EL “GRAN SALTERIO”

“Santa Gertrudis y sus compañeras”, vitral de la Basílica de Notre-Dame de Montligeon, Chartes, Francia.

 

Oliver Clément, osb

Bernardo Vregille, sj[1]

A continuación del capítulo XXII[2] de Libro V de la edición  de 1536 del Heraldo, figura una “Declaratio Magni Psalterii et de VII Missis gregorianis” (Declaración sobre el Gran Salterio y sobre las siete misas gregorianas). El editor cartujo indica, al final del Libro V, después de las Errata, que esta declaración no figuraba en su manuscrito y que él mismo la agregó para facilitar la inteligencia del texto de Gertrudis. He aquí lo que surge del comienzo de la Declaratio: “El lector tal vez se preguntará qué es este Gran Salterio y cómo se recita, dado que ello no está explicado suficientemente aquí, como para responder a las preguntas de cada uno. Por tanto, he aquí el método a seguir, según parece que se puede deducir de los libros y de los ejercicios de esta virgen, atentamente examinados”.

Dom Paquelin reproduce la Declaratio (pp. 571-575) señalando que ella provendría del antiguo editor (o sea que no ha leído la nota de las Errata) y que él mismo no la ha encontrado en el manuscrito de Viena. Las traducciones antiguas, como también las que derivan de la Edición Paquelin, traen asimismo esta Declaratio en francés.

Evidentemente, en el siglo XVI, ya no se sabía qué era el Gran Salterio, recitado anteriormente en Helfta, y hay que reconocer que la Declaratio apenas si clarifica la cuestión. Más bien comete el error de mezclar las indicaciones dadas en los capítulos XVIIII y XIX, es decir las precisiones sobre la forma habitual de practicar el Gran Salterio y aquellas otras sobre la forma simplificada que el Señor le enseña a Gertrudis. También (la Declaratio) afirma sin vacilar que se trata del salterio entero, con sus 150 salmos.

En el capítulo XVIII[3] se indica la forma habitual de practicar el Gran Salterio: se ve a la comunidad recitarlo por las almas de los difuntos. A la “multiplicidad” de salmos se agrega las de las oraciones asignadas a los salmos, a cada versículo” (ad quemlibet versum). Para comprender esta forma de recitación viene bien relacionarla con otro caso análogo descripto en el capítulo XLIX del libro III[4] (SCh 143, p. 216). Allí se ve la comunidad recitar por una intención particular el salmo 102, agregando a cada verso las oraciones previstas a tal fin (cum orationibus per singulos versus ad hoc deputatis): también a cada verso todas las monjas se postran para impetrar el perdón, la venia[5], (ad quemlibet versum cum conventus veniam peteret super terram) Aquí cada verso del salmo es precedido por la venia (tema que aparece también a propósito del Gran Salterio) y es seguido por una oración preestablecida. No parece posible suponer que el versus en cuestión sea un “versículo” dicho al final del salmo y previo a la oración.

En estas condiciones parece impensable que el Gran Salterio haya comprendido la recitación de los 150 salmos del salterio como cree la Declaratio: dado el número de versículos, ¡esto implicaría alrededor de 1525 postraciones y oraciones! Con toda certeza el Gran Salterio no comportaba más que una parte del salterio total; ya sea algunos salmos (no sabríamos decir cuántos ni cuáles), o bien una selección de versículos sálmicos elegidos, puestos uno a continuación del otro, ofreciendo en conjunto como un salterio (tal costumbre es bien conocida). Incluso reducido a estas proporciones, la recitación del Gran Salterio sería “laboriosa”. Ya cuando se trataba de la recitación del salmo 102 arriba mencionado, Gertrudis había preguntado al Señor si no existía alguna oración más corta que le fuera también agradable y Él le había enseñado diversas fórmulas. Ahora tiene aún más razón de preguntarle cómo le puede agradar con tanto favor, semejante recitación, fuente más de tedio que de devoción.

La primera respuesta (L V, capítulo XVIII, parágrafo 1) es para animarla: que sepa que a cada verso del salterio (ad quemlibet versum psalterii) Él querrá absolver a tres almas. Entonces Gertrudis, a pesar de su debilidad, comienza el salterio que le ha sido fijado. Cuando ha terminado un versículo (dum unum complesset versum) interroga de nuevo al Señor, Él le declara la eficacia de cada palabra del salterio que ella articula.

En el capítulo XIX[6] vemos de nuevo a Gertrudis que logra recitar el Gran Salterio por un difunto (parágrafo 2). Pero ella comienza a plantear nuevas cuestiones al Señor: ¿Qué provecho saca la comunidad misma de tal recitación? Y el Señor le responde (parágrafo 3). Todavía una vez más se entabla un diálogo insistente entre ella y el Señor sobre las condiciones requeridas para quienes no podrán satisfacer tantas obligaciones: el tomo evoca el regateo de Abraham: “Todavía una vez más hablaré a mis Señor….” (Gn 18,27-32; cfr. Ejercicios VI, 1-15[7]). De aquí conocemos que la recitación del Gran Salterio estaba acompañada de un gran número de misas y de limosnas (la Declaratio dice: 150 o 50, o al menos 30) ¿Cómo suplirlas? El Señor responde (parágrafo 4): Con igual número de Comuniones, de Pater (Padrenuestros) seguidos de la oración Deus cui porpium est (Dios de quien es propio) y de obras de caridad.

Y aquí viene la cuestión principal: ¿Habría alguna oración un poco más corta que pudiera equivaler a este Salterio? Sí, le responde el Señor: Se debe decir a cada versísulo del salterio (per singulos versus psalterii) la oración Ave Jesu Christe, splendor <Patris, princeps pacis, jauna caeli, panis vivus, virginis partus, vas deitatis>[8] (cfr. Declaratio). Y antes de comenzar se debe recitar -primero postrándose para la venia, después de rodillas, después de pie y de nuevo postrado- las respectivas fórmulas de ofrenda en unión con la vida, la pasión, la muerte, la resurrección y la glorificación del Salvador (estas oraciones In unione illius supercelestis laudis[9]… se reproducen íntegramente en la Declaratio).

Se estará de acuerdo en que todo esto no es precisamente breve y que se aleja mucho de la oración brevis et pura (breve y pura) anhelada por la Regla de san Benito (cfr. RB 20). ¿Se trata de un uso propio de Helfta? Incluso en Helfta parecería que no se encuentra otra alusión a esta devoción, ni en santa Gertrudis ni en santa Matilde, cuyo Liber specialis gratiae tiene, por otra parte, todo un libro, el V De animabus (sobre las almas), es decir, sobre los difuntos.

En cuanto a la devoción de las “siete misas gregorianas” que detalla igualmente la Declaratio, se trata de una adición pura y simple para el provecho del lector, sin vínculo explícito con el libro de Gertrudis.

 


[1] Publicamos aquí el Apéndice II de Jean-Marie Clément, osb, y Bernard Vregille, sj, al Tomo V de la edición crítica de las obras completas de santa Gertrudis: Gertrude D’Helfta, Œuvres Spirituelles. V, L’Héraut [Livre V] SCh N° 331, Paris, Les Éditions du Cerf, 1986, pp. 313-316. Tradujo la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[2] Corresponde al capítulo XIX del tomo V de la edición crítica de Sources chrétiennes, citado en nota 1.

[5] La venia es una ceremonia que consiste en ponerse de rodillas y tocar el suelo con los nudillos de las manos cerradas.

[7] SCh 127, p. 202.

[8] Salve, oh Jesucristo, esplendor del Padre, príncipe de paz, puerta del cielo, pan vivo, nacido de la Virgen, vaso de la divinidad.

[9] “En unión con aquella alabanza supracelestial…”.