FIESTA DE SANTA GERTRUDIS

Éxtasis de santa Gertrudis, Pietro Liberi (1605-1687), Monasterio de Santa Giustina, Padua, Italia.

 

Oh Dios, mi Dios, por ti madrugo.

Mi alma está sedienta de ti

y mi carne tiene ansias de ti.

En esta tierra reseca, agostada, sin agua,

me presento ante ti en el Santuario,

para contemplar tu fuerza y tu gloria»[1].

Sí, oh Dios de amor,

sólo tú eres mi único y verdadero amor.

Eres mi queridísimo Salvador,

toda mi esperanza y mi alegría,

mi bien supremo y soberano.

Ante ti, Dios mío, mi queridísimo amor,

estaré desde la mañana

y te veré como la misma suavidad y dulzura[2].

Eres la sed de mi corazón.

Eres la saciedad perfecta de mi espíritu.

Cuanto más te pruebo, más hambre tengo.

Cuanto más te bebo, más sed tengo.

Oh Dios amor,

verte es como un día resplandeciente,

este día único, pasado en la casa de Dios,

que sobrepasa a otros mil[3],

por el cual suspira mi alma, que has rescatado para ti.

Oh, ¿cuándo me saciarás con la dulzura de tu dulce faz?

Mi alma te desea y desfallece[4] por tus delicias abundantes.

 He elegido y preferido ser la última en la casa de mi Dios

para poder aspirar a saciarme con tu dulcísimo rostro.

Oh amor, verte es abismarse en Dios.

Adherirse a ti, es unirse a Dios por una alianza nupcial.

Oh luz serenísima de mi alma, y mañana resplandeciente,

ah, hazte por fin mi amanecer,

brilla sobre mí con tanta claridad

que en tu luz contemple la luz[5],

y que por ti mi noche se vuelva día.

Oh, mi amadísima Mañana,

que todo lo que no eres tú,

por amor de tu amor, lo considere vacío y vanidad.

¡Oh!, visítame desde el amanecer,

para transformarme del todo, de repente, en ti[6].

Oh amor, portador no de luz, sino de Dios,

ven ahora a mí con abundancia,

para que por ti me derrita dulcemente.

Haz que me vacíe de mí y me vierta toda en ti,

de tal modo que nunca jamás pueda volver a encontrarme

en este tiempo limitado,

sino que permanezca estrechamente unida a ti por la eternidad.

Oh Amor, eres esa belleza peculiar,

ese brillo primero

que no puede ser contemplado en este mundo,

sino bajo las alas de los Serafines.

Oh, ¿cuándo estaré saciada

por una belleza tan grande y luminosa?

Oh imperial Estrella de la mañana[7],

resplandeciente de divina claridad,

¿cuándo estaré iluminada por tu presencia?

Oh figura amadísima, ¿cuándo me saciarás de ti?

Ojalá percibiera un poco unos tenues rayos de tu belleza,

para que pudiera tener por lo menos una anticipación de tu dulzura,

y saborearte por antelación, tú que eres el lote de mi heredad.

¡Por favor!, vuélvete ahora un poco hacia mí,

para que, sobre ti, oh flor de las flores, fije mi mirada.

Eres el espejo resplandeciente de la santa Trinidad

que, en el cielo cara a cara, aquí sólo en un reflejo[8],

nos es permitido contemplar con los ojos de un corazón puro.

Ah, inúndame con tu pureza, y seré purificada;

toca con tu pureza lo íntimo de mi corazón,

y me volveré más blanca que la nieve[9].

Que la grandeza de tu amor, te lo suplico,

prevalezca sobre todo,

y que me envuelva la inmensa santidad de tus méritos,

para que no me aparte de ti, la desemejanza de mi belleza.

Mírame y ve, y haz que te conozca y te entienda.

Tú me amaste el primero[10],

Tú me elegiste cuando todavía yo no te había elegido.

Vienes corriendo hacia cualquiera que tiene sed de ti:

el resplandor de tu eterna luz brilla sobre tu frente[11].

Muéstrame tu rostro y hazme contemplar tu belleza[12].

Tu rostro es dulce y encantador[13],

irradia la gloriosa aurora de la divinidad.

En tus mejillas resplandecen el Alfa y la Omega[14].

En tus ojos brilla con inextinguible ardor la radiante eternidad.

Allí el Dios salvador irradia para mí como una antorcha.

Allí el amor manifiesto sonríe alegremente a la luminosa verdad.

Desprendes un perfume de vida para mí.

De tu boca fluyen leche y miel[15].

Qué bella eres, oh caridad que eres Dios,

la gracia sale de ti;

qué digna de admiración y dulce a la mirada,

queridísima en tus delicias.

Tú, como una reina,

ocupas el primer puesto en el trono de la divinidad,

colmada de las riquezas de la imperial Trinidad.

Tú, compañera y esposa del Dios soberano para siempre,

te alegras con su intimidad,

unida por un amor indisoluble al Hijo de Dios.

Oh amor, en el ocaso de mi vida, dígnate madrugar para mí,

y cuando me veas en el momento de abandonar esta tierra extranjera,

hazme beber de ti la vida eterna.

Concédeme acabar de tal modo este exilio,

que pueda entrar contigo sin obstáculo a las bodas del Cordero[16]

y bajo tu guía, encontrar al Esposo y amigo verdadero,

y en tus brazos unirme a él con tanta ternura,

que nunca por la eternidad pueda ser separada de su abrazo.

 

Santa Gertrudis, Ejercicio V

 

 

Descargar presentación de power point:

Retablo de Santa Gertrudis – San Clemente de Sevilla

https://drive.google.com/file/d/1IUjj8KOzhE20CfTeBfGvhylPfLXAAfkH/view?usp=sharing



[1] Sal 62,1.

[2] Sal 5,5.

[3] Sal 83,11.

[4] Sal 83,3.

[5] Sal 35,10.

[6] Is 40,17; Jb 7,18.

[7] Ap 22,16.

[8] 1 Co 13,12.

[9] Adaptación libre del Sal 50,9.

[10] 1 Jn 4,10. 19

[11] Sb 7,25.

[12] Sal 79, 4.

[13] Ct 6,3.

[14] Ap 1,8.

[15] Ct 4,11.

[16] Ap 19,7-10; ritual del bautismo.