DOMINGO 5°. Tiempo durante el año. Ciclo "A"

«La lámpara colocada sobre el candelero, de que habla la Escritura, es nuestro Señor Jesucristo, verdadera luz del Padre, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Tomando de nosotros nuestra carne, se ha hecho y se ha llamado “lámpara”, es decir. Sabiduría y Palabra del Padre según su naturaleza, y es proclamado en la Iglesia de Dios por la piedad y la fe. Glorificado y manifestado entre las naciones por el ejemplo de su vida y la fidelidad a los mandamientos, brilla para todos los que están en la casa, es decir, para este mundo. Es exactamente lo que dice la misma Palabra de Dios: No se enciende una lámpara para ocultarla bajo un cajón, sino para ponerla sobre el candelero y que dé luz a todos los que están dentro de casa (Mt 5,15)... Nuestro Salvador y nuestro Dios nos libra de las tinieblas de la ignorancia y del mal, y por eso en la Escritura se le llama “lámpara”. Al disipar como una lámpara la oscuridad de la ignorancia y las sombras del pecado, se ha convertido para todos en el único camino de salvación. Por el conocimiento y la virtud, conduce al Padre a los que quieren recorrer con él, como un camino de justicia, la senda de los mandamientos divinos.

El candelero es la santa Iglesia. En su predicación reposa la Palabra luminosa de Dios, que ilumina a los hombres del mundo entero como a los moradores de su casa, y llena todos los espíritus del conocimiento de Dios...»[1].

 


[1] San Máximo Confesor, Quaestiones ad Thalassium, 63; PG 90,667. 670 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, I 7). Máximo nació el 579/580 en Palestina, hijo de un samaritano y de una esclava persa bautizados por un sacerdote de la región del Golán. Recibió el nombre de Moschion y a los diez años fue encomendado al abad Pantaleón del monasterio de San Garitón, que le impuso el nombre de Máximo y lo encaminó al estudio de Orígenes. Huyendo de Jerusalén el 614 ante la invasión persa, se refugió en Cízico, cerca de Constantinopla, y entabló estrechas relaciones con la corte imperial, especialmente por mediación de su discípulo Anastasio. Hacia el 626 empujado por las invasiones de persas y ávaros, Máximo se refugió en África. Poco antes del 647 Máximo llegó a Roma y aquí tomó parte, el 649, en el concilio Lateranense convocado por el papa Martín I en defensa de las dos voluntades en Cristo contra el edicto del emperador Constante II, quien para sedar los ánimos había prohibido toda discusión sobre el debatido problema cristológico. Volvió a Constantinopla el 653, donde fue arrestado, procesado y, el 654, condenado a exilio temporal a Byzia en Tracia. El 655 murió en exilio el papa Martín I y Máximo, no contando con el apoyo de sus sucesores los papas Eugenio y Vitaliano, sufrió un segundo proceso el 622, en el que, con su discípulo Anastasio, fue condenado a la pena iraní de la mutilación de la lengua y de la mano derecha, por ser éstos los órganos con que se había opuesto al edicto imperial, y le fue intimado definitivamente el exilio a Lazika, en la lejana Cólquida, a orillas del Mar Negro, donde murió acabado por los sufrimientos el 13 de agosto del mismo año 662. De Máximo se han conservado unos 90 escritos.