LA INFLUENCIA DE SANTA GERTRUDIS SOBRE LOS MÍSTICOS FRANCISCANOS (IV)

Visión de su propia muerte[1], fanal del altar de santa Gertrudis de la Iglesia del Real Monasterio de San Clemente de Sevilla, España.

Fotografía: Francisco Rafael de Pascual, OCSO. Copyright: Cistercium

 

Mauro Papalini[2]

3. La Beata María Ángela Astorch

Las órdenes franciscanas no hicieron excepción[3]: tanto para las Clarisas como para las Terciarias seculares y regulares, la figura de santa Gertrudis devino una de las fuentes más importantes que alimentaron su vida espiritual con la meditación de sus escritos.

Uno de los países en los cuales el culto de santa Gertrudis se difundió más capilarmente fue España, por los motivos antes expuestos. En efecto, la misma santa Teresa se inspiró muchas veces en la santa sajona, filtrando su contenido según la mentalidad de entonces. Una etapa fundamental de la difusión del culto gertrudiano en España fue la publicación de los libros del Legatus divinae pietatis, en edición latina en 1599, por obra del benedictino Juan de Castañiz, y en traducción española realizada por Leandro de Granada, osb, en dos volúmenes: en 1603 los primeros tres libros y en 1607 los dos restantes. En la edición de 1603 había una imagen de la santa que se difundió mucho en España, Portugal y América Latina[4]; desde entonces la santa fue citada abundantemente en sermones, novenas y obras hagiográficas; su nombre fue impuesto a muchas niñas y llegó a ser uno de los más usados para las monjas en la vida religiosa.

La figura franciscana más prominente en la España de aquella época fue la Beata  María Ángela Astorch, clarisa capuchina. Jerónima María Inés Astorch nació en Barcelona el 1 de septiembre de 1592. Huérfana primero de madre y después de padre a edad precoz, entró en el monasterio de las Clarisas Capuchinas de “Santa Margarida la Reial” de la misma ciudad, de reciente fundación, el 16 de septiembre de 1603. Pronto le fue cambiado el nombre por el de María Ángela, en honor de la fundadora del monasterio, Ángela Margarita Serafina Prat. Emitió la profesión religiosa el 8 de septiembre de 1609.

En 1614 fue destinada a la nueva fundación del monasterio de las Capuchinas de Saragoza como maestra de novicias, encargo que desarrolló por nueva años consecutivos, junto con el oficio de responsable de la formación de las jóvenes profesas. En 1626 fue elegida abadesa y fue luego confirmada por tres trienios sucesivos.

En 1645 participó de la fundación del monasterio de Murcia, donde ejerció el oficio de abadesa y de maestra de novicias por dieciséis años, hasta que en 1661 se vio obligada a dejar todos los oficios por una enfermedad, posiblemente mental. Murió en gran concepto de santidad el 2 de diciembre de 1665.

Dotada de una inteligencia extraordinaria, María Ángela, desde jovencita dio pruebas de una madurez humana fuera de lo común: cultivó el latín en modo de suscitar la admiración de las personas doctas que la frecuentaban; poseía en grado carismático el conocimiento de la Sagrada Escritura y de los escritores eclesiásticos, que leía asiduamente. Su experiencia contemplativa fue extraordinaria. La fuente de sus ascensiones místicas fue la liturgia, la de las Horas canónicas, pero sobre todo la Misa, en forma muy similar a santa Gertrudis. Con acierto, san Juan Pablo II la definió como “la mística del breviario”, en ocasión de su beatificación el 23 de mayo de 1982[5].

La vida espiritual e interior de la Beata María Ángela estaba centrada en la persona y en el misterio de Cristo. Por muchos años se sintió atraída a la participación activa en varias escenas de la Pasión, especialmente en la flagelación, reviviendo en sí misma los dolores del Salvador. El 21 de octubre de 1626, después de una larga preparación espiritual, quiso sellar su pacto de amor con Cristo mediante el “matrimonio de amor con el Esposo de sangre”[6].

María Ángela tuvo un enfoque místico muy original: como afirma el Padre Lázaro Iriatre, ofmCap, en la introducción al a publicación de los escritos de la beata, si quisiéramos señalar algún modelo bastante anterior en el cual se haya inspirado, se debe pensar en santa Gertrudis de Helfta. Esta santa que tuvo una gran influencia con sus excepcionales experiencias, como se ha dicho antes, transmitida en obras de gran belleza espiritual y también literaria. Logró plasmar una piedad muy concreta en sus Ejercicios y al mismo tiempo, una altísima contemplación de base litúrgica y eclesiológica, sobre todo en las elevaciones atesoradas en el Legatus divinae pietatis. Su espiritualidad, centrada en el Dios-amor, encontró una adecuada expresión en el dulce Corazón de Cristo; y la Beata María Ángela hizo suyas estas características. Ella leyó estos escritos en alguna de las ediciones en latín y en castellano que hemos señalado. Las citaba frecuentemente. Se puede hablar por lo tanto de una afinidad cultural y espiritual entre las dos santas, aun siendo tan lejanas en cuanto al tiempo y el ambiente histórico y geográfico en el que vivieron cada una[7].

Aun no habiendo tenido una conversión profunda como Gertrudis, también María Ángela tuvo una visión que luego condicionaría toda su  vida espiritual; dejando a salvo las debidas diferencias de ambiente y de tiempo, aún asi hay mucha semejanza entre ambas místicas. Estas son las palabras de la beata Astorch:

Un poco de tiempo antes de profesar me sucedió, estando durmiendo, que me vi en una pieza grande y en ella las tres divinas Personas, y sólo vide a Jesucristo de cosa de algunos diez y seis años, muy galán, bello y hermoso, el cual me atraía para sí por demostraciones de grandísimo amor y queriño, mirándome con rostro alegre y ojos apacibles. Su rostro era blanco y surrobiado, el cabello rubio y algo crespo, los ojos grandes, alegres y hechos unas estrellas y turquesas; su estatura como de la edad que he significado de diez y seis años o diez y siete; su vestido era tornasolado: muy galán. Parecióme que una nube sutilísima le cubría toda su persona. Deseosa yo de saber quien era, puse con particularidad mis ojos en él, y en uno de sus hombros le vide un rótulo grande, muy enarbolado en el aire, con sólo cinco letras, que formaban esta palabra: Salva; y luego, encima, un rasgo grande que concluía dicha palabra. Mis inteligencias fueron dos: la una hallar quien buscaba y deseaba saber quien era, y así entendí dichas letras y cifras querían decir: Salvador; y con esta inteligencia sabía ya quien era. La segunda inteligencia fue decirme, por dichas letras y cifra: Salvarte he. Entrambas a dos obraron en mi Alma amor de desposarme con su Majestad eterna, que era lo que obraban en mí las demostraciones y atracciones que para sí mismo hacía de mi voluntad. (…) La pieza estaba llena de una gran luz, pero no distinguía yo de donde salía ni quien la causaba, sólo que asegurara la causaba la vista de aquel hermosísimo joven, Cristo, Salvador mío, porque toda la luz eran resplandores. De lo que más quedó enamorada mi alma fue de sus hermosos ojos, y así, desde entonces, siempre he quedado devota y apasionada de los ojos de Jesucristo[8].

Ambas santas vieron un bellísimo joven de unos dieciséis años y aquel momento quedó profundamente impreso en su vida; para ambas, aquel joven se manifestó como su Salvador[9].

Otro aspecto de la beata que evoca a santa Gertrudis es su gran devoción a la herida del costado de Cristo. De ello da cuenta el pasaje. Estamos hacia 1625 en Saragoza, la beata está relatando algunas de las misericordias de Jesús durante la Comunión en su alma, entre las cuales la siguiente:

Pasados cuatro días, después de esta misericordia, se dignó su Majestad divina hacer otra misericordia en la Comunión, atrayendo mi alma a sí, como acostumbra, con estas palabras que dicen: Quasi Columba gemebunda nidificans in caverna maceriae (como paloma que gime, anidando en las grietas de la muralla). Quedé robada y cautiva de mi divino Señor, y juntamente encerrada en mi nido y abertura de su santísimo costado. Gocé de tranquilidad y pacificación grande y de un dejo suavísimo, a modo de desmayo, de modo que todo el rato que duró viví más a fueros de espíritu y leyes divinas que de mis sentidos. Gozando de este favor, apetecía mi alma morir en este su nido del costado de Cristo; y sus recuerdos y aspiraciones íntimas eran decir: In nidulo meo moriar (Moriré en mi nido; Jb 29,18)[10].

No es raro encontrar en los escritos de la Beata María Ángela Astorch momentos como este de gran paz y tranquilidad en las llagas de Cristo, sobretodo en la del costado, especialmente después de muchos momentos de gran sufrimiento espiritual y físico, o luego de fuertes tempestades de espíritu. Tanto el lenguaje como la atmósfera tan serena recuerdan las muchas descripciones que hace santa Gertrudis cuando entra en las heridas de Jesús, especialmente en la del corazón.

María Ángela se inspiró también otras veces en santa Gertrudis, entre ellas en un ejercicio titulado Práctica Espiritual, destinado a las maestras de novicias, que, aunque de modo diverso, sigue el esquema de los Ejercicios; obra tenida presente también en el opúsculo titulado Regla y constituciones del Divino Amor para quien las quiera observar, que recuerda el Ejercicio III de santa Gertrudis.

Continuará

 

 


[1] La talla de Santa Gertrudis, de madera policromada, vestida con cogulla blanca cisterciense y con los atributos de báculo, diadema, corazón y pluma, en piezas desmontables, es la figura principal del altar de santa Gertrudis la Magna de la Iglesia del Real Monasterio de San Clemente de Sevilla. Este constituye uno de los grupos escultóricos más originales y llamativos de la iconografía gertrudiana. Se trata de una obra artística de estilo rococó, única en el mundo por su avanzada realización y originalidad. Debajo de la imagen, en el retablo, se ubican varios fanales o cajones desmontables de 83 x 73 x 45 cms., profusamente decorados, que representan en miniatura distintos episodios de la vida de Gertrudis, reproduciendo al detalle las características que surgen de los respectivos textos del Legatus. Los fanales están realizados en madera, pan de oro, barro, pintura al óleo, tela, papel y pegamento, conforme a la técnica de dorado estofado y policromado. El altar se desmonta para la novena de santa Gertrudis y se va rearmando día por día, para estímulo de la devoción. El séptimo y último fanal representa la visión que santa Gertrudis tuvo acerca de su propia muerte, en particular el momento en que se le aparecieron la Virgen María y el apóstol san Juan junto a Cristo, de acuerdo al siguiente texto del Legatus Divinae Pietatis: “Había tomado la costumbre de retirarse habitualmente el viernes hacia la hora de Nona de todas las cosas exteriores como para descansar, sin que nadie la molestara y dedicarse solo a Dios con íntima devoción. Se aplicaba a sí misma, como si estuviera en agonía, todo lo que suele hacerse con los agonizantes e incluso más, tanto en devotas oraciones como en saludables meditaciones. Practicaba este ejercicio desde hacía algún tiempo con gran devoción. Cierto día que coincidía en viernes se recogió de la misma manera. Mientras ella descansaba dulcemente con gran paz interior, el Señor benigno, que a grandes beneficios suele añadir otros mayores, le mostró de antemano como en éxtasis, la feliz emigración de este mundo que se dignaría concederle, con la siguiente comparación: Le parecía que descansaba durante su agonía en el lado izquierdo del regazo del Señor vuelta hacia su divino Corazón, como una tierna jovencita maravillosamente adornada. Llegó entonces volando con inmensa alegría una multitud casi infinita de ángeles y santos. Cada uno llevaba en sus manos incensarios de oro en los que habían reunido las oraciones y súplicas de toda la Iglesia para quemarlas allí en honor del Rey y Esposo de la gloria y para provecho su esposa, es decir, esta bienaventurada alma. Mientras ella invocaba a la bienaventurada Virgen con la antífona: Salve, María, haz que me parezca a ti, etc., llamó también el Señor a su santísima Madre para que viniera a consolar a su elegida. Entonces se inclinó la Reina de las vírgenes, refulgente de nuevo resplandor, y sostenía con sus delicadas manos la cabeza de la enferma con inefable ternura (…). A continuación se acerca aquel amado y tierno discípulo, Juan evangelista y apóstol, al que Jesús distinguió con un especial privilegio de amor, le  encomendó como testimonio seguro de fidelidad a su Madre en la cruz” (Legatus V 32, 1-2 y 4).

[2] Mauro Papalini es graduado en lengua y literatura extranjeras, especialista en filología románica y en historia de las Clarisas, Terciarias franciscanas, Agustinas y de otras Órdenes. Estudioso de la mística y de los aspectos económico-jurídicos de las comunidades religiosas femeninas, ha publicado numerosos estudios en revistas especializadas. Está trabajando en la publicación de textos relacionados con algunas clarisas y varios monasterios.

[3] Continuamos con la publicación de la traducción de las actas Congreso: “LA “DIVINA PIETAS” E LA “SUPPLETIO” DI CRISTO IN S. GERTRUDIS DI HELFTA: UNA SOTERIOLOGIA DELLA MISERICORDIA. Atti del Convegno organizzato da Istituto Monastico della Facoltà di Teologia Pontificio Ateneo Sant’Anselmo, Roma, 15-17 novembre 2016. A cura di Juan Javier Flores Arcas, O.S.B. - Bernard Sawicki, O.S.B., ROMA 2017”, Studia Anselmiana 171, Pontificio Ateneo S. Anselmo, Roma 2017. Cfr. el programa del Congreso en esta misma página: http://surco.org/content/convenio-divina-pietas-suppletio-cristo-santa-gertrudis-helfta-una-soteriologia-misericordia. Traducido con permiso de Studia Anselmiana y del autor, por la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[4] Sobre la iconografía de Santa Gertrudis en España y América Latina cfr. A. Rubial Garcia-D. Bienko de Peralta, “La más amada de Cristo: iconografía y culto de santa Gertrudis la Magna en la Nueva España”, Cistercium 258 (2012) 89-143; cfr. también la contribución de sr. Cristina Ghitti a esta publicación.

[5] L. IRIARTE, Beata María Angela Astorch, clarisa capuchina, Asís, Valencia 1982, biografía publicada en ocasión de su beatificación y posteriormente reeditada.

[6] Cfr. P. G. FERRINI, Un santo al giorno con i santi francescani verso il terzo millennio, Francescane, Cesena 31991, 388.

[7] Cfr. M. A. ASTORCH, Mi camino interior. Relatos autobiográficos, Cuentas de espíritu, Opúsculos espirituales, Cartas, edición preparada por Lázaro Iriarte, ofmCap, Hermanos Menores Capuchinos, Madrid 1985. La traducción al italiano en el artículo que traducimos, es del Autor. Aquí se reproduce el texto original de la santa en español.

[8] M. A. ASTORCH, Mi camino interior, 47-48. L. IRIARTE (ed.), Beata Maria Angela Astorch, l’Autobiografia, gli Opuscoli Spirituali, le lettere, traducción de M. Papalini, LEV, Città del Vaticano 2016, 74-75.

[9] Cfr. Gertrude d’Helfta, Le héraut, Livres I et II, lib. II, cap. I, 228-232.

[10] M. A. ASTORCH, Mi camino interior, 103-104. La traducción al italiano en el artículo que traducimos, es del Autor. Aquí se reproduce el texto original de la santa en español.