EPIFANÍA DEL SEÑOR

«Reconozcamos, amadísimos, en los Magos que adoran a Cristo las primicias de nuestra vocación y de nuestra fe y celebremos con el alma alborozada el comienzo de nuestra feliz esperanza. Entonces fue cuando comenzamos a entrar en posesión de nuestra herencia eterna. Entonces se nos abrieron los misterios de la Escritura que nos hablan de Cristo, y la verdad (...) difundió su luz sobre todos los pueblos. Veneremos este día santísimo, en que se manifestó el autor de nuestra salvación, y adoremos omnipotente en el cielo al que los Magos veneraron recién nacido en la cuna. Así como ellos ofrecieron al Señor dones sacados de sus tesoros con una significación mística, del mismo modo saquemos también nosotros de nuestro corazón dones dignos de Dios. Aunque Él distribuye todo bien, sin embargo, busca el fruto de nuestro trabajo. El reino de los cielos no es de los que duermen, sino de los que velan y trabajan en los mandamientos de Dios. Si no invalidamos los dones hechos por Él mismo, mereceremos, por los bienes que nos ha dado, recibir los que nos ha prometido»[1].

 


[1] San León el Grande, Homilía tercera sobre la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, 4 (trad. en: San León Magno. Homilías sobre el Año Litúrgico, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1969, pp. 128-129 [BAC 291]). León, que ostenta el título de Grande sobre todo por su contribución teórica y práctica al afianzamiento del primado de la Sede Apostólica romana, fue Papa de Roma entre 440 y 461, en el momento histórico en que el Imperio Romano se quebraba en Occidente ante el empuje de las invasiones bárbaras. León habría nacido en Toscana (¿o Roma?), hacia el fin del siglo IV. Antes de ser obispo de Roma ocupó una posición importante durante el pontificado de sus predecesores. León fue ante todo obispo de Roma y, por medio de sus frecuentes sermones dirigidos tanto al clero como al pueblo, buscó introducir a su comunidad en la celebración de los misterios de Cristo, proponiéndole la vivencia sincera de la vida bautismal, a la vez que procuró preservar a sus fieles de las herejías y los errores provenientes del paganismo. Después de veintiún años de pontificado arduo y difícil, murió el 10 de noviembre de 461. Nos legó 97 sermones y 173 cartas.