LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (17)

Todos sigan, pues, la Regla como maestra en todas las cosas, y nadie se aparte temerariamente de ella. Nadie siga en el monasterio la voluntad de su propio corazón. Ninguno se atreva a discutir con su abad atrevidamente, o fuera del monasterio. Pero si alguno se atreve, quede sujeto a la disciplina regular. Mas el mismo abad haga todo con temor de Dios y observando la Regla, sabiendo que ha de dar cuenta, sin duda alguna, de todos sus juicios a Dios, justísimo juez.

Pero si las cosas que han de tratarse para utilidad del monasterio son de menor importancia, tome consejo solamente de los ancianos,  según está escrito: “Hazlo todo con consejo, y después de hecho no te arrepentirás” (Capítulo 3, versículos 7-13).

Obediencia de los hermanos y pertinencia de las decisiones del abad: una y otra vuelven a seguir la regla. Refiriéndose a éstas, Benito retoma sus exhortaciones simétricas, dirigidas alternativamente a los monjes y al superior. Los primeros no deben hacer su voluntad propia, a la cual el comienzo del Prólogo los invitaba ya a renunciar. Ni en el monasterio ni en el exterior (las palabras “o fuera del monasterio” han sido, sin duda, desplazadas), el monje no está exento de obedecer, ya sea a la regla o al superior. A propósito Benito utiliza, por primera vez, el lenguaje jurídico que le es familiar: “Se atreva” (praesumere) y “quede sujeto a la disciplina regular” (regulare disciplinae subiacere) volverán constantemente en la parte legislativa de su obra. En cambio, la exhortación dirigida al abad, refleja los términos del Maestro en la conclusión del capítulo precedente (RB 2, 37-38), en el cual se reconocía la evocación del juicio divino y de la rendición de cuentas.

El consejo restringido a los ancianos, regulado por la última frase, es una innovación en relación al Maestro, quien preveía solamente reuniones generales. Deliberadamente o no, Benito sigue en esto a Basilo, al menos en la redacción desarrollada de las reglas de este (Grandes Reglas 48 y Pequeñas Reglas 104), que es posterior al texto más corto traducido al latín por Rufino. Ya Basilio invocaba la primera mitad de la cita compuesta que encontramos aquí (Pr 31,3, según la antigua versión latina), mientras que la segunda (Sb 32,34) es propia de Benito.

El interés de este capítulo es considerable. Sabemos que los cenobitas viven en comunidad bajo una regla y un abad. En el presente asistimos a la interacción de los tres términos. El abad consulta  a la comunidad, la comunidad obedece al abad, y ambos se someten a la regla. El abad no es solamente el pastor de almas descrito en el capítulo precedente, sino también jefe de un grupo de hombres que viven aquí abajo. En la primera función, él tiene por norma la Escritura, en la segunda tiene por guía la regla. En él autoridad espiritual y temporal se conjugan. No hay en el monasterio, como en el mundo y la Iglesia, dos poderes, sino uno solo. Simple y total, el monacato requiere esta fusión de los dos órdenes, gracias a la cual la palabra de Dios puede informar la existencia entera de los individuos y del grupo. Sin ser muy democrático, no funciona sin consulta. Bajo la autoridad única que lo rige, su ley suprema es evitar todo disenso.