia de salvación y a irradiar el gozo del encuentro con Cristo. En cada comunidad monástica hay tantas historias personales que se insertan en la historia comunitaria, en la historia del monacato, y en la historia de la Iglesia. En Aparecida la Iglesia nos interpela hoy en la voz cercana de nuestros Pastores: nos llama a mantener encendido el fuego del amor de Cristo y a irradiarlo al modo en que lo hace la Iglesia, al modo en que lo hizo Benito: como herederos de una bendición. Y con el corazón lleno de gratitud por pertenecer al cuerpo de la Iglesia, al cuerpo de la Congregación de monjes del Cono Sur, al cuerpo de mi comunidad monástica, que es el lugar donde el Espíritu ha obrado y seguirá obrando.
 
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P. Enrique Contreras, osb (Intervención en el Plenario): En síntesis, podemos decir que Aparecida destaca cuatro aspectos del ser discípulos: la conversión, la transformación, y la perseverancia-estabilidad, con gratitud, con acción de gracias.
 
Los monjes serían principalmente misioneros por irradiación. Esto supone celebrar la vida sin temor, y se manifiesta en la oración, en la comunión en sentido amplio, la reconciliación, etc., en la acogida, en la capacidad de escucha, en el cultivar la belleza (decían antes los benedictinos: el gusto por las cosas bien hechas), en la liturgia. Con el acento en que se entrega la vida sin temor.
 
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Hna. María Eugenia Suárez, osb (Monja de la Abadía Nuestra Señora de la Esperanza, de Rafaela [Sta. Fe, Argentina]. Intervención en el Plenario sobre Aparecida): Una reflexión. Al escuchar los informes de lo que los grupos han reflexionado sobre las ideas clave de Aparecida: la vida, el discipulado, la misión, la comunión, yo pensaba en San Benito que dejó el mundo –sabiamente indocto– para fundar una escuela del servicio del Señor, y cómo esa vida de San Benito y la escuela del servicio del Señor tuvieron una proyección increíble en la historia. No sé si otro fenómeno social ha tenido una proyección así, por supuesto aparte del Evangelio y la Redención de Jesús. Y pensaba en tres ideas del Papa respecto de la misión. 
 
Él insiste mucho en que es necesario en las sociedades crear espacios: crear espacios de comunión, crear espacios de solidaridad, crear espacios de amor, y en ese sentido creo –y él lo dice– que para contrarrestar los aspectos negativos de nuestra sociedad de hoy, es como crear células sanas que sirvan de defensa al organismo que está tan enfermo. Me parece que en ese sentido nuestras comunidades monásticas podrían ser muy bien –y lo han dicho los Hermanos y Hermanas a través de lo que la gente busca, de lo que la gente encuentra– esos espacios de comunión, que ya serían la misión: crear entonces esos espacios.
 
El Papa expone muy bien a los jóvenes en Loreto un tema, a raíz de que un joven le plantea en una pregunta el problema de los marginados, tema que Aparecida también ha tratado bastante. Y el Papa le contesta: ¿Cuál es la idea: qué es la marginación y qué es el centro? El centro está donde está Cristo. Entonces, si está Cristo, no hay marginación. Y pienso que los Monasterios son centros donde está Cristo. Entonces, a pesar de que están como marginados de la sociedad, son un centro donde los marginados encuentran que son importantes a los ojos de Dios y a los ojos de sus hermanos. 
 
Y la tercera idea que se me ocurre es a partir de una frase que tiene el Papa en el documento sobre la Eucaristía. El Papa dice que la transubstanciación en la Eucaristía es una especie de fisión nuclear, que transforma el ser, y que tiene, como toda fisión nuclear, una proyección en cadena. Es el principio de la bomba atómica, de toda la teoría de la relatividad. Entonces pensaba: las Comunidades monásticas son comunidades que viven de la Eucaristía. Y el Papa dice que esta fisión nuclear que se produce en la transubstanciación, se tiene que producir también en nosotros por la acción del Espíritu Santo. Si nosotros nos dejamos transformar por la Eucaristía y por el Espíritu Santo, podemos provocar también en el mundo y en la sociedad, esta reacción en cadena que de alguna manera hace nuevas todas las cosas. No sólo las arregla, porque en el fondo el Evangelio dice que lo que está viejo ya no sirve, no sirve para arreglarlo, hay que tirarlo. Hay que hacerlo nuevo. Y lo único que puede hacerlo nuevo es precisamente esa acción de Cristo a través de su Espíritu, que es lo que puede crear los espacios y desatar la transformación y convertir la marginación en centro.
 
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P. Eduardo Gowland, ocso (Monje del Monasterio Nuestra Señora de los Ángeles, de Azul [Buenos Aires, Argentina]): Yo no he estudiado, sólo he leído una vez este documento, tan amplio y sinfónico, pero lo que más me ha gustado es el N° 11, donde dice lo siguiente: 
 
“La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales. (…) Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu”.
 
Entonces, siento a nivel personal y también de un modo comunitario, como una doble llamada. En el fondo Aparecida es una llamada a una conversión profunda, pero también al mismo tiempo es una llamada a la renovación, a lo nuevo. En algún momento de nuestra Reunión apareció la idea de que esto significaba como una reinculturación, por así decir, de esta realidad. Frente a esto, personalmente yo me encuentro en dos registros: como viejo, es decir, como que ésta es una Iglesia para otra generación. Yo no la voy a ver, no sé, soy como del Antiguo Testamento. Pero me entusiasma el hecho de estar invitado a algo nuevo. Para que esto sea realidad, tiene que haber transformación de personas. En el fondo es una llamada a la conversión, más allá de las estructuras. En nuestro grupo estábamos hablando de esto. Creo que todos nosotros tenemos experiencia de cómo los Monasterios son lugares que Dios utiliza para convertir gente. Y entonces uno trata de ver por qué o en dónde, pero no se puede poner el dedo acá o allá. Somos un gran signo que habla en determinadas personas y que el Espíritu Santo utiliza para poder evangelizar, por más pobres y sin vocaciones que seamos: rengos, cojos, chuecos, pero no importa. Está el signo. Lo importante es que vos estés allí. Eso es lo importante.
 
Frente a este texto que de alguna manera propone una acción que es repensar, relanzar y al mismo tiempo dice confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio, para que aparezcan personas nuevas, yo –decía– me siento como del Antiguo Testamento. No se trata solamente del proceso tradicional que nosotros podemos ver en un monje o en una monja que vive 50 años en un Monasterio. Digo que es la aparición de una nueva manera de ser cristiano. Y por lo tanto con expresiones. Estructuras y modalidades diferentes. Yo me refiero a eso. Y es un proceso normalmente lento. Que solamente lo hacen los santos. Los santos son los que en realidad verdaderamente transforman una sociedad. Me parece muy sabio que los Obispos digan que no se trata de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino.
 
 
Liliana Solhaune, osb
Monasterio Nuestra Señora del Paraná
E3114XAI Aldea María Luisa
Argentina
 
Crónica publicada en Cuadernos Monásticos, n. 164 (2008), pp. 55-63