LO QUE DICE LA REGLA DE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (29)

El tercer grado de humildad consiste en que uno, por amor de Dios, se someta al superior en cualquier obediencia, imitando al Señor de quien dice el Apóstol: “Se hizo obediente hasta la muerte” (Capítulo 7, versículo 34).

En su concisión este tercer grado constrasta con el del Maestro del cual fue extraído. De las siete citas escriturísticas de su antecesor, Benito retiene solo una, que fue perfectamente escogida. Las otras figuran ya en las dos Reglas en el capítulo de la obediencia o en el primer grado de humildad. Al contrario, la gran cita paulina que retiene Benito (Flp 2,8) no ha sido mencionada todavía, y esta evocación de Cristo en la cruz es de una gran importancia. La doctrina de la obediencia desarrollada en el capítulo 5, y condensada aquí, se encuentra enriquecida de modo inestimable. “Imitar al Señor” fue ya propuesto en el grado precedente, pero es bueno recordar ahora que “hacer la voluntad del Padre”, como decía Jesús en el fragmento del Evangelio citado entonces, ha significado para Él, en definitiva, “hacerse obediente hasta la muerte”.

El recurso al texto-fuente del Maestro revela además, que este último tenía en mente el “tercer indicio de humildad” de Casiano: no seguir su propio juicio, sino el del anciano que vela sobre cada uno. Al contrario, el Maestro no había pensado en motivar la obediencia con palabras “por el amor de Dios”. Esta motivación es propia de Benito. Es tan significativa que interrumpe la continuidad trazada por Casiano y el Maestro; solo desde la humildad, como lo veremos, es posible elevarse a la caridad. Pero para Benito, la coherencia de este esquema doctrinal no importa tanto como su propia convicción, fundada en el primer mandamiento de la Escritura y en la experiencia cotidiana: toda vida cristiana, y a fortiori toda vida monástica, tiene por raíz el amor divino. Aquí como en otros lugares (RB 68,5; 71,4), no duda en hacer de éste el motivo de la obediencia.

El cuarto grado de humildad consiste en que, en la misma obediencia, así se impongan cosas duras y molestas o se reciba cualquier injuria, uno se abrace con la paciencia y calle en su interior, y soportándolo todo, no se canse ni desista, pues dice la Escritura: “El que perseverare hasta el fin se salvará”, y también: “Confórtese tu corazón y soporta al Señor”. Y para mostrar que el fiel debe sufrir por el Señor todas las cosas, aun las más adversas, dice en la persona de los que sufren: “Por ti soportamos la muerte cada día; nos consideran como ovejas de matadero”. Pero seguros de la recompensa divina que esperan, prosiguen gozosos diciendo: “Pero en todo esto triunfamos por Aquel que nos amó”. La Escritura dice también en otro lugar: “Nos probaste, ¡oh Dios! nos purificaste con el fuego como se purifica la plata; nos hiciste caer en el lazo; acumulaste tribulaciones sobre nuestra espalda”. Y para mostrar que debemos estar bajo un superior prosigue diciendo: “Pusiste hombres sobre nuestras cabezas”. En las adversidades e injurias cumplen con paciencia el precepto del Señor, y a quien les golpea una mejilla, le ofrecen la otra; a quien les quita la túnica le dejan el manto, y si los obligan a andar una milla, van dos; con el apóstol Pablo soportan a los falsos hermanos, y bendicen a los que los maldicen (Capítulo 7, versículos 35-43).

El cuarto indicio de Casiano consistía en conservar la paciencia en la obediencia. Luego, ampliando este tema, el autor de las Instituciones, proponía como quinto indicio la aceptación pacífica de las humillaciones de toda especie, causadas no solamente por el superior que manda, sino de cualquier miembro de la comunidad.

Estos son los dos indicios que encontramos reunidos en el presente grado, el más largo de los diez escalones medios de nuestras Reglas. Comparando con los dos pasajes paralelos del Maestro, se ve que éste considera la paciencia en la obediencia como un equivalente del martirio. De hecho, la ilustración escriturística utiliza algunos de los textos más heroicos de los dos Testamentos.

Estas citas van de dos en dos. Desde luego, la “perseverancia hasta el fin” exigida por Jesús (Mt 10,22) y el valor de “soportar al Señor” del cual hablaba el Salmista (Sal 26 [27],14). Luego, la “muerte cotidiana” por Dios, otra imagen sálmica (Sal 43 [44],22), retomada y desarrollada por san Pablo, que la convierte en un “triunfo” (Rm 8,36-37). El Salterio proporciona también las dos citas siguientes, donde la evocación del “fuego” y de la “red” de la prueba logran una figura singularmente realista de la obediencia: “Los hombres son impuestos” por Dios “sobre nuestras cabezas” (Sal 65 [66],10-11. 12). En fin, se vuelve al Evangelio, con muchos rasgos del Sermón de la Montaña (Mt 5,39-41), y a san Pablo, modelo de paciencia frente a los falsos hermanos (2 Co 11,26), los perseguidores y los detractores (1 Co 4,12). En este último grupo de textos, se entrevén claramente las tribulaciones que vienen no de los superiores, representantes designados de Dios, sino de cualquier hermano, como en el quinto indicio de Casiano.

La cima espiritual del pasaje se encuentra, sin duda, en las dos frases de la Epístola a los Romanos: “A causa de ti… a causa de aquel que nos ha amado” (cf. Rm 8,37), sin pronunciar el término, que reserva para el final del capítulo, el Maestro seguido por Benito, esboza una actitud bien próxima a la caridad. El nombre que él le da, “esperanza”, marca un progreso en relación al “temor” del primer grado. Es verdad que éste comprendía ya el pensamiento de la vida eterna, pero la fe en esta recompensa se convierte en el presente, en el fuego de la prueba, una seguridad plena de alegría.

Reuniendo los temas evangélicos de la perseverancia en la persecución y de la no-resistencia en el mal, esta bello texto es una de las páginas de la Regla a las cuales más frecuentemente se recurre, y con mayor felicidad, en el curso de la vida monástica.