LA INFLUENCIA DE SANTA GERTRUDIS SOBRE LOS MÍSTICOS FRANCISCANOS (III)

Misa celebrada por Cristo en presencia de la Trinidad [1], fanal del altar de santa Gertrudis de la Iglesia del Real Monasterio de San Clemente de Sevilla, España.

Fotografía: Francisco Rafael de Pascual, OCSO. Copyright: Cistercium.

Mauro Papalini[2]

Es de notar una vez más[3] la dimensión interior de los fenómenos místicos de Gertrudis: además de las heridas que Él estampó en su corazón, invisibles por lo tanto al exterior, en el mismo lugar le imprime Su santo nombre con vivos caracteres de oro, el cual sin embargo ella no debía retener para sí misma sino difundirlo y llevarlo a los demás. Como se ve, los dones místicos, cuando son auténticos, no son nunca para uno mismo, sino que, aun permaneciendo en el interior de quien los recibe, sus frutos son para beneficio de otros.

Quizás una de las mayores diferencias entre el ambiente benedictino y el franciscano es precisamente la diversa relación que aquellos que han sido beneficiados por Dios con dones especiales tienen con la comunidad: en el mundo benedictino era normal que una religiosa comunicara a alguna otra sus visiones e hiciera participar de ellas a la comunidad, como en el caso de Helfta, del cual estamos tratando. Sin entrar en detalles, los escritos de santa Gertrudis fueron compilados y completados por otras hermanas, evidentemente enteradas de la rica vida interior de la santa. Lo mismo vale para otra monja, santa Matilde de Hackeborn, cuyo Liber specialis gratiae fue redactado entre otras, también por Gertrudis. Muy distinto era el clima en el ámbito franciscano: quien recibía dones extraordinarios los guardaba celosamente para sí sin compartir nada; los hermanos o hermanas llegaban a saber algo por indicios vagos o por circunstancias fortuitas. San Francisco, aunque manifestaba de manera muy plástica sus sentimientos hacia Dios, escondía los carismas recibidos, incluidos los estigmas, que no quería mostrar a nadie. Tanto es así que aún hoy es difícil reconstruir con precisión la vida mística interior de santa Clara de Asís, por los motivos señalados. El pensamiento de san Francisco y del mundo franciscano en general con respecto a los fenómenos místicos se puede resumir con la admonición XXVIII del santo que afirma:

“Beatus servus qui thesaurizat in Caelo bona, quae Dominus sibi ostendit, et sub spe mercedis non cupit manifestare hominibus, quia ipse Altissimus manifestabit opera ejus quibuscumque placuerit. Beatus servus qui secreta Domini observat in corde suo”[4].

“Feliz el siervo que atesora en el cielo los dones que el Señor le manifiesta, y con esta esperanza, no desea manifestarlos a los hombres con la esperanza de la ganancia, ya que el mismo Altísimo manifestará sus obras a quienes quiera. Feliz el siervo que esconde en su corazón los secretos del Señor”.

Un acercamiento particular entre los dos santos tuvo lugar a posteriori en el siglo XVII, a propósito de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Desde ese momento en más, santa Gertrudis devino “Teóloga del Sagrado Corazón” y se imprimieron muchas oraciones tomadas o inspiradas en sus escritos. San Francisco fue señalado como modelo de la devoción al corazón del Jesús por el mismo Señor a santa Margarita María Alacoque en una visión tenida el 4 de octubre de 1686. La santa visitandina la describe así:

En la fiesta de san Francisco de 1686, nuestro Señor me hizo ver en la oración a este gran santo revestido de una luz y de un esplendor incomparable, elevado a un altísimo grado de gloria, más allá de los demás santos, a causa de su conformidad con la vida dolorosa de nuestro divino Salvador y por el amor que tuvo a su santa Pasión. Así, este divino amante crucificado, imprimiéndose en él mediante la impresión de sus santas llagas, lo había hecho uno de los más grandes devotos de su Sagrado Corazón y le había dado gran poder para obtener la aplicación eficaz de los méritos de su Preciosa Sangre, haciéndolo de algún modo distribuidor de este divino tesoro[5].

En aquella ocasión Jesús dio el seráfico san Francisco a la santa, como su guía especial en las trabajosas vicisitudes que debía soportar a causa del Corazón de Jesús. En realidad, ni en los escritos ni en la biografía del santo hay indicios que puedan hacer pensar en una devoción al Sagrado Corazón como nosotros hoy la entendemos. Aparece en cambio fuerte el amor de Francisco a las heridas de Jesús, en especial la del costado y este es el verdadero culto que se puede encontrar. Afirma a propósito Tomas de Celano:

Insensibilem omnibus quae perstrepunt exterius se reddebat, et totis visceribus undique sensus exteriores recolligens ac motus animi cohibens, soli vacabat Deo; in foraminibus petrae nidificabat, et in caverna maceriae habitatio eius. Felici certe devotione circuibat caelibes mansiones, et in vulneribus Salvatoris, exinanitus totus, diutius residebat

Se hacía insensible a todas las cosas que halagan en apariencia y, recogiendo siempre sus sentidos exteriores, vigilaba con todo el cuidado posible los movimientos más ligeros de su alma, solazándose solo en Dios. Anidaba en las hendiduras de la roca y su habitación eran las cavidades de las murallas. Con feliz devoción se recogía en nunca frecuentadas moradas y descansaba por largo tiempo, extático, anonadado, en las llagas del Salvador[6].

 

2. Santa Gertrudis y los Franciscanos

Si en los escritos de santa Gertrudis aparece san Francisco, no hay en cambio huella de santa Clara de Asís. Evidentemente en la comunidad de Helfta no se celebraba la fiesta de la santa, de otro modo deberíamos pensar que esta figura no conmovió a Gertrudis. Por otro lado, la experiencia de Clara de Asís y su Orden ha tenido desarrollos particulares que han oscurecido la fama de la fundadora y de su regla: los monasterios de Clarisas se difundieron de todos modos pero con la regla de Urbano IV.

Una santa franciscana bien conocida para Gertrudis y sus hermanas era santa Isabel de Hungría o de Turingia, porque, siendo una santa alemana, aunque extranjera, y habiendo vivido en zonas vecinas a la Sajonia, su fama se había difundido muy rápido, gracias a su pronta canonización.

Isabel era hija de Andrés II, el rey de Hungría, y de Gertrudis de Merano; nació en 1207 y a los cuatro años fue prometida como esposa a Ludovico IV, conde de Turingia; en 1221 se casaron y tuvieron tres hijos. En 1227 Ludovico adhirió a la VIa Cruzada organizada por el emperador Federico II de Suavia, bajo las órdenes del papa Gregorio IX, pero mientras se estaba embarcando para Otranto por Tierra Santa, murió de enfermedad dejando a Isabel viuda con tres hijos pequeños. La vida del condado no fue fácil: por motivos políticos fue expulsada del castillo de Wartburgo y se dedicó a tiempo completo al servicio de los pobres, lo cual había hecho desde un principio.

Adhirió bien pronto a la Tercera Orden secular de san Francisco y en su viudez continuó con sus obras de caridad, viviendo de manera muy similar a una religiosa, siempre bajo la guía de los Frailes Menores, en particular por Conrado de Marburgo, su confesor. Murió el 17 de noviembre de 1231 (el mismo día que Gertrudis) y fue canonizada por Gregorio IX en 1235[7].

En el Libro IV del Legatus divinae pietatis, el capítulo 56 está dedicado a santa Isabel y es muy breve:

DE SANCTA ELISABETH. Festo beatae Elisabeth, cum in sequentia cantaretur Eia mater nos agnosce, ista devote salutando illam beatam orabat ut sui indignae memoraretur. Cui illa respondit: «Ego agnosco te in speculo aeternae claritatis, in quo perlucide splendet omnis intentio operum tuorum». Et cum ista diceret: «Nonne, domina, pro detrimento laudis tuae deputas quod ego, cantando in festo tuo, solummodo intendo illi a quo tu cuncta pro quibus laudaris gratis accepisti, ad te quasi nullum habens respectum?» Ad quod illa: «Nequaquam, ait, sed in infinitum gratius ex hoc accepto; immo tanto suavius per hoc demulces affectum meum, quanto aliquem multo plus delectat musicum instrumentum quam balatus ovium aut mugitus boum»[8].

SOBRE SANTA ISABEL: Al cantar en la fiesta de Santa Isabel la secuencia: “Reconócenos, oh Madre”, saludaba [Gertrudis] devotamente a la santa y le rogaba que se acordara de ella a pesar de su indignidad. A lo que aquella le respondió: “Te contemplo en el espejo de la claridad eterna en la que brillan con toda claridad las intenciones que animan tus obras”. Como esta replicara: “Oh señora, ¿no consideras como obstáculo a tu alabanza que al cantar yo en tu fiesta, solo presto atención a aquel de quien recibiste gratuitamente todo, sin prestarte a ti ninguna atención?”. Le responde Isabel: “De ninguna manera. Es más, con ello halagas mi afecto con tanta más ternura cuanto deleita a uno más la música de un instrumento que el valido de las ovejas o el mugido de los bueyes” (L IV 56,1).

La visión tiene lugar durante la Misa, porque Gertrudis cita un versículo de la secuencia que se cantaba en la Misa propia de la santa. Le pide a santa Isabel que se acuerde de ella y la santa le asegura que en el espejo de la eternidad resplandece la buena intención de sus obras. Santa Isabel afirma también que la alabanza dirigida al Señor, que es quien concede todo aquello por lo cual la santa es alabada, no disminuye su propia alabanza sino que la hace más agradable, así como uno siente mucho más placer por la música de instrumentos que por el valido de las ovejas o el mugido de los bueyes; una comparación curiosa pero efectiva.

En las obras de santa Gertrudis no hay otras referencias a personajes franciscanos; resulta que entre los examinadores del Legatus divinae pietatis hubo también algunos frailes menores teólogos, pero no tuvieron contacto alguno con la santa[9].

Es difícil encontrar puntos en común entre santa Gertrudis y sus contemporáneas franciscanas las Clarisas o Terciarias: demasiado diversos son los ambientes en que vivieron, muy distintas las bases sobre las cuales se apoyaba su respectiva vida espiritual. Gertrudis vivió desde pequeña en un monasterio benedictino de influencia cisterciense; santa Margarita de Crotona (Laviano, Perugia, 1247 – Cortona, 22 de febrero de 1297), santa Angela de Foligno (Foligno, 1248 – 4 de enero de 1309) y varias otras, en cambio, vivieron antes una vida en el mundo, con maridos e hijos, conocieron el fasto de la mundanidad y la llama del amor humano; luego Dios las llamó a una vida de fuerte penitencia, concentrando toda su atención espiritual en el crucificado, en su pasión y en la expiación. Su espiritualidad entraba dentro del movimiento penitencial que en el siglo XIII conoció su máximo desarrollo especialmente en la Italia central. Aún cuando ellas se retiraron del mundo, no vivieron nunca en monasterios. Su experiencia dio lugar a obras de alta mística: el Liber de la Beata Angela está dividido en dos partes: Memoriale ed Instructiones[10]. Es digna de mención la biografía de santa Margarita de Cortona, redactada magistralmente por Fray Giunta de Bevignate[11].

La vida espiritual de santa Clara de Montefalco, aun siendo una religiosa de regla agustina, estuvo sin embargo fuertemente influenciada por el franciscanismo, respirado desde su nacimiento. Basta pensar en su nombre, luego en los confesores, que fueron casi todos franciscanos, y en su hermano, fraile menor con el nombre de Francisco.

Nacida en Montelfalco en 1268, a los seis años quiso seguir a su hermana mayor Juana, que había fundado tres años antes un reclusorio de penitentes para ella y algunas compañeras. Esto la acerca a Gertrudis, quien, como es bien sabido, entró en el monasterio de Helfta a la edad de cinco años. Clara creció en esa atmósfera penitencial que marco su vida: ayunos prolongados, alimento escaso y poco agradable, túnicas gastadas, disciplinas sangrientas y varios tipos de cilicio, en resumen, todo lo que caracterizaba la vida de los penitentes.

Desde niña tuvo repetidas visiones que la proyectaron pronto a una dimensión mística muy acentuada, pero hacia los veinte años tuvo una crisis profunda: una aridez que rayaba la desesperación: era la noche oscura descrita por san Juan de la Cruz. El 10 de junio de 1290 el reclusorio de Juana y Clara fue institucionalizado por el obispo de Spoleto que les confirió la regla de san Agustín; por lo tanto aquel día fue erigido canónicamente el monasterio bajo el título de la Santa Cruz y Santa Catalina. En 1291, habiendo muerto su hermana Juana en fama de santidad, Clara fue elegida abadesa y continuó siéndolo hasta su muerte, el 17 de agosto de 1308.

También santa Clara concentró su vida espiritual en la pasión de Cristo al punto de que hacia 1293-1294, en una visión, el Señor Jesús le imprimió en el corazón todos los signos de su pasión. Después de su muerte sus hermanas abrieron su corazón y encontraron esos signos, aún visibles hoy. Gertrudis tenía impresos los estigmas en el corazón; Clara, todos los signos de la pasión. Pero el enfoque de las dos santas es distinto: en Gertrudis no falta jamás esa sensación de serenidad, tranquilidad y alegría también en los dolores y enfermedades. En Clara y en las otras santas penitentes, el sufrimiento es buscado como medio privilegiado de unión con Cristo.

Las diferencias son muchas: Gertrudis y sus hermanas eran mujeres cultas que narraban en latín sus experiencias místicas y las compartían a las demás, de modo que un grupo extenso participaba de sus visiones. Pensemos en Gertrudis misma, en Matilde de Hackeborn o en la beguina Matilde de Magdeburgo. Pensemos cómo fueron escritas las obras de estas místicas: Gertrudis escribió de su mano solo el Libro II del Legatus y los Ejercicios, mientras que los otro cuatro libros fueron redactados por otras hermanas que evidentemente estaban al tanto de las experiencias místicas de la santa. Lo mismo se diga del Liber specialis gratiae de Matilde de Hackeborn, que tuvo entre sus redactoras también a Gertrudis. Las penitentes franciscanas, en cambio, no eran cultas, no escribían nada directamente, sino que Ángela dictó su Liber a Fray A., mientras que dos biógrafos redactaron las vidas de Margarita de Cortona y Clara de Monteflaco, cuya biografía fue escrita por Mons. Bérenger de Saint-Afrique, vicario general de la diócesis de Spoleto en los años 1308-1310[12].

Después de la muerte de Gertrudis, sus escritos no fueron conocidos como los de su hermana y maestra santa Matilde de Hackeborn, quien hasta fines del siglo XV conoció una gran fortuna en muchos países: esto está atestiguado por una serie de ediciones y vulgarizaciones de su Liber specialis gratiae. Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XV la fama de Matilde comenzó a menguar y en cambio avanzó como de improviso la de Gertrudis: esto está testimoniado por los manuscritos de aquella época que reportan sus obras o parte de ellas, hasta que en el siglo siguiente hubo una verdadera explosión de su fama, debida en gran parte a la edición del cartujo alemán Johannes Greetch Lansperg, apodado Lanspergio, en 1536 y en los años sucesivos[13].

Las razones de este cambio de sensibilidad se pueden atribuir entre otras razones a la difusión de la Devotio moderna que, a diferencia de la mentalidad medieval, daba importancia al individuo, y por lo tanto a una relación personal con Dios, aspecto muy presente en Gertrudis. Desde entonces se publicaron muchas colecciones de oraciones, pensamientos, elevaciones y meditaciones tomadas de varios autores, entre los cuales santa Gertrudis fue una de las preferidas. Después del Concilio de Trento su figura llegó a ser muy célebre en todos los monasterios de varias órdenes religiosas: cada comunidad tenía una o más ediciones de sus obras y los maestros de espiritualidad extrajeron de sus escritos  libros de perfección para las monjas[14]. Pero también los laicos conocieron las oraciones de santa Gertrudis, algunas tomadas de ella, otras recopiladas tomando pasajes de sus escritos. La oración más célebre es la del Sagrado Corazón, tomada de frases dirigidas por la santa a Jesús:

Pie Jesu, in unione amoris illius, quo in Cruce Patri spiritum commendasti, commendo tibi spiritum et animam meam, atque in sacratissimum vulnus dulcissimi cordis tui includo, ut in eodem ab omnibus inimici insidiis protegantur. Tu nosti, bone Iesu, et ego satis experior quam infirmus, et labilis sim; adeo nec ulla hora sine tua speciali gratia in bono persistere, aut ulli tentationi ex me resistere possim. Ideo rogo per reverentiam unionis illius, qua Humanitas tua causa glorificationis nostrae venerandae Trinitati unitur, ut voluntatem meam tibi unire, et ne contra te insurgere queat, confortare digneris. In unione innocentissimorum membrorum tuorum, commendo tibi singula membra corporis mei cum omni motu suo, ut hac die numquam, nisi ad laudem et gloriam tuam, et propter amorem tuum, commoveantur. Amen[15].

Jesús bondadoso, en unión con aquel amor que en la cruz te encomendaste al Padre por el Espíritu, te encomiendo mi espíritu y mi alma y me incluyo en la herida sacratísima de tu dulcísimo corazón para estar en ella protegido de todas las insidias del enemigo. Tú sabes, buen Jesús, y yo lo experimento suficientemente, cuán enfermo y vacilante soy; hasta el punto de que no puedo perseverar ni por una hora en el bien sin tu gracia especial, ni resistir tentación alguna por mí mismo. Por esto te ruego, por reverencia a aquella unión, con la cual tu Humanidad se unió a la venerable Trinidad por causa de nuestra glorificación, que unas a ti mi voluntad y te dignes confortarla para que no pueda sublevarse contra ti. En unión con tus inocentísimos miembros, te confío cada miembro de mi cuerpo con todos sus movimientos, hasta el día aquel en que ya no puedan ser conmovidos sino sólo por tu alabanza y gloria y por tu amor. Amén.

Santa Gertrudis era la figura ideal que encarnaba las nuevas exigencias propagadas por la reforma católica, que tenía como objetivo principal la lucha antiprotestante, y por lo tanto valorizaba mucho la religiosidad interior e individual, basada en la meditación personal, la devoción a las imágenes sagradas, el culto a los santos y la liberación de las almas del Purgatorio, todos temas presentes en los escritos gertrudianos. Estaba también la adoración de la humanidad de Jesús, uno de los aspectos más importantes de la mística de Gertrudis: en sus visiones está presente el Niño Jesús, luego adulto y sufriente, especialmente con sus llagas abiertas y brillantes, ante todo la del costado, y su corazón, que ella adoraba como instrumento de unión amorosa. Precisamente en el período de la reforma católica se difundió el culto a la humanidad de Cristo desde Belén al Calvario, devoción de origen carmelita que vio en santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz los principales exponentes; se puede comprender entonces como las obras de Gertrudis se prestaron muy bien a los usos devotos de aquel tiempo.

Además, siendo ella alemana, podía ser una formidable abanderada contra la reforma protestante que había encontrado precisamente en la tierra de Gertrudis su foco principal: baste recordar que Martín Lutero había nacido en Eisleben y su reforma partió de la Sajonia.

Continuará

 


[1] La talla de Santa Gertrudis, de madera policromada, vestida con cogulla blanca cisterciense y con los atributos de báculo, diadema, corazón y pluma, en piezas desmontables, es la figura principal del altar de santa Gertrudis la Magna de la Iglesia del Real Monasterio de San Clemente de Sevilla. Este constituye uno de los grupos escultóricos más originales y llamativos de la iconografía gertrudiana. Se trata de una obra artística de estilo rococó, única en el mundo por su avanzada realización y originalidad. Debajo de la imagen, en el retablo, se ubican varios fanales o cajones desmontables de 83 x 73 x 45 cm, profusamente decorados, que representan en miniatura distintos episodios de la vida de Gertrudis, reproduciendo al detalle las características que surgen de los respectivos textos del Legatus. Los fanales están realizados en madera, pan de oro, barro, pintura al óleo, tela, papel y pegamento, conforme a la técnica de dorado estofado y policromado. El altar se desmonta para la novena de santa Gertrudis y se va rearmando día por día, para estímulo de la devoción. El quinto fanal, que aquí reproducimos, representa la visión de una Misa celebrada por la Santísima Trinidad. En el Legatus hay dos textos que narran la celebración mística de una Misa por Cristo (Legatus III 8,1 y 17,2-4). Pero la celebración eucarística por las tres personas de la Trinidad aparece en una pieza distinta, que ha sido transmitida junto con el Legatus por algunos manuscritos, titulada “Missa quam Dominus Iesus Christus personaliter decantavit in coelo cuidam virini adhuc esistenti in corpore nomine Trutta” (Misa que el Señor Jesucristo cantó personalmente en el cielo a una cierta virgen llamada Trutta cuando todavía vivía en el cuerpo). Lanspergius, seguido en esto por la edición de Solesmes, ubica esta pieza al final del libro IV por su trama litúrgica. Los editores del texto crítico la ubican como pieza independiente al final de los cinco libros del Legatus. La impronta trinitaria de este texto se ve entre otras, en la siguiente cita de la Missa: “Entonces el Hijo de Dios se levantó de su trono real, se volvió hacia Dios su Padre para entonar como en un grito lleno de dulzura: Gloria in excelsis Deo (Gloria a Dios en las alturas). Por la palabra Gloria magnificaba la omnipotencia inmensa e incomprensible de Dios Padre. Luego, haciendo penetrar en sí mismo la palabra in excelsis, (Jesucristo) alababa su propia sabiduría, inescrutable e inenarrable. Por la palabra Deo rendía homenaje dulzura de la bondad del Espíritu Santo, inestimable e intraducible” (Missa 5).

[2] Mauro Papalini es graduado en lengua y literatura extranjeras, especialista en filología románica y en historia de las Clarisas, Terciarias franciscanas, Agustinas y de otras Órdenes. Estudioso de la mística y de los aspectos económico-jurídicos de las comunidades religiosas femeninas, ha publicado numerosos estudios en revistas especializadas. Está trabajando en la publicación de textos relacionados con algunas clarisas y varios monasterios.

[3] Continuamos con la publicación de la traducción de las actas Congreso: “LA “DIVINA PIETAS” E LA “SUPPLETIO” DI CRISTO IN S. GERTRUDIS DI HELFTA: UNA SOTERIOLOGIA DELLA MISERICORDIA. Atti del Convegno organizzato da Istituto Monastico della Facoltà di Teologia Pontificio Ateneo Sant’Anselmo, Roma, 15-17 novembre 2016. A cura di Juan Javier Flores Arcas, O.S.B. - Bernard Sawicki, O.S.B., ROMA 2017”, Studia Anselmiana 171, Pontificio Ateneo S. Anselmo, Roma 2017. Cfr. el programa del Congreso en esta misma página: http://surco.org/content/convenio-divina-pietas-suppletio-cristo-santa-gertrudis-helfta-una-soteriologia-misericordia. Traducido con permiso de Studia Anselmiana y del autor, por la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[4] FRANCESCO D’ASSISI, Admonitio 28: De Bono abscondendo ne perdatur, en Scritti, 376.

[5] Vie et oeuvres de la B. Marguerite-Marie, vol. I, Paray-le-Monial et Paris 1876, 253, cit. en LAMPEN, “De spiritu S. Francisci in operibus S. Gertrudis magnae”, 746: «Un jour de saint François, en 1686, dans mon oraison, Notre Seigneur me fit voir ce grand Saint revêtu d’une lumière et d’une splendeur incompréhensibles, élevé dans un éminent degré de gloire, au-dessus des autres Saints, à cause de la conformité qu’il a eue à la vie souffrante de notre divin Sauveur, et de l’amour qu’il avait porté à sa sainte Passion. Aussi ce divin Amant crucifié s’imprimant en lui par l’impression de ses sacrées Plaies l’avait rendu un des plus grands favoris de son Sacré-Coeur, et lui avait donné un grand pouvoir pour obtenir l’application efficace du mérite de son précieux Sang, en le rendant en quelque façon distributeur de ce divin Trésor».

[6] THOMAS DE CELANO, Vita prima Sancti Francisci, op. I, cap. XXVII, n. 71, en Fontes franciscani, 346-347.

[7] Las biografías de Isabel de Hungría son muchas, nos limitamos a señalar: M. ALLOISIO, Santa Elisabetta d’Ungheria, Messaggero, Padova 1990; C. A. CADDERI, Santa Elisabetta d’Ungheria langravia di Turingia, Porziuncola, S. Maria degli Angeli, 2006.

[8] Gertrude d’Helfta, Le héraut Livre IV, 462.

[9] Sobre este argumento cf. LAMPEN, “De spiritu S. Francisci in operibus S. Gertrudis magnae”, 750-752.

[10] Hay varias ediciones del Liber de la della Beata Angela, indicamos la última: Il “Liber” della Beata Angela da Foligno, edizione in facsimile e trascrizione del ms. 342 della Biblioteca comunale di Assisi, con quattro studi, a cura di E. Menestò, 3 volúmenes, CISAM, Spoleto 2009.

[11] El texto latino de esta biografía ha sido publicado en edición crítica: Legenda de vita et miraculis Beatae Margaritae de Cortona, a cura di F. Iozzelli, Edizioni Quaracchi, Grottaferrata 1997.

[12] Cf. Vita Sanctae Clarae de Cruce Ordinis Heremitarum S. Augustini ex codice saeculi XIV desumpta, edidit notisque instruxit p. A. Semenza eiusdem Ordinis, Typis Poliglottis Vaticanis, Romae 1944. Se trata de la primera biografía de la santa redactada por Mons. Bérenger de Saint-Afrique; existe también en traducción italiana: Berengario di Donadio, Vita di Chiara da Montefalco, a cura di R. Sala OSA, note di S. Nessi, Città Nuova, Roma 1991.

[13] Sobre la tradición manuscrita y las ediciones de las obras de santa Gertrudis, cf. la introducción al segundo volumen de la edición ya citada: Oeuvres spirituelles, vol. II (Sources Chrétiennes 139), 58-77.

[14] Solo a título de ejemplo citamos algunas obras de este género: F. G. MARTINELLI, L’idea della perfetta religiosa nella vita di S. Gertrude Mansfeldese detta la Grande dell’Ordine del glorioso Patriarca S. Benedetto, imprenta de la R.C.A., Roma 1686; A. DIOTALLEVI, Stimoli alla vera divozione: presi dalle Insinuazioni della Divina Pietà fatte a S. Geltrude, e proposte a chi desidera d’avanzarsi nella Cristiana Perfezione, Poletti, Venezia 1720.

[15] Preces Gertrudianae sive vera et sincera medulla devotissimarum precum, potissimum ab ipso Christo dictatarum et per spiritum sanctum revelatarum ex mellifluis divinisque revelationibus beatiss. virginum et sororum Gertrudis et Mechtildis comitissarum de Hackuborn O. S. Benedicti excerptarum, Friessem, Coloniae 1673, 2-3.