LA ESCRITURA COMO NACIMIENTO: LA COMPOSICIÓN DEL “HERALDO DEL AMOR DIVINO” (2)

Santa Gertrudis la Magna Virgen, grabado original con orla azul, anónimo, 1853.

 

Laura Grimes Ph. D[1]

Un Memorial de la Abundancia de la Divina Dulzura

El Prólogo describe la obra de Gertrudis redactada 8 años después de su conversión inicial: Un memorial de la Abundancia de la Divina Dulzura, como el primero de los progenitores del libro. Por eso generalmente se presume que el Memoriale es el precedente del actual Libro II. Fue comenzado por Gertrudis el Jueves Santo de 1289, como se narra en el propio Prólogo[2], ya que la experiencia de su conversión inicial tuvo lugar poco antes de la fiesta de la presentación de 1281. La conexión entre la experiencia de Gertrudis y la de los lectores se destaca con su interacción con Dios sobre la terminación del Memoriale y su primera ofrenda del texto a Dios. En base a la respuesta recibida: “Nadie puede apartar de mí el memorial de la abundancia de mi divina dulzura”, ella concluye que el libro debe titularse: “Un memorial de la abundancia de la divina dulzura”[3]. Este título es una referencia al salmo 144,7: “Publicarán la memoria de la abundancia de tu dulzura y se alegrarán con tu justicia” (Douay). Este salmo alterna entre la alabanza individual y comunitaria de Dios; así, este sería el precedente del Libro II, en el cual Gertrudis, como Agustín en las Confesiones, escribe su autobiografía orante para alabar a Dios y mover a otros a alabarlo junto con ella. La inclusión de suavitas en el título es adecuada porque la desbordante dulzura del amor de Dios es una imagen mayor para Gertrudis a lo largo del Memoriale. Agustín también enfatiza la seductora dulzura de la Palabra de Dios y de las palabras humanas que reciben de ella su forma, en dos obras que influyen sobre el Heraldo: las Confesiones y Sobre la Doctrina Cristiana. La mención del Prólogo sugiere esta conexión y establece la fundamentación para el extendido uso posterior de suavis, dulcis y mellitis a lo largo del texto del Heraldo[4].

Dios hace especiales promesas a Gertrudis sobre la eficacia del libro, destacando su capacidad de llevar a los lectores y colaboradores a experiencias místicas como las suyas. Los lectores devotos experimentarán la presencia de Dios como si Dios estuviera sosteniendo el manuscrito junto con ellos, en la práctica común en la Edad Media de la lectura conjunta.

«Y el Señor añadió: “Si alguno desea leer este libro con la devota intención de su progreso espiritual, Yo lo atraeré tan estrechamente a mí mismo, que leerá como si mis propias manos estuvieran sosteniendo el libro, y yo mismo lo acompañaré en la tarea. Como cuando dos personas están leyendo la misma página, cada una percibe el aliento de la otra, así yo atraeré hacia mí el aliento de sus deseos. Este moverá mi amorosa ternura para tener compasión de él. Aún más, yo alentaré sobre él, el soplo de mi divinidad, que por mi Espíritu, lo recreará por dentro”»[5].

La imagen del aliento es la misma que se usa para la inspiración de Gertrudis por el Espíritu Santo en el párrafo anterior. Similar comparación se hace con los escribas que copiarán el libro en la siguiente promesa divina:

«Añadió también el Señor: “Si alguno transcribe lo que aquí está escrito, con similar intención, por cada palabra transcripta, yo encenderé en él, de la dulzura de mi divino corazón, una flecha de amor, que pondrá en movimiento en su corazón los mayores deleites de mi divina bondad”»[6].

Esta es una referencia a la gracia mística de la transverberación: tener metafóricamente “traspasado” el corazón por el amor divino, una de las más preciadas experiencias de Gertrudis, descriptas en el Libro II capítulo 5 de El Heraldo. La estrecha semejanza de las gracias ofrecidas a los lectores devotos y a los transcriptores de la experiencia personal de Gertrudis demuestra la convicción (de Gertrudis y de su comunidad) de que sus experiencias fueron le dadas y registradas en orden a ayudar a otros a recibir los mismos dones.

 

El Heraldo del amor divino

El Prólogo, entonces, muestra a Gertrudis en conversación con Dios durante la redacción, por parte de sus hermanas, del segundo libro progenitor: El Heraldo del amor divino. Este fue escrito por otras hermanas con la cooperación activa de Gertrudis, presumiblemente a causa de su otra carga de trabajo, escribiendo y ejerciendo la dirección espiritual, así como también su creciente mala salud, que la llevó a una muerte temprana alrededor de los 45 años de edad.

«Mientras se escribía la segunda parte (conscriberetur) con gran deleite de la voluntad de Dios, ella estuvo quejándose al Señor. Él la reprendió con su gran ternura y le dijo entre otras cosas: “Te he dado ser la luz de las naciones, para que tú seas mi salvación hasta los confines de la tierra” (Is 49,6). Como ella se dio cuenta de que Él estaba hablando del libro recién comenzado, dijo con asombro: “¿Y cómo, oh mi Dios, podría alguien recibir la luz del conocimiento a través de este pequeño libro, si yo no quiero que se siga escribiendo nada más (conscribantur) y no permitiré que lo poco que ya se ha escrito (scripta) sea mostrado a nadie?”»[7].

Los verbos pasivos aquí usados muestran que la comunidad está haciendo el escrito, recogiendo las experiencias de Gertrudis en base a la conversación con ella[8]. Junto con el cambio a la tercera persona en los Libros compilados, esto deja claro que la otra hermana o hermanas son autoras activas de la obra y no se limitan a escribir al dictado, como alguna literatura secundaria lo describe[9]. Pero Gertrudis mantiene un rol activo en el proceso, como indica aquí el enfoque puesto sobre ella. En un clima eclesial en el cual la enseñanza teológica femenina estaba necesariamente justificada por experiencias espirituales extraordinarias, recoger y analizar las visiones de Gertrudis da una voz confiada a sus hermanas.

Según el Prólogo continúa describiendo la composición del segundo libro, Dios llama a Gertrudis “luz de las naciones”, comparándola con el mesiánico Siervo del Señor, ungido por el Espíritu Santo en Is 49,6. Dios también la compara con Jeremías, quien pensaba que no sabía cómo hablar, pero cuya elocuencia iluminó a las naciones.

«A lo cual el Señor respondió: “Cuando yo elegí a Jeremías para ser mi profeta (Jr 1,5), él pesaba que  era incapaz de hablar con conocimiento o discreción, pero por las palabras de su boca yo condené a pueblos y reyes. Del mismo modo, mi intención de clarificar ciertas cosas a través de la ti, por la luz del conocimiento y la verdad, no será frustrada, porque nadie puede impedir lo que ha sido predestinado desde la eternidad. Porque a los que he predestinado los llamaré, y a los que he llamado los justificaré, del modo que me plazca”»[10].

Una comparación divina de Gertrudis con los profetas que hablaron por Dios y fueron los autores de los libros bíblicos, y de la obra escrita por sus hermanas con el Evangelio, es una fuerte aprobación para la espiritualidad y la erudición de las mujeres. Se reclama gran autoridad para ella, para las hermanas y para el libro mismo, el cual, más adelante en el texto, será de nuevo vinculado a la Escritura[11].

Continuará

 


[1] La Rev. Dr. Laura M. Grimes es una investigadora independiente especializada en la teología y la espiritualidad femenina medievales. Se graduó como Doctora en la Historia de la Cristiandad por la Universidad de Notre Dame en 2004 con una tesis titulada: Theology as Conversation: Gertrud of Helfta and Her Sisters as a Readers of Agustine (La teología como diálogo: Gertrudis de Helfta y sus hermanas como lectoras de San Agustín). Ha presentado y publicado en varios contextos sus estudios sobre El Heraldo del Amor divino y los Ejercicios Espirituales de santa Gertrudis, incluyendo el refundado monasterio de Helfta en Eisleben, Alemania. Este artículo fue publicado en Cistercian Studies Quarterly 42.3 (2007) 329-345. Traducido con los debidos permisos por la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[2] N. de T: L II Prólogo.

[3] Prol 1; SCh 139: 108; CF 35:31.

[4] La centralidad de las imágenes de la dulzura para Gertrudis, como también su conexión con Agustín son algo oscuras en las recientes traducciones, tanto del Heraldo como de los Ejercicios Espirituales. Estas frecuentemente traducen suavis, dulcis y términos con la raíz mel (miel), como suave o agradable, por temor de que Gertrudis pueda sonar demasiado sentimental. Es interesante hacer notar que de este modo, la retórica agustiniana de la dulzura en las Confesiones es minimizada por algunos traductores.

[5] Pr 2, SCh 139: 110; CF 31, 32.

[6] Pr 2, SCh 139: 110; CF 32.

[7] Pr 3, SCh 139:10; Gertrude of Helfta, The Herald of Divine Love, trans. and ed. by Margaret Winkworth (New York / Mahwah: Paulist, 1993), 48; en adelante: HDL.

[8] Esta distinción no es clara en la versión de Barratt, que traduce los verbos en voz activa (CF 35: 32).

[9] Por ejemplo la Introducción de Sr. Maximilian Marnau a la traducción de Ediciones Paulinas sostiene: “Los Libros 3, 4 y 5 fueron escritos por otra monja o posiblemente más de una, durante la vida de Gertrudis y probablemente, al menos en parte, a su dictado. Quizás también ella, como Matilde de Magdeburgo cuando dictaba el séptimo libro de sus Revelaciones, fue prevenida por sus hermanas de no escribir, a causa de su poca salud. Sorprende ver que aquí no se describe la muerte de Gertrudis sino solo su propio presentimiento sobre esta. Es probable entonces que la compiladora de esos libros no se sintiera competente para añadir algo por sí misma, a lo que le había sido dicho por Gertrudis. En esto se asemeja a la amanuense de Matilde de Magdeburgo, quien tomó nota de lo que Matilde dictaba y parece no haber añadido nada” (HDL 12).

[10] Pr 3, SCh 139:110; HDL 48.

[11] Cfr. la tentativa similar de Gertrudis de evitar escribir su propia parte de la obra en el Libro II. Ella se justifica a sí misma reflexionando que, al menos, ha compartido con otros por medio de la conversación las gracias que le fueron concedidas. Dios se manifiesta en desacuerdo, usando un versículo de la liturgia de Maitines de ese día, donde se insiste en la importancia de que las palabras salvíficas de Jesús fueran puestas por escrito en el Evangelio “para la salvación de muchos” que no podrían oírlas personalmente (L II,10; SCh 139:272-274).