LA INFLUENCIA DE SANTA GERTRUDIS SOBRE LOS MÍSTICOS FRANCISCANOS (V)

Vista completa del altar de santa Gertrudis[1] de la Iglesia del Real Monasterio de San Clemente de Sevilla, España.

Fotografía: Francisco Rafael de Pascual, OCSO. Copyright: Cistercium

 

Mauro Papalini[2]

4. Santa Verónica Giuliani

Otra figura muy importante en el mundo franciscano[3] entre 1600 y 1700 es la capuchina santa Verónica Giuliani. Úrsula Giuliani nació en Mercatello, Metauro (Pesaro Urbino) el 27 de diciembre de 1660, en una familia de buena posición. A lo siete años perdió a su madre, quien antes de morir asignó a cada una de sus cinco hijas una llaga de Jesús, y a Úrsula le tocó la del Costado. Después se mudó a Piacenza por motivos de trabajo de su padre, que era funcionario de las financias pontificias.

Desde su infancia se manifestaron en ella fenómenos extraordinarios que la encaminaron a una devoción ferviente y encendida hacia Jesús. El 17 de julio de 1677 entró en el monasterio de Santa Clara de las Capuchinas de Città di Castello (Perugia), el 28 de octubre del mismo año vistió el hábito de las Capuchinas y cambió su nombre por el de Verónica. El 1 de noviembre de 1778 emitió su profesión; en 1688 fue nombrada maestra de novicias, oficio que mantuvo por muchos años. Después de varias peripecias debidas a sus fenómenos místicos, en 1717 fue elegida abadesa y continuó en el cargo hasta su muerte, el 8 de julio de 1727. Fue beatificada por Pio VII el 18 de junio de 1804 y canonizada por Gregorio XVI el 26 de mayo de 1839.

En el monasterio su vida mística conoció un desarrollo amplísimo y se caracterizó no solo por visiones, sobre todo de la pasión de Jesús, de la Virgen María y de los ángeles, sino también visiones del infierno, del purgatorio y del paraíso. Se empeñó en una constante y larga lucha contra el demonio que la atacaba de diversas maneras. Las etapas de esta intensísima vida mística fueron las siguientes: el 4 de abril de 1681, viernes santo, se le imprimió en la cabeza la corona de espinas. El 5 de abril de 1697, viernes santo, recibió los estigmas de Jesús. Mucho tiempo antes de morir, Verónica Giuliani había dicho a su confesor que los instrumentos de la pasión de nuestro Señor se habían impreso en su corazón y había hecho un dibujo para mostrar el punto preciso dentro de su corazón. Un examen post-mortem en presencia de testigos eclesiásticos y laicos reveló diversos signos diminutos dentro del ventrículo derecho de su corazón, en correspondencia con los puntos indicados por ella en el dibujo.

El 15 de enero de 1712 la Virgen María le asignó un segundo ángel custodio; en 1715 recibió la unión mística con la Virgen y desde el 5 de abril de 1716 comenzó a escribir al dictado de la misma Virgen; durante la escritura perdió el conocimiento de sí misma y de lo que escribía, llegando a ser como “otra María”, como alguien ha dicho también de su santa madre Clara de Asís.

Los fenómenos místicos que se manifestaron en ella fueron controlados por largo tiempo y severamente por las autoridades eclesiásticas competentes, en especial sus confesores y los obispos de Città di Castello. Bajo sus órdenes, del 13 de diciembre de 1693 al 25 de marzo de 1727, a pesar de la grandísima repugnancia que experimentaba, la santa escribió un poderoso diario, sin releerlo, donde consignó las fases y las experiencias de su vida interior. Es una compilación de 22.000 páginas recogidas en varios volúmenes publicados en varias ocasiones, en general conocido bajo el título de “Tesoro escondido”. Dejó escritas también más de 500 cartas. Muy importante para conocer a la santa son los procesos de beatificación y canonización porque se hicieron enseguida de su muerte, con testimonios de visu (testigos oculares), y por lo tanto, máximamente confiables.

Su diario ha llegado a ser una fuente de primer orden para el análisis moderno del misticismo, ya que es el relato más completo escrito por una persona mística y examina un período de vida más largo que cualquier otro relato que nos haya llegado. Es descriptivo e introspectivo, ya que en él Verónica no solo trata de analizar e ilustrar sus experiencias, sino que también expresa visiones teológicas sorprendentes.

Durante toda su vida fue una ávida lectora y sus obras recibieron la influencia de los escritos de santa Gertrudis de Helfta, santa Catalina de Siena, santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz y san Francisco de Sales. De ellos Verónica tomó el lenguaje místico, construyendo las bases de su cultura teológica y espiritual.

Fundamento de su espiritualidad es la tensión continua entre lo humano y lo espiritual, semejante al conflicto de san Pablo entre la carne y el espíritu. No es posible un acuerdo entre estos dos elementos en nuestra formación. Verónica describe los estadios a través de los cuales el alma se eleva para unirse a Dios, llegando a lo que ella define como una “visión de Dios”, en la cual este último se comunica directamente sin palabras. Nunca afirmó, sin embargo, haber recibido revelaciones de Dios en el sentido ordinario de ser una visionaria. Pensaba devolver el amor que Dios le demostraba en estos encuentros, dedicando su vida al sufrimiento: esta era “la clave del amor”, “la escuela de amor”, “la entrada en el amor puro”.

Inspirada a participar en el amor redentor de Cristo a través de su propios sufrimientos, a veces se sometía a penitencias extremas, no porque odiase su cuerpo sino para unirse a Él, como ella misma afirmaba, como una “tonta, no sabiendo que otra cosa hacer” en vistas de Su amor por ella. Hizo experiencia de Cristo en sus momentos de “visión” o unión, así como también en la Eucaristía, que ella definía como “un gran descubrimiento de amor”, como oportunidad de comulgar directamente con Dios y de recibir una gracia extraordinaria.

Como santa Gertrudis, que intercedía ante el Señor por las personas que se encomendaban a ella y por la Iglesia en general, santa Verónica descubrió que su misión era la de “mediadora entre Dios y los pecadores”, entre el cielo y la tierra.

Naturalmente Verónica no llegó a la santidad por sus experiencias místicas, sino por transformar estas asiduamente en virtudes concretas, vividas en grado heroico, día tras día. Invertía su caridad en sus hermanas, los sufrientes, los pobres, pero también de modo extraordinario en las almas del purgatorio, por cuya liberación sufría tanto. No hace falta recordar cuanto hablaba santa Gertrudis de las almas del purgatorio, especialmente en su libro V del Legatus divinae pietatis[4].

 Continuará

 


[1] El altar de santa Gertrudis la Magna de la Iglesia del Real Monasterio de San Clemente de Sevilla es uno de los grupos escultóricos más originales y llamativos de la iconografía gertrudiana, de estilo rococó, único en el mundo por su avanzada realización y originalidad. La figura principal del altar es la talla de Santa Gertrudis, de madera policromada, vestida con cogulla blanca cisterciense y con los atributos de báculo, diadema, corazón y pluma, en piezas desmontables. En el retablo pueden verse los siete fanales o cajones desmontables de 83 x 73 x 45 cm, que representan en miniatura los siguientes episodios de la vida de santa Gertrudis: visión del árbol de la caridad, inhabitación del Señor, visión de la muerte de santa Matilde, Jesús le enseña cómo orar y saludar a la Virgen María, impresión de estigmas, Misa celebrada por Cristo en presencia de la Santísima Trinidad, visión de su propia muerte. Las escenas reproducen al detalle las características que surgen de los respectivos textos del Legatus. Los fanales, profusamente decorados, están realizados en madera, pan de oro, barro, pintura al óleo, tela, papel y pegamento, conforme a la técnica de dorado estofado y policromado. El altar se desmonta para la novena de santa Gertrudis y se va rearmando día por día, para estímulo de la devoción.

[2] Mauro Papalini es graduado en lengua y literatura extranjeras, especialista en filología románica y en historia de las Clarisas, Terciarias franciscanas, Agustinas y de otras Órdenes. Estudioso de la mística y de los aspectos económico-jurídicos de las comunidades religiosas femeninas, ha publicado numerosos estudios en revistas especializadas. Está trabajando en la publicación de textos relacionados con algunas clarisas y varios monasterios.

[3] Continuamos con la publicación de la traducción de las actas Congreso: “LA “DIVINA PIETAS” E LA “SUPPLETIO” DI CRISTO IN S. GERTRUDIS DI HELFTA: UNA SOTERIOLOGIA DELLA MISERICORDIA. Atti del Convegno organizzato da Istituto Monastico della Facoltà di Teologia Pontificio Ateneo Sant’Anselmo, Roma, 15-17 novembre 2016. A cura di Juan Javier Flores Arcas, O.S.B. - Bernard Sawicki, O.S.B., ROMA 2017”, Studia Anselmiana 171, Pontificio Ateneo S. Anselmo, Roma 2017. Cfr. el programa del Congreso en esta misma página: http://surco.org/content/convenio-divina-pietas-suppletio-cristo-santa-gertrudis-helfta-una-soteriologia-misericordia. Traducido con permiso de Studia Anselmiana y del autor, por la Hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[4] La bibliografía sobre santa Verónica Giuliani es muy vasta, si bien no hay todavía una biogafía históricamente completa. Señalamos entre otros: Testimonianza e messaggio di Santa Veronica Giuliani. Atti del congresso internazionale, 27-31 ottobre 1982, a cura di L. Iriarte, 2 vol., Laurentianum, Roma 1983; R. PICCINELLI, La teologia della Croce nell’esperienza mistica di santa Veronica Giuliani, Porziuncola, Asís, 1989; Id., Veronica Sposa intelligente di Gesù, Tau, Todi, 2011.