LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (22)

Capítulo 5: La obediencia

Después de un programa con forma de piezas destacadas, tenemos aquí una amplia exposición sobre las tres virtudes particulares del cenobita: obediencia, taciturnidad y humildad. Este trío tiene su origen en Casiano, cuya descripción de la humildad comienza por las manifestaciones de obediencia y termina con las prácticas de silencio (Instituciones 4,39,2). Este retrato del monje humilde está en la base del gran capítulo de nuestras Reglas sobre la humildad, siendo representada por una escalera donde la obediencia se encuentra en el comienzo y la taciturnidad al final. Por lo tanto, las tres virtudes están íntimamente relacionadas: una de ellas incluye a las otras dos.

El capítulo del Maestro sobre la obediencia es cinco veces y medio más largo que el de Benito. Comienza con las modalidades exteriores de la obediencia, que puede ser más o menos pronta; luego opone, extensamente, el “camino ancho” de los sarabaítas, que no obedecen, al “camino estrecho” de la obediencia cenobítica, llegando esta hasta una imitación del martirio; finalmente se vuelve hacia el interior: el monje debe obedecer con alegría. Cada una de estas tres partes proporciona algo a Benito. En él como en su antecesor, encontramos el espectáculo exterior del monje obediente (vv. 1-9), luego una evocación del camino estrecho (vv. 10-13), y finalmente el aspecto interior de la obediencia (vv. 14-19).

El primer grado de humildad es una obediencia sin demora. Esta es la que conviene a aquellos que nada estiman tanto como a Cristo. Ya sea en razón del santo servicio que han profesado, o por el temor del infierno, o por la gloria de la vida eterna, en cuanto el superior les manda algo, sin admitir dilación alguna, lo realizan como si Dios se lo mandara. El Señor dice de éstos: “En cuanto me oyó, me obedeció”. Y dice también a los que enseñan: “El que a ustedes oye, a mí me oye”. Estos tales, dejan al momento sus cosas, abandonan la propia voluntad, desocupan sus manos y dejan sin terminar lo que estaban haciendo, y obedeciendo a pie juntillas, ponen por obra la voz del que manda. Y así, en un instante, con la celeridad que da el temor de Dios, se realizan como juntamente y con prontitud ambas cosas: el mandato del maestro y la ejecución del discípulo. Es que el amor los incita a avanzar hacia la vida eterna. Por eso toman el camino estrecho del que habla el Señor cuando dice: “Angosto es el camino que conduce a la vida”. Y así, no viven a su capricho ni obedecen a sus propios deseos y gustos, sino que andan bajo el juicio e imperio de otro, viven en los monasterios, y desean que los gobierne un abad. Sin duda estos tales practican aquella sentencia del Señor que dice: “No vine a hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió” (Capítulo 5, versículos 1-13).

La frase liminar será contradicha en el capítulo sobre la humildad, donde el primero de los doce grados de la escala no es la obediencia sino el temor de Dios. Aquí el Maestro, seguido por Benito, piensa sin duda en la descripción de Casiano, cuyo primero de los diez indicios de humildad consistía en obedecer.

Eco de una de las máximas del capítulo precedente, “nada estimar tanto como a Cristo” es, en el Maestro, lo propio del pequeño número de hermanos “perfectos”, que obedecen sin demora. Para la mayoría, el Maestro admitía una obediencia menos pronta y pedía al abad tenga a bien repetir sus órdenes. Suprimiendo esta distinción, Benito propone a todos el ideal de una obediencia inmediata.

Los tres motivos indicados luego, unen a la consideración de los fines últimos la del servicio del monje, que recuerda la definición del monasterio como escuela al final del Prólogo. En cuanto a las citas bíblicas, la primera (Sal 17 [18],45) dice de forma velada lo que la segunda (Lc 10,16) afirma abiertamente: es a Cristo en persona a quien se obedece. La misma relación de obediencia a Cristo aparece en la larga frase siguiente, donde los monjes obedientes son descriptos con rasgos que provienen del Evangelio: al llamado de Jesús, los primeros discípulos “abandonan inmediatamente” sus redes y lo “siguen” (Mt 4,18-22). Ese modelo evangélico ya se encuentra en los cenobitas egipcios, de quienes Casiano había celebrado la obediencia-inmediata (Instituciones 4,12) y la fe que percibe en la voz del superior la misma voz de Dios (Instituciones 4,10. 24).

Entre este primer parágrafo y el siguiente, Benito omite muchas páginas del Maestro. De la larga disertación sobre los “dos caminos”, retiene solamente algunas líneas bien escogidas por su importancia. Dos textos escriturísticos los ilustran: uno compara la obediencia con el camino estrecho del Evangelio (Mt 7,14), el otro pone como ejemplo para los monjes la obediencia de Jesús mismo (Jn 6,38).

Por lo tanto, Cristo dice alternativamente: “Quien los escucha a ustedes, me escucha a mí”, y “Yo no he venido para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me ha enviado”. Según la primera de estas citas, Él es el que manda, según la segunda es el que obedece. La obediencia monástica extrae de esta doble raíz su incomparable valor. Ella es a la vez obediencia a Cristo y obediencia a la imagen de Cristo. Obedeciéndolo a Él, lo imitamos. Hacemos nuestra su voluntad y participamos en la sumisión frente al Padre. La obediencia está en el centro de la redención.