DOMINGO 5º DE CUARESMA. Ciclo "A"

«Es todo el hombre el que renace y se renueva en Cristo, para que, como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, nosotros vivamos también una vida nueva (Rm 6,4), en otras palabras, es necesario que rechacemos los errores de nuestra vida anterior (...). Y de la misma forma como hemos revestido la imagen de lo terrenal, debemos revestir también la imagen de lo celestial. Porque el primer hombre es salido del suelo, es terrestre, pero, el segundo hombre, ha venido del cielo (1 Co 14,49.47).

Si actuamos de esta manera, queridos hermanos, no moriremos. Incluso si nuestro cuerpo se disgrega, viviremos en Cristo, tal como él mismo lo aseguró: Aquel que cree en mí, aunque muera, vivirá (Jn 11,25). Tenemos la certidumbre, gracias al testimonio del Señor, de que Abraham, Isaac, Jacob y todos los santos de Dios están vivos. El Señor ha dicho sobre este tema: Todos viven por Dios, este, en efecto, no es un Dios de los muertos, sino de los vivientes (Lc 20,38). Y el Apóstol dijo igualmente: Para mí, la vida es Cristo y morir representa una victoria. Deseo irme de aquí y estar con Cristo (Flp 1,21. 23). Y en otro lugar agrega: Estamos siempre llenos de seguridad, sabiendo bien que, permanecer en este cuerpo, es vivir en el exilio, lejos del Señor, pues nosotros caminamos en la fe, y no en la clara visión (2 Co 5, 6-7).

Esa es nuestra fe, muy queridos hermanos: Si es por esta vida solamente que nosotros hemos colocado nuestra esperanza en Cristo, somos los más desdichados de todos los hombres (1 Co 15,19). Los animales domésticos, las bestias salvajes y los pájaros llevan sobre la tierra -lo constatarán por ustedes mismos- una vida tan larga o más que la nuestra. Pero el hombre tiene como propio aquello que Cristo le ha otorgado por su Espíritu Santo, es decir, la vida eterna, a condición de no pecar más. Pues la muerte, resultado del pecado, podemos evitarla por la virtud. Puesto que el precio del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rm 6,23)[1]».

 


[1] San Paciano de Barcelona, Sermón sobre el bautismo, 6-7 (trad. tomada de: El bautismo según los Padres de la Iglesia, Buenos Aires, Ed. Lumen, 1978, pp. 86-87). Las contadas noticias que poseemos de Paciano las debemos a Jerónimo (+ 419): “Paciano, obispo de Barcelona, en los confines de los Pirineos, hombre de una elocuencia virtuosa, célebre por su vida y por sus discursos, escribió diversos opúsculos...; murió bajo el imperio de Teodosio, a una edad en extremo avanzada”. De los datos aportados por Jerónimo sacamos en claro que Paciano murió después de 379 (año del advenimiento de Teodosio) y antes de 392/3.