LO QUE DICE LA REGLA DE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (30)

El quinto grado de humildad consiste en que uno no le oculte a su abad todos los malos pensamientos que llegan a su corazón y las malas acciones cometidas en secreto, sino que los confiese humildemente. La Escritura nos exhorta a hacer esto diciendo: “Revela al Señor tu camino y espera en Él”. Y también dice: “Confiesen al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y otra vez el Profeta: “Te manifesté mi delito y no oculté mi injusticia. Dije: confesaré mis culpas al Señor contra mí mismo, y Tú perdonaste la impiedad de mi corazón” (Capítulo 7, versículos 44-48).

Ya Casiano quería que el monje humilde “no oculte nada a su anciano, no solamente de sus actos, sino también de sus pensamientos” (segundo indicio). En respuesta, el anciano pronunciaba un juicio sobre los actos y pensamientos confesados, y el hermano se sometía enteramente (tercer indicio). Confesión del dirigido y dictamen del director formaban una dupla, que las Instituciones ubicaron en el primer grupo de indicios, el de los rasgos de obediencia.

Desplazando esta apertura del corazón y modificando su formulación, el Maestro y Benito le han cambiado el carácter. Para ellos no está seguida de su complemento natural: la dirección dada por el anciano. En lugar de un acto de sumisión, por el cual se preparaba para recibir las instrucciones del director, se trata ahora de un acto de abajamiento, por el cual se confiesan los pecados. La confesión ya no tiene por objeto las acciones y pensamientos de cualidad incierta, sobre los cuales se espera el juicio del anciano, sino los pensamientos y acciones malos ya juzgados como tales por el que se confiesa.

Este quinto grado no pertenece, como el indicio correspondiente de Casiano, al grupo de las manifestaciones de obediencia, sino al de los actos de abajamiento o de humildad propiamente dicha, que comprenderá los tres grados siguientes. Antes de aceptar todos los tratamientos, de reconocerse el último de todos y de anonadarse en aras de una entera conformación a los usos recibidos, se hace conocer tal como es, es decir como pecador en pensamientos y en actos.

Esta “humilde confesión” a un superior, que no es necesariamente sacerdote, no tiene alcance sacramental, en el sentido eclesial del término. Lo que se busca no es obtener una absolución, sino adquirir una virtud. Sin embargo, la ilustración escriturística muestra que el abad a quien se confiesa, tiene aquí como en otros lugares el lugar de Cristo. Las tres citas, todas tomadas del Salterio (Sal 36 [37],5; 105 [106],1; 31 [32],5), hablan unánimemente de la confesión de faltas “al Señor”, de quien se espera la misericordia y el perdón. A la luz de estos textos, aparece que nuestros autores tienen en vista, además de la adquisición de la humildad, la remisión del pecado, resultando ésta del acto de humildad cumplido (cf. Casiano, Conferencias, 20,8,3). A la mitad de su Regla (46,5-6), Benito mencionará otro fruto de la confesión secreta: la curación de las heridas del alma gracias a los cuidados del padre espiritual.