LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (10)

La tercera, es una pésima clase de monjes: la de los sarabaítas. Éstos no han sido probados como oro en el crisol por regla alguna en el magisterio de la experiencia, sino que, blandos como plomo, guardan en sus obras fidelidad al mundo, y mienten a Dios con su tonsura.Viven de dos en dos o de tres en tres, o también solos, sin pastor, reunidos, no en los apriscos del Señor sino en los suyos propios. Su ley es la satisfacción de sus gustos: llaman santo a lo que se les ocurre o eligen, y consideran ilícito lo que no les gusta. La cuarta clase de monjes es la de los giróvagos, que se pasan la vida viviendo en diferentes provincias, hospedándose tres o cuatro días en distintos monasterios. Siempre vagabundos, nunca permanecen estables. Son esclavos de sus deseos y de los placeres de la gula, y peores en todo que los sarabaítas. De la misérrima vida de todos éstos, es mejor callar que hablar. Dejándolos, pues, de lado, vamos a organizar, con la ayuda del Señor, el fortísimo linaje de los cenobitas (Capítulo 1, versículos 6-13).

“Sarabaítas” es un término copto que significa “separados de los monasterios”. El Maestro y Benito lo toman de Casiano, según quien estos separatistas se habrían desprendido del viejo tronco cenobítico en una época reciente, después del éxodo de los primeros ermitaños. El autor de las Conferencias, ve en ellos un resurgimiento de Ananías y Safira, que fueron restados de la Iglesia primitiva por haber guardado sus bienes a escondidas. San Pedro fue fulminante cuando les reprochó: “Mentir a Dios” (Hch 5,3-4). El mismo reproche es hecho aquí a estos seguidores, cuya conducta no corresponde con su tonsura de monjes, como los bienes reservados por los dos esposos no correspondía con sus declaraciones de renuncia.

Otra reminiscencia escriturística había aflorado poco antes, cuando Benito constataba que los sarabaítas “no han sido probados como el oro en el crisol” (Sb 3,6), reconociendo así a la regla cenobítica la eficacia purificadora del fuego. Es, ante todo, esta ausencia de formación regular lo que los diferencia de los anacoretas, a quienes se parecen exteriormente cuando viven solos. Además, les falta el pastor autorizado por Cristo, que es el abad, y el auténtico corral del Señor que es el monasterio (cf. Jn 10,16). Estas carencias tienen por efecto la canonización de todas sus voluntades, descrita por el Maestro y Benito en términos que hacen eco a Casiano (Conferencias, 18,3,2).

“Giróvagos”, término compuesto que evoca los circuitos y el vagabundeo, era, sin duda, un término bastante corriente del latín tardío, porque se lo encuentra en la correspondencia de un obispo galo del siglo VII, Didier de Cahors, así como en italiano moderno. Estos vagabundos no eran desconocidos en Oriente, pero no figuran en el listado de clases de monjes elaborado por Jerónimo y Casiano. Es el Maestro quien los ha convertido en una cuarta clase, contra la cual toma mucha precaución en sus capítulos sobre la hospitalidad. Él la ridiculiza a lo largo de muchas páginas. Benito reduce esa sátira interminable a un parágrafo todavía más corto que los dos anteriores, apurado por llegar a su objetivo: la organización del cenobitismo, al cual atribuye como antes a las “armas de la obediencia” (Prol 3), el calificativo fortissimum (“muy poderoso” o “valeroso”).