DOMINGO 14º DURANTE EL AÑO. Ciclo "A"

«La práctica de la sabiduría cristiana no consiste en la abundancia de las palabras, ni en la sutileza de los razonamientos, ni en el deseo de alabanza y gloria, sino en la verdadera y voluntaria humildad que, desde el seno de su madre hasta el suplicio de la cruz, nuestro Señor Jesucristo eligió y enseñó como plenitud de la fuerza. Un día que sus discípulos, según cuenta el evangelista, andaban preguntándose, quién era el mayor en el Reino de los Cielos, él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Yo les aseguro: si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Así, por tanto, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt 18,1-4). (...)

Pero para que nos hagamos capaces de comprender cómo es posible conseguir una conversión tan admirable, y por medio de qué transformación hemos de llegar a una actitud de niños, dejemos que san Pablo nos instruya y nos diga: No sean niños en juicio. Sean niños en malicia (1 Co 14,20). No se trata de que volvamos a los juegos de la infancia, ni a las torpezas de los comienzos, sino a adquirir algo que conviene a los años de madurez, es decir la tranquilización rápida de las agitaciones interiores, la inmediata vuelta a la calma, el total olvido de las ofensas, la completa indiferencia a las honras, la sociabilidad, el sentimiento de igualdad natural... Esta es la forma de humildad que nos enseña el Salvador...

Que los fieles amen la humildad y se guarden de todo orgullo, que cada cual anteponga el prójimo a sí mismo y que nadie busque su propio interés sino el de los demás (1 Co 10,4). Así, cuando todos estén colmados de sentimientos de benevolencia, el veneno de la envidia desaparecerá por completo, porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado (Lc 14,11). Lo dice el mismo Jesucristo que, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén»[1].

 


[1] San León Magno, Sermón 7 para la Epifanía, 3-4; PL 54,258-259 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Editorial Apostolado de la Prensa, 1973, B 15). León, que ostenta el título de Grande (Magno), sobre todo por su contribución teórica y práctica al afianzamiento del primado de la Sede Apostólica romana, fue Papa de Roma entre 440 y 461, en el momento histórico en que el Imperio Romano se quebraba en Occidente ante el empuje de las invasiones bárbaras. León habría nacido en Toscana (¿o Roma?), hacia el fin del siglo IV. Antes de ser obispo de Roma ocupó una posición importante durante el pontificado de sus predecesores. León fue ante todo obispo de Roma y, por medio de sus frecuentes sermones dirigidos tanto al clero como al pueblo, buscó introducir a su comunidad en la celebración de los misterios de Cristo, proponiéndole la vivencia sincera de la vida bautismal, a la vez que procuró preservar a sus fieles de las herejías y los errores provenientes del paganismo. Después de veintiún años de pontificado arduo y difícil, murió el 10 de noviembre de 461. Nos legó 97 sermones y 173 cartas.