DOMINGO 27º. Ciclo "A"

«Aquel que es verdaderamente omnipotente, creador del universo y Dios invisible, Él mismo plantó desde los cielos la Verdad y la Palabra santa e incomprensible para los hombres y sólidamente la asentó en sus corazones. Y eso, no mandándoles a los hombres, como alguien pudiera imaginar, alguno de sus servidores, o a un ángel, o príncipe alguno de los que gobiernan las cosas terrestres, o alguno de los que tienen encomendadas las administraciones de los cielos, sino al mismo Artífice y Creador del universo, Aquel por quien creó los cielos, por quien encerró al mar en sus propias lindes; Aquel cuyo misterio guardan fielmente todos los elementos; de cuya mano recibió el sol las medidas que ha de guardar en sus carreras del día; a quien obedece la luna cuando le manda lucir durante la noche; a quien obedecen también las estrellas que forman el séquito de la luna en su carrera; Aquel, en fin, por quien todo fue ordenado y definido y sometido: los cielos y cuanto en cielos se contiene; la tierra y cuanto en la tierra existe; el mar y cuanto en el mar se encierra; el fuego, el aire, el abismo, lo que está en lo alto, lo que está en lo profundo, lo que está en el espacio intermedio: ¡A Éste les envió!

¿Lo hizo, acaso, como alguien pudiera pensar, para ejercer una tiranía o infundirnos terror y espanto?

¡De ninguna manera! Lo envió en clemencia y mansedumbre, como un rey envió a su hijo rey; como a Dios nos lo envió, como hombre a los hombres lo envió, para salvarnos le envió; para persuadir, no para violentar, porque en Dios no se da la violencia.

Lo envió para llamar, no para castigar; lo envió, en fin, para amar, no para juzgar.

Lo mandará, sí, un día, como juez, y ¿quién resistirá entonces su presencia?»[1].

 


[1] Epístola a Diogneto,7. Esta obra de autor anónimo, perteneciente tal vez a los medios alejandrinos puede ubicarse a fines del siglo II, o bien -según ciertos estudiosos- a inicios del III. No se sabe quién sea el tal Diogneto, y puede pensarse que incluso se trate de una ficción, a la cual recurre el autor para escribir esta apología del cristianismo. La obra fue hallada en Constantinopla el año 1436. Formaba parte de un manuscrito designado con la letra F, que contenía cinco textos erróneamente atribuidos a san Justino, entre ellos figuraba la epístola A Diogneto.