DOMINGO 26º. Ciclo "A"

«(...) ¿Por qué esto sino por lo que nosotros mismos vemos experimentalmente cada día, a saber, que muchas veces los que saben que no se han visto enredados en las seductoras mallas del pecado, se mantienen, sí, firmes en el camino de la Justicia y no cometen ninguna acción ilícita, pero, con todo, no anhelan con esfuerzo la patria del cielo y, por lo mismo que recuerdan no haber cometido acción ilícita alguna, se apegan más a las lícitas, y por lo regular mantiénense perezosos para realizar obras buenas de mayor importancia, puesto que se cuentan bastante seguros con no haber cometido pecados más graves?

Pero, por el contrario, a veces los que tienen presente que han cometido algo ilícito, oprimidos por su misma pena, encíéndense en amor de Dios, se entregan a practicar grandes virtudes, apetecen todo lo más arduo del santo combate, abandonan todo lo del mundo, huyen de los honores, gozan en las afrentas que han recibido, arden en deseos y ansias de la patria celestial, y, como consideran que anduvieron errantes apartados de Dios, reparan los daños precedentes con las ganancias que se les siguen.

(...) El labrador prefiere mucho más la tierra que, después de haber producido espinas, da abundante mies que la que nunca tuvo espinas, pero jamás dio mies abundante»[1].

 


[1] San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, II,14 [34],4; trad. en: Obras de San Gregorio Magno, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1958, p. 713 (BAC 170). Nació Gregorio hacia 540, en el seno de una familia romana de posición acomodada. Hacia el 572, fue nombrado prefecto de la ciudad de Roma. Pero poco tiempo después, entre 574-575, se convirtió a la vida monástica. Cuatro años más tarde, en 579, el papa Pelagio II le confirió el diaconado y le solicitó estar disponible para el servicio de la Iglesia. Entonces fue enviado como legado papal a Constantinopla, donde residió hasta 585. Al regresar a Roma se desempeñó como secretario y consejero de Pelagio, y a la muerte de éste lo sucedió en la sede romana (año 590). A pesar de no tener buena salud gobernó a la Iglesia, en un momento muy difícil de la historia, hasta su muerte, acaecida el 12 de marzo de 604. Con sus obras marcó el rumbo de la espiritualidad medieval.