DOMINGO 32º DURANTE EL AÑO. Ciclo "A"

«Como Dios acepta la penitencia después del pecado, si uno supiera en qué tiempo habría de salir de este mundo, podría destinar parte del tiempo a los placeres y la otra parte a la penitencia; pero quien ha prometido perdonar al penitente, no ha prometido al pecador el día de mañana. Por consiguiente, debemos temer siempre el último día, el cual jamás podemos prever. He aquí aquel día favorable (2 Co 6,2)...; le hemos recibido para estimularnos a la conversión, y, con todo, rehusamos llorar los males que hemos hecho; y no sólo no lloramos lo ya cometido, sino que además aumentamos los que debemos llorar. Pero si de pronto nos asalta alguna enfermedad, si los síntomas de la enfermedad anuncian la muerte próxima, pedimos que se nos alargue la vida para llorar nuestros pecados, y pedimos con el más ardiente deseo esas treguas que cuando las tuvimos las estimamos por nada.

Así que, hermanos queridísimos, pensemos nosotros ahora con cuidado estas cosas y no perdamos en vano el tiempo ni solicitemos vivir para obrar bien cuando ya nos, veamos impelidos a salir del cuerpo.

(...) Siempre se debe tener presente la hora de nuestra salida; siempre debemos tener ante los ojos del alma este consejo de nuestro Redentor: Estén prevenidos, ya que no saben el día ni la hora»[1].

 


[1] San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, I,12,6. 7; trad. en: Obras de San Gregorio Magno, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1958, pp. 583. 584 (BAC 170). Nació Gregorio hacia 540, en el seno de una familia romana de posición acomodada. Hacia el 572, fue nombrado prefecto de la ciudad de Roma. Pero poco tiempo después, entre 574-575, se convirtió a la vida monástica. Cuatro años más tarde, en 579, el papa Pelagio II le confirió el diaconado y le solicitó estar disponible para el servicio de la Iglesia. Entonces fue enviado como legado papal a Constantinopla, donde residió hasta 585. Al regresar a Roma se desempeñó como secretario y consejero de Pelagio, y a la muerte de éste lo sucedió en la sede romana (año 590). A pesar de no tener buena salud gobernó a la Iglesia, en un momento muy difícil de la historia, hasta su muerte, acaecida el 12 de marzo de 604. Con sus obras marcó el rumbo de la espiritualidad medieval.