LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (11)

Capítulo 2: Cómo debe ser el abad

Inmediatamente después de haber presentado el abad a los hermanos, el Maestro se dirige a él y le dice lo que debe ser. Esta forma de tratar al superior en primer lugar es un rasgo característico de la tradición egipcia y leriniana. Se la encuentra en Orisisio y en los Cuatro Padres, así como en la Regla Oriental, mientras que Basilio, Agustín y otros hablan del superior más adelante o incluso al final. Esto corresponde a una concepción jerárquica del coenobium, que privilegia la relación vertical de obediencia a Dios, representado en el monasterio por un jefe análogo al obispo en la Iglesia.

Dividido en dos partes simétricas, el capítulo del Maestro sigue un plan a la vez riguroso y flexible. En Benito, esta bella ordenanza es alterada por una serie de omisiones y agregados, que muestran preocupaciones personales. Sin embargo, el fragmento de la introducción, que vamos a leer ahora, permanece sin modificaciones notables:

Un abad digno de presidir un monasterio debe acordarse siempre de cómo se lo llama, y llenar con obras el nombre de superior. Se cree, en efecto, que hace las veces de Cristo en el monasterio, puesto que se lo llama con ese nombre, según lo que dice el Apóstol: “Recibieron el espíritu de adopción de hijos, por el cual clamamos: Abba, Padre”.

Por lo tanto, el abad no debe enseñar, establecer o mandar nada que se aparte del precepto del Señor, sino que su mandato y su doctrina deben difundir el fermento de la justicia divina en las almas de los discípulos. Recuerde siempre el abad que se le pedirá cuenta en el tremendo juicio de Dios de estas dos cosas: de su doctrina, y de la obediencia de sus discípulos. Y sepa el abad que el pastor será el culpable del detrimento que el Padre de familias encuentre en sus ovejas. Pero si usa toda su diligencia de pastor con el rebaño inquieto y desobediente, y emplea todos sus cuidados para corregir su mal comportamiento, este pastor será absuelto en el juicio del Señor, y podrá decir con el Profeta: “No escondí tu justicia en mi corazón; manifesté tu verdad y tu salvación, pero ellos, desdeñándome, me despreciaron”. Y entonces, por fin, la muerte misma sea el castigo de las ovejas desobedientes encomendadas a su cuidado (Capítulo 2, versículos 1-10).

En el monasterio, el nombre del superior es “abad” (abbas). Este término arameo del que Jesús se sirvió para hablar a su Padre (Mc 14,36), se ha aplicado en siríaco y luego en griego, a los monjes cuya edad y autoridad los convertían en padres espirituales. El monacato copto lo ha hecho suyo, y se lo encuentra ya en los primeros escritos monásticos latinos.

Según san Pablo (Rm 8,15; cf. Gal 4,6), el “Abba Padre!” de Jesús en agonía es repetido por el Espíritu Santo en el corazón de los cristianos. Por eso, pensamos hoy, que este grito se dirige al Padre de Nuestro Señor Jesucristo, en la primera persona de la Trinidad. Para el Maestro y Benito, sin embargo, se dirige a Cristo mismo, considerado como nuestro padre. Por eso, según ellos, el título de abad hace de quien lo porta, un representante de Cristo.

Sorprendente a nuestros ojos, esta interpretación del texto paulino es evidente para el Maestro, pues ve en Cristo “nuestro Padre”, a aquel a quien se ora en la Oración dominical. Cuestionada por los arrianos, la fe en el Dios hecho hombre, se impone de tal modo por reacción a estos monjes italianos del siglo VI, que llegan casi a detenerse en Él y a olvidar al Padre. Sin ir más lejos, el tema de la paternidad de Cristo, al cual no estamos habituados, se encuentra frecuentemente en los mejores escritos patrísticos. Tiene sólidos fundamentos en san Juan, que pone en paralelo nuestras relaciones con el Hijo, y las del Hijo con su Padre, así como en san Pablo, para quien Cristo es el segundo Adán, padre de la humanidad regenerada.

“Representar a Cristo” es, desde san Cipriano, el rol propio del obispo. Extendiéndolo al abad, el Maestro y Benito, dan a entender que el monasterio es una suerte de Iglesia, donde la enseñanza de un sucesor de los Apóstoles continúa engendrando la comunión fraterna, como en los primeros días después de Pentecostés (Hch 2,42). De hecho, enseñar la ley de Dios y hacerla observar es la primera tarea que el presente capítulo le asigna al Abad. Ella hace pensar en la parábola de la levadura en la masa (Mt 13,33) y carga al abad una pesada responsabilidad: deberá dar cuentas de toda actividad de los hermanos, modelada por su dirección.

Acabamos de decir “hermanos” pero el Maestro y Benito dicen “discípulos”. Este término recuerda el Evangelio. Jesús estaba rodeado de discípulos, de los cuales los más íntimos eran llamados Apóstoles o los Doce. El mismo era considerado el maestro por excelencia, enseñando en nombre de Dios. Nuestra Reglas hacen alusión a este círculo de discípulos alrededor de Jesús, empleando a su vez los mismos términos. Si bien ellos definen el monasterio como una “escuela”, este término no aparece en los Evangelios, pero no por eso es menos exacto al referirse al grupo de los Doce que rodeaban a Cristo. La escuela monástica es la continuación de este grupo, uno de sus miembros ocupa allí el lugar del maestro invisible, que es Cristo.

Por lo tanto, el abad debe conformar estrictamente sus directivas a las del Señor, bajo pena de ser castigado por él en el último día. La evocación de este juicio temible da lugar a muchas reminiscencias escriturísticas. Dos de entre ellas son explícitas (Sal 39 [40],11; Is 1,2), pero otras son latentes. El juicio del pastor hace pensar en el fin de la Carta de Pedro (1 P 5,1-4), y la “dominación de la muerte” (praevalens mors) viene de la antigua versión latina de los profetas (Is 25,8 Vetus latina). Como telón de fondo se encuentra también, puede ser, la antigua versión del Salterio, donde se dice de los malvados que “la muerte será su pastor” (Sal 48 [49],15): en el lugar del Buen Pastor y de su representante, es ese pastor siniestro quien ejercerá sobre ellos su dominio.