LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (23)

Pero esta misma obediencia será entonces agradable a Dios y dulce a los hombres, si la orden se ejecuta sin vacilación, sin tardanza, sin tibieza, sin murmuración o sin negarse a obedecer, porque la obediencia que se rinde a los mayores, a Dios se rinde. Él efectivamente dijo: “El que a ustedes oye, a mí me oye”. Y los discípulos deben prestarla de buen grado porque “Dios ama al que da con alegría”. Pero si el discípulo obedece con disgusto y murmura, no solamente con la boca sino también con el corazón, aunque cumpla lo mandado, su obediencia no será ya agradable a Dios que ve el corazón del que murmura. Obrando así no consigue gracia alguna, sino que incurre en la pena de los murmuradores, si no satisface y se enmienda (Capítulo 5, versículos 14-19).

Este último fragmento responde al primero: del exterior se pasa al interior; la obediencia no debe ser solamente inmediata, sino también alegre. Así será “agradable a Dios y dulce a los hombres”. Este último término apunta ante todo a los superiores y la continuación de la frase lo pone de nuevo en paralelo con Dios, pero puede tratarse también de los que obedecen.

Para exigir esa cualidad interior de la obediencia, se argumenta que ella se remite a Dios, que ve los corazones (cf. Sal 7,10). Como en el primer parágrafo la relación con Dios está fundada en la palabra de Cristo (Lc 10,16). Además, según san Pablo, “Dios ama a quien da con alegría” (2 Co 9,7), y ya el Eclesiástico recomendaba darle “de buena gana”, con un rostro “feliz” (Si 35,10-11).

En cuanto a la murmuración, la “pena” con la que Benito amenaza es sin duda la misma de Israel en el desierto (1 Co 10,10), pero el final de la frase (“corregirse dando satisfacción”) hace pensar en el código penal de la Regla y en las sanciones que inflige. Como veremos, lo que más detesta Benito, es la murmuración. En el resto, haciendo desaparecer de este parágrafo algunas repeticiones del Maestro, casi no lo abrevia, a diferencia de los dos precedentes. Este tratamiento de favor muestra, una vez más, la importancia que él da a la cualidad interior de los actos.