DOMINGO 31º. Ciclo "A"

«… Jesús condena la arrogancia de los falsos profetas y los fingimientos de los hipócritas que se procuran celebridad con el poder de su palabra. Cuando dan una enseñanza profética, cuando expulsan demonios o realizan acciones parecidas, se figuran que con eso alcanzarán el Reino de los Cielos. Como si realmente esas palabras y esas acciones les perteneciesen en exclusiva. No. Es la potencia de Dios, invocada por ellos, la que realiza todo. En efecto, la ciencia de la doctrina se adquiere con la lectura de los libros santos, y los demonios se ponen en fuga por el nombre de Cristo.

Tenemos que poner algo nuestro, si pretendemos llegar a la bienaventuranza eterna. Hay que entregar algo de nuestro propio fondo: querer el bien, evitar el mal y obedecer de todo corazón a los preceptos divinos. Tal actitud nos valdrá ser reconocido por Dios como suyos. De esta forma, conformamos nuestras acciones a su voluntad en vez de gloriarnos por su poder (…)»[1].

 


[1] San Hilario de Poitiers, Comentario sobre san Mateo, 6,4-5: PL 9,952-953; trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Editorial Apostolado de la Prensa, 1972, i 31. Hilario nació, con bastante probabilidad, en Poitiers (actual Francia) a comienzos del siglo IV, entre los años 310-320. Quizás perteneció a una familia de posición holgada y, a juzgar por sus escritos, tuvo una sólida formación literaria. Aunque no sabemos nada de los miembros de su familia, parece que estuvo casado y la tradición menciona a su hija Abra. Hilario fue ordenado obispo a mediados del siglo IV; según algunos después de 353(?). Con seguridad fue obispo antes de 355 y quizá haya sido el primer obispo de Poitiers. Por su defensa de la fe nicena fue enviado al exilio en Asia Menor (356-360). Pudo volver a su sede en el año 360. La fecha más probable de la muerte del santo pastor parece ser el 1º de noviembre de 367. Algunos autores, con todo, prefieren colocar su defunción el 13 de enero de 367 o 368.