GERTRUDIS LA GRANDE, UNA SANTA POCO CONOCIDA (I)

Santa Gertrudis, fresco, hacia 1630, Monasterio Virgen de la Esperanza, Sevilla, España.

 

Jacques Maritain[1]

La colección “Pax” publicada por la Abadía de Maredsous[2], se viene a enriquecer con un volumen dedicado a santa Gertrudis; este libro, que agrupa muchos fragmentos del Heraldo del Amor Divino, en unos capítulos bien organizados según los principales temas de las revelaciones de la santa, hará a que Gertrudis la Grande sea más accesible a muchos lectores.

A pesar del mérito de este libro, que me complace señalar aquí, es claro sin embargo que nada puede sustituir la lectura directa de las páginas escritas o dictadas por santa Gertrudis misma[3], cuya gracia y esplendor, pureza y plenitud, lo hacen uno de los más bellos testimonios de espiritualidad cristiana.

A pesar de los esfuerzos de Dom Guéranger y la escuela de Solesmes, a pesar de algunos estudios académicos más recientes, santa Gertrudis no es bastante conocida. Apenas he escrito esta frase y me pregunto si no está fuera de lugar. ¿No es acaso que un instinto seguro guía de ordinario a las almas interiores hacia los libros y maestros que necesitan? Por otro lado, ¿es razonable el afán con el que anhelamos naturalmente (demasiado naturalmente tal vez) que las bellezas ocultas y los misterios de la vida espiritual sean divulgados? Es el gran debate entre lo privado y lo público, que los modernos medios de difusión -poniendo no importa qué al alcance de no importa quién- han hecho más grave y tal vez insoluble. Pero no, podemos decir con verdad que santa Gertrudis no es muy conocida. Porque es Dios mismo quien quiere que ella sea conocida; cuando ella duda de manifestar los secretos de su vida interior, es el Señor quien impone escribir el libro, para el cual que él mismo elige el título: “Este libro, que es el mío, se llamará el Heraldo del amor divino, porque dará un cierto pregusto de mi amor superabundante” (L I Pr 4). “Si alguien -dice-, busca en estas páginas el bien espiritual de su alma, yo le atraeré a de mí, tomaré parte en su lectura, como pareciendo mantener este libro en mis manos. Cuando dos personas leer juntos en el mismo libro, uno parece respirar el aliento del otro. Del mismo modo yo aspiraré el aliento de los deseos de esa alma, y ellos lograrán inclinar a su favor las entrañas de mi misericordia; por mi parte yo le haré respirar el aliento de mi divinidad, y lo renovará interiormente” (L I Pr 2). “Quienquiera que venga a mí con un corazón humilde y lea estas páginas por amor de mi amor, voy lo tomaré en mis brazos y le mostraré, como señalándolos con el dedo, los pasajes que podrían ser útiles...” (L V 34,1).

Gertrudis recibió varias promesas similares. Y no olvidemos que si las gracias de las que esta elegida fue colmada, han tenido a menudo formas sensibles y también maravillosas, eso era especialmente para nosotros, para nuestra instrucción y consuelo, según la gran ley de los carismas, dados ad utilitatem communem (para bien de todos).

Además, parece que las enseñanzas de santa Gertrudis están particularmente adaptadas a nuestras necesidades presentes. ¿No nos muestra ella realizada del más justo modo, esta unión de la vida intelectual y la oración, de la que tantas almas hoy día sienten imperiosa necesidad? En Helfta, en el siglo XIII, las monjas hacían estudios literarios y filosóficos ciertamente de muy superior en calidad a los “estudios superiores” que nuestra época se jacta de haber abierto a las mujeres, y eso muestra que ellas no consideraban la alta cultura como un obstáculo a la vida religiosa; Gertrudis, admitida a la vida religiosa en el monasterio, donde ella había entrado a los cinco años, rápidamente adquirió un conocimiento destacado en las siete artes liberales; “gramática”, filósofa, teóloga, dominaba también las reglas del canto sagrado. Los dones admirables de su espíritu también afinados por la más exquisita cultura, explican en parte el carácter y la modalidad de sus mismas revelaciones y este simbolismo encantador y cándido al mismo tiempo, acogiendo con todo detalle las cosas creadas y las costumbres humanas, complejo, preciso, medido, ingenuo, rica y denso como una rosetón o un portal gótico donde tenemos la alegría de encontrar, como instrumento de la operación divina, toda la gracia natural del arte y la intelectualidad de un momento de la historia humana. Porque el Señor, como Él mismo le explicara una vez, “habla a cada uno su propia lengua” y “respondiendo a cada uno según la medida de su inteligencia, revela a sí mismo al alma según la capacidad y el sentido de que Él lo ha dotado” (L III 48,2).

Continuará

 


[1] Jacques et Raïssa Maritain eran oblatos de la Abadía benedictina de Oosterhout, y Raisa había tomado como nombre de oblata el de Gertrudis. Jacques Maritain (París, 18 de noviembre de 1882 - Toulouse, 28 de abril de 1973) fue un filósofo católico francés, principal exponente del Humanismo cristiano. Educado como un protestante en su infancia, se hizo agnóstico en su juventud, antes de convertirse al catolicismo en 1906. Autor de más de 60 libros, ayudó a revivir a Santo Tomás de Aquino para los tiempos modernos y fue influyente en el desarrollo y redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos Derechos. Fue amigo personal y mentor del Papa Pablo VI, quien al final del Concilio Vaticano II, presentó el texto de Maritain titulado “Mensaje a los hombres de pensamiento y de ciencia”. Sus obras abarcan muchos aspectos de la filosofía, incluyendo la estética, la teoría política, la filosofía de la ciencia, la metafísica, la naturaleza de la educación, la liturgia y la eclesiología. Raïssa Oumansoff Maritain (12 de septiembre de 1883 en Rostov-on-Don - 4 de noviembre de 1960 en París), mística, poetisa y filósofa francesa, nació en Rusia de padres judíos y emigró con su familia a Francia. Estudió en la Sorbona, donde conoció al joven Jacques Maritain, también filósofo, con el que se casó en 1904. Educada como judía, se hizo atea en su juventud, antes de convertirse al catolicismo romano con su esposo en 1906. Autora de poemarios, trabajos autobiográficos, tratados de espiritualidad y estética, junto con su marido formó parte de un amplio círculo de amigos representantes de la cultura del siglo XX, pertenecientes a diferentes campos de la investigación y de expresión artística.

[2] Este artículo apareció en 1922 en la Revista Revue des Jeunes 32 de la Abadía benedictina de Oosterhout, en los Países Bajos, como recensión del libro de D. G. Dolan, monje de Downside, traducido al francés por las monjas de la Abadía de Sainte-Scholastique de Dourgne, y editado por la Abadía de Maredsous, Paris, Lethielleux, 1922, bajo el título «Sainte Gertrude, sa vie intérieure». Señalemos igualmente la publicación en el mismo año de « Joie et Sainteté», Desclée, 1922, del R. P. Victor Hostachy, misionero de la Salelte, donde se dedicaba un bello capítulo a Santa Gertrudis. (Tradujo este artículo la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso).

[3] «Le Héraut de L’Amour divin», traduit sur l'édition latine des Pères Bénédictins de Solesmes, 2 volumes, Oudin; et les «Exercices», traduits par Dom Guéranger (chez Oudin), et par le R. P. Emmanuel, Librairie de l'Art catholique (N. de T.: Respetamos esta nota a pie de página del autor, quien cita aquí la traducción de la obra gertrudiana corriente en su tiempo, de la cual él mismo toma las citas transcriptas en el artículo.