LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (20)

Temer el día del juicio,

sentir terror del infierno,

desear la vida eterna con la mayor avidez espiritual,

tener la muerte presente ante los ojos cada día.

Velar a toda hora sobre las acciones de su vida,

saber de cierto que, en todo lugar, Dios lo está mirando.

Estrellar inmediatamente contra Cristo los malos pensamientos que vienen a su corazón, y manifestarlos al anciano espiritual,

guardar su boca de conversación mala o perversa,

no amar hablar mucho,

no hablar palabras vanas o que mueven a risa,

no amar la risa excesiva o destemplada.

Oír con gusto las lecturas santas,

darse frecuentemente a la oración,

confesar diariamente a Dios en la oración, con lágrimas y gemidos, las culpas pasadas,

enmendarse en adelante de esas mismas faltas.

No ceder a los deseos de la carne,

odiar la propia voluntad,

obedecer en todo los preceptos del abad, aun cuando él - lo que no suceda - obre de otro modo, acordándose de aquel precepto del Señor: “Hagan lo que ellos dicen, pero no lo que ellos hacen” (Capítulo 4, versículos 44-61).

La estructura de este conjunto es clara. La consideración de los fines últimos incita a ejercer un control incesante sobre todo comportamiento: obras, pensamientos, palabras y risa. La palabra humana pecadora que debe ser eliminada, es reemplazada por la de Dios, que conduce a la oración, al arrepentimiento, a la conversión, igualmente se reemplazan los deseos carnales y la voluntad propia por la obediencia.

Los dos últimos puntos recuerdan el programa de renuncia a la voluntad propia y obediencia a Cristo definido al principio del Prólogo. Pero el conjunto de la sección es para poner en relación con un fragmento ulterior: el primer grado de la escala de humildad, que inculcará por igual la supervivencia de todo el obrar y de todo el ser bajo la mirada de Dios, en la perspectiva de los fines últimos. Advirtiendo contra los deseos de la carne y la voluntad propia, este gran texto del capítulo siete conducirá, como aquí, a dejar de lado todo deseo personal para entregarse sin reserva a la obediencia (segundo y tercer grado de humildad).

El comienzo de la sección delinea una marcha hacia atrás: del juicio y de sus consecuencias, lamentables o felices, se remonta a la muerte, y de esta a la vida presente. El pensamiento del más allá era muy querido para los antiguos monjes, como debería serlo para todo discípulo de Cristo. San Antonio y Casiano, por no citar más que dos, prescribían ya la espera cotidiana de la muerte como un remedio soberano contra toda pasión.

En cuanto al deseo de la vida eterna, su formulación es modificada por Benito de forma significativa. Según el Maestro se debe desear “la vida eterna y la Santa Jerusalén”. El texto benedictino reemplaza estas últimas palabras por “con la mayor avidez espiritual”. Que el Espíritu tenga su propia apetencia, análoga y opuesta a la de la carne, lo sabemos por san Pablo (Ga 5,17). Más atento que el Maestro a la faz interior de los comportamientos, Benito se interesa en esta moción del Espíritu que hay en nosotros. En el capítulo sobre la Cuaresma, hablará de nuevo de esto, pidiendo a los monjes que “esperen la Pascua -el pasaje de la muerte a la vida- con la alegría del deseo espiritual” (RB 49,7).

Otra máxima da lugar a una adición notable. Al consejo de estrellar los malos pensamientos contra la roca de Cristo, que viene del Maestro y recuerda el Prólogo (Prol. 28; cf. Sal 136 [137],9), Benito agrega: “Manifestarlos al anciano espiritual”. Volveremos a encontrar esta confesión de los pensamientos a los ancianos (RB 46,5) y veremos lo que significa el calificativo “espiritual”. Aquí nos contentamos con señalar esta nueva alusión al Espíritu Santo.

Como los precedentes, este parágrafo sobre los fines últimos y la vida presente se refiere implícitamente a las Escrituras en más de un punto. Sin hablar de nociones generales como el juicio, la gehena, la vida eterna, textos particulares fundan claramente las sentencias sobre la mirada universal de Dios (Pr 15,3; Sal 13 [14],2), la abundancia de palabras (Pr 10,18), los vanos propósitos (Mt 12,36).

Lo mismo sucede en los dos parágrafos siguientes, para la oración frecuente (1 Ts 5,17), la confesión de las faltas en la oración (Mt 6,12) y la resistencia a los deseos de la carne (Ga 5,16), estos van a la par con la voluntad propia (Si 18,30; cf. Gal 5,17). En cuanto a la cita formal del Evangelio que cierra todo el pasaje (Mt 23,3), es, con las palabras precedentes (“aún cuando él…”), una adición personal de Benito, donde se manifiesta su viva preocupación, ya constatada, por remediar las falencias del abad.

En esta sección, donde todo es importante, señalamos solamente para terminar, la secuencia lecturas-oración-compunción-corrección. La lectura se hacía entonces en voz alta, aún en privado. Escucharlas “con gusto”, con atención, era, por lo tanto, necesario para sacar algún provecho de ellas. Substituyendo a las vanas palabras de los hombres, la palabra divina llama a la respuesta en la oración. Todo el método de oración del monacato antiguo se basa en estos dos puntos, cuyo orden es irreversible: como siempre en la economía de la salvación, la iniciativa pertenece a Dios, antes de hablarle, es necesario escucharlo.

“Frecuente”, la oración es normalmente breve, para permanecer intensa, como Benito lo enseñará más adelante siguiendo a Casiano. En el Maestro, para orar hay que “prosternarse”, pero no es seguro que incumbere tenga para Benito este sentido concreto, el verbo puede significar simplemente que “se entrega” a la oración. En todo caso, la oración se acompaña ordinariamente de confesión, de lágrimas y gemidos. Innumerables testimonios muestran que tal era, en los antiguos, el contenido habitual de la oración. Brotando de una viva conciencia del pecado, la oración consistía, ante todo en invocar el perdón. Oración de humildad que recuerda la del publicano. Tocado hasta las lágrimas, el corazón se vuelve enteramente a Dios. A través de la oración y la compunción, la voz divina escuchada en la lectura alcanza su objetivo: la conversión.