LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (18). ¡FELIZ PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR!

Capítulo cuatro: ¿Cuáles son los instrumentos de las buenas obras?

A continuación del directorio del abad, el Maestro elaboró para este una lista de setenta y siete preceptos, formando “el santo arte que debe enseñar a sus discípulos”. Este catálogo de máximas es lo que encontramos aquí, ligeramente modificado por Benito. El nombre de “instrumentos de las buenas obras” se inspira en el Maestro que llamaba “herramientas espirituales” a las virtudes con las cuales se practica el santo arte.

Esta serie de setenta y cuatro máximas sirve de transición entre el tratado del abad, con su apéndice sobre en consejo, y los capítulos que van a describir las tres grandes virtudes del monje. En muchas ocasiones encontraremos allí los esbozos de las ulteriores exposiciones sobre la obediencia, el silencio y la humildad. Sin embargo los toques propiamente monásticos son bastante raros, el conjunto se atiene, más bien, al nivel de la moral cristiana general.  A este respecto, el fragmento recuerda el Prólogo y su catequesis fundamental a partir de los Salmos. De nuevo, el Maestro y Benito nos recuerdan que el monje, como todo bautizado, está sometido en primer lugar a las exigencias universales de la palabra de Dios.

Primero, amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas;

después, al prójimo como a sí mismo.

Luego, no matar;

no cometer adulterio,

no hurtar,

no codiciar,

no levantar falso testimonio,

honrar a todos los hombres,

no hacer a otro lo que uno no quiere para sí.

Negarse a sí mismo para seguir a Cristo.

Castigar el cuerpo,

no entregarse a los deleites,

amar el ayuno.

Alegrar a los pobres,

vestir al desnudo,

visitar al enfermo,

sepultar al muerto.

Socorrer al atribulado,

consolar al afligido (Capítulo 4, versículos 1-19).

Los dos grandes mandamientos de amor (Mc 12,30-31; Lc 10,27-28), seis artículos del decálogo repetidos por el Nuevo Testamento (Mt 19,18-19; Lc 18,20; Rm 13,9), la regla de oro del Sermón de la Montaña (Mt 7,12; cf. Tb 4,16): este comienzo, que se encuentra también en la versión latina de la Didajé, es el que conviene a un programa de vida para discípulos de Cristo. El doble precepto de amar a Dios y al prójimo es ubicado aquí en la base, mientras que la escala de la humildad, como lo veremos, llega a la caridad como a una cima. Aparentemente opuestas, las dos perspectivas se fundan en textos diferentes de la Escritura. En el texto presente, el Maestro y Benito siguen el Antiguo Testamento y el Evangelio, mientras que, más lejos, pensarán en la exaltación del amor como san Juan y san Pablo.

Uno de los mandamientos del decálogo ha sido modificado por Benito. En lugar de “honrar padre y madre”, como prescribía la Regla del Maestro, el texto benedictino dice: “Honrar a todos los hombres”. Este precepto, que también puede considerarse tomado de la Escritura (1 P 2,17), es, sin duda, en el espíritu de san Benito, una máxima de hospitalidad (cf. RB 53,2). La corrección se explica por el temor de alentar relaciones con la familia que perjudicarían la vida monástica. Acaso Cristo no ha separado a sus discípulos de sus parientes, a veces de forma muy abrupta? Es por eso, como veremos, que se debe honrar a todos los hombres, en particular a los huéspedes.

 “Negarse a sí mismo para seguir a Cristo” (Mt 16,24), nos hace entrar decididamente en el Nuevo Testamento, es seguido por “castigar el cuerpo”. De esta máxima paulina (1 Co 9,27) que apunta especialmente a las restricciones alimentarias, según la interpretación habitual de los Padres, hay un indicio en lo que sigue: “No entregarse a los deleites”, y sobre todo “amar el ayuno”. Estas restricciones de los alimentos preparan la serie siguiente, donde se pide alimentar a los pobres y atender a sus necesidades. La idea subyacente, puesta en evidencia por una de las fuentes del Maestro, es que se dé a los otros lo que uno se quita a sí mismo. Como en el Evangelio, ayuno y limosna van a la par.

Las tres primeras obras de caridad, evidentemente, son sugeridas por la escena del juicio final, donde Cristo se identifica con los que sufren hambre, carecen de vestimenta, padecen enfermedades (Mt 25,3-5). La siguiente recuerda la caridad de Tobías (Tb 1,20). Finalmente Benito suprime “dar en préstamo” y “dar a los indigentes”, dos máximas del Maestro que no son aplicables al monje como individuo. Aquí como más arriba, y como en el Prólogo, la Regla benedictina relaciona las condiciones particulares de la vida monástica con un programa originalmente destinado a todo cristiano.

En su totalidad, esta segunda decena de sentencias (vv. 10-19) está construida sobre el modelo de la palabra del Señor que la introduce. Así como se debe renunciar a sí mismo para seguir a Cristo, lo mismo sucede con los alimentos, como lo hacía san Pablo, para socorrer a los necesitados, como lo quiere el Evangelio. Una cita neotestamentaria dirige una dupla de acciones negativas y positivas, sugeridas a su vez, por otros textos escriturísticos: esta estructura se encuentra también en la serie que sigue a continuación.