LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (13)

El abad debe, pues, guardar siempre en su enseñanza, aquella norma del Apóstol que dice: “Reprende, exhorta, amonesta”, es decir, que debe actuar según las circunstancias, ya sea con severidad o con dulzura, mostrando rigor de maestro o afecto de padre piadoso. Debe, pues, reprender más duramente a los indisciplinados e inquietos, pero a los obedientes, mansos y pacientes, debe exhortarlos para que progresen; y le advertimos que amoneste y castigue a los negligentes y a los arrogantes.

No disimule los pecados de los transgresores, sino que, cuando empiecen a brotar, córtelos de raíz en cuanto pueda, acordándose de la desgracia de Helí, sacerdote de Silo. A los mejores y más capaces corríjalos de palabra una o dos veces; pero a los malos, a los duros, a los soberbios y a los desobedientes reprímalos en el comienzo del pecado con azotes y otro castigo corporal, sabiendo que está escrito: “Al necio no se lo corrige con palabras”, y también: “Pega a tu hijo con la vara, y librarás su alma de la muerte” (Capítulo 2, versículos 23-29).

Volviendo al comienzo de su segunda parte, sobre la necesaria diversidad de la enseñanza abacial según los diversos caracteres de los monjes, el Maestro ilustra esta idea con una frase de san Pablo (2 Tm 4, 2) que cita y comenta. Benito, de quien hemos visto el interés en este tema, reproduce el pasaje tal cual (RB 2,23-25), limitándose a agregar en la segunda frase, el adverbio “duramente”, acompañado de: “reprenderlos”, dos adiciones que dejan aparecer su preocupación por corregir eficazmente.

A diferencia de este fragmento copiado, la continuación del texto benedictino es original. Omitiendo dos parágrafos del Maestro, Benito los reemplaza por consideraciones personales. Omisiones y adiciones van en el mismo sentido. El pasaje suprimido del maestro invitaba al abad a unir el ejemplo a las palabras haciéndose humilde como el niño puesto como modelo por Cristo a los Apóstoles; luego le recomendaba una caridad igual hacia todos, reuniendo los matices propios del afecto de un padre y de una madre. Entre las razones que Benito podía tener al descartar estas sugerencias, la más clara es su sentido agudo de la diversidad de las personas y el malestar que le inspira, en consecuencia, todo tratamiento uniforme. De hecho su agregado toma lo contrario del parágrafo suprimido: lejos de obrar de la misma forma con todos, el abad es de nuevo incitado a variar sus procedimientos. A las tres formas de espíritus que se distinguieron antes, se agrega una nueva distinción bipartita.

Esta vez, además, la consigna de diversidad tiene por objeto la manera de corregir. Es esta una preocupación característica de Benito. El teme, en el abad, la debilidad de Helí (1 S 2-4) y le recomienda castigar inmediatamente algunos hechos. Dios, él lo sabe, “deja pasar las faltas” para dar a los hombres tiempo de arrepentirse (Sb 11,24), y el Evangelio prescribe advertir muchas veces a los culpables antes de infligirles una sanción (Mt 18,15-17), pero estos plazos no le parecen aplicables a los espíritus que son muy rudos como para aprovecharlos. Una palabra inspirada (Pr 23,14) establece la inutilidad de las advertencias en esos casos. Sugiere recurrir a la vara, lo que otra máxima prescribe formalmente, al menos para los niños (Pr 23,14). A los golpes, recomendados por el Antiguo Testamento, Benito agrega el “castigo corporal” del cual habla san Pablo (1 Co 9,27): se trata, sin dudas, para él como para casi todos los Padres, de la práctica del ayuno.