LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (19)

Hacerse extraño al proceder del mundo,

no anteponer nada al amor de Cristo.

No ceder a la ira,

no guardar rencor.

No tener dolo en el corazón,

no dar paz falsa.

No abandonar la caridad.

No jurar, no sea que acaso perjure,

decir la verdad con el corazón y con la boca.

No devolver mal por mal.

No hacer injurias, sino soportar pacientemente las que le hicieren.

Amar a los enemigos.

No maldecir a los que lo maldicen, sino más bien bendecirlos.

Sufrir persecución por la justicia.

No ser soberbio,

ni aficionado al vino,

ni glotón

ni dormilón,

ni perezoso,

ni murmurador,

ni detractor.

Poner su esperanza en Dios.

Cuando viere en sí algo bueno, atribúyalo a Dios, no a sí mismo;

en cambio, sepa que el mal siempre lo ha hecho él, e impúteselo a sí mismo (Capítulo 4, versículos 20-43).

Esta vez, la dupla de renuncia y adhesión que sirve de exordio, está constituida por las dos primeras máximas. “Hacerse extraño al proceder del mundo” hace eco a una cita paulina (2 Tm 2,4), mientras que la invitación a amar a Cristo más que a todo, traduce la advertencia de Jesús: “Quien ama a su padre o madre … hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). “No anteponer nada al amor de Cristo”, es una sentencia célebre, popularizada en particular por san Cipriano. Bajo la forma precisa que ella tiene aquí, el Maestro la toma sin duda, al igual que sus reglas vecinas y un buen número de otras, de una de sus fuentes favoritas, la Pasión de los santos Julián y Basilisa.

Como más arriba (vv. 10-19), este doble principio de renuncia y amor es seguido por una serie de actitudes positivas y negativas, pero esta vez, estas últimas son pocas. Además, renuncia y caridad toman un nuevo rostro: lo que se mortifica ya no es la sensualidad, sino la agresividad visible o velada; el amor no consiste más en un beneficio para los necesitados, sino en la paciencia frente a los adversarios.

También cambia la referencia escriturística. En lugar de la escena del juicio final, aparece el Sermón de la Montaña como fondo: prohibición de la cólera, del juramento, de la ley del talión (Mt 5,22. 34. 39), invitación a amar a los enemigos (Mt 5,44; Lc 6,28) y a bendecir a aquellos que maldicen (Lc 6,29), todo esto se sucede en el mismo orden que las palabras de Jesús. Asimismo, la “persecución por la justicia” recuerda a la última de las Bienaventuranzas (Mt 5,10). A estos ecos del discurso evangélico se suman las resonancias que provenien de las epístolas de Pedro (1 P 3,9. 14) y de Pablo (1 Co 4,12). En cuanto a las sentencias sobre el engaño y la verdad, recuerdan entre otros a dos pasajes de los salmos citados en el Prólogo (Prol. 17 y 26). Raros son los párrafos que no provienen directamente de la Biblia, como por ejemplo, el que invita a soportar los daños más que a causarlos, siguiendo una famosa cita de Cipriano.

Antes del párrafo sobre la caridad, Benito omite, según su costumbre, tres máximas del Maestro, que convienen más  a los seculares que a los monjes. Dos de ellas prescribían mantener los compromisos. Ahora bien, el monje no conoce otro compromiso que las promesas que lo ligan a Dios. En cuanto a “no amar jurar” (RM 4,32), Benito se ha escandalizado, a pesar de la referencia escriturística del la Regla del Maestro (cf. Mt 5,33-34), al ver allí, hasta cierto punto, tolerada la maledicencia[1]. Transportando la cita al final de la serie siguiente (vv. 34-40[2]), la cambia en una prohibición absoluta.

Esta serie de siete preceptos negativos comienza, como de costumbre, con una reminiscencia bíblica: “No ser soberbio, ni aficionado al vino” viene del retrato del obispo trazado por san Pablo (Tt 1,7). Muchas de las faltas proscritas, luego son también formuladas en términos escriturísticos (Si 37,32; Rm 12,11; Sb 1,11).

Para terminar, tres máximas se refieren a la importante cuestión de la gracia. En medio de las obligaciones morales que acaban de ser enumeradas, la mirada debe permanecer fija en Dios. Es en Él que se espera, a Él se atribuye todo el bien que hallare, mientras que el monje asume la responsabilidad del mal. Este reconocimiento del auxilio divino, que recuerda el final del comentario del Salmo 14 (15) en el Prólogo, en Benito es mucho más tajante que en el Maestro. Conforme a la tendencia agustiniana que triunfaba en Galia y en Roma, nuestra Regla insiste en la culpabilidad del hombre y su incapacidad para obrar bien con sus propias fuerzas. Finalmente dos sentencias del Maestro son omitidas. La primera daba a entender que los buenos deseos pueden nacer sin intervención de Dios. La segunda repartía entre la Providencia y el trabajo del hombre la producción de los medios de subsistencia.

 


[1] Corregimos en esta parte el texto francés que sin duda es erróneo, ya que remite a Pr 20,13 (N.d.T.).

[2] Ni murmurador, ni detractor (N.d.T.).