LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (24)

Capítulo 6: La taciturnidad (El silencio)

Hagamos lo que dice el Profeta: “Yo dije: guardaré mis caminos para no pecar con mi lengua; puse un freno a mi boca, enmudecí, me humillé y me abstuve de hablar aun cosas buenas”. El Profeta nos muestra aquí que si a veces se deben omitir hasta conversaciones buenas por amor al silencio, con cuanta mayor razón se deben evitar las palabras malas por la pena del pecado.

Por tanto, dada la importancia del silencio, rara vez se dé permiso a los discípulos perfectos para hablar aun de cosas buenas, santas y edificantes, porque está escrito: “Si hablas mucho no evitarás el pecado”, y en otra parte: “La muerte y la vida están en poder de la lengua”. Pues hablar y enseñar le corresponde al maestro, pero callar y escuchar le toca al discípulo.

Por eso, cuando haya que pedir algo al superior, pídase con toda humildad y respetuosa sumisión. En cuanto a las bromas, las palabras ociosas y todo lo que haga reír, lo condenamos a una eterna clausura en todo lugar, y no permitimos que el discípulo abra su boca para tales expresiones (Capítulo 6).

Esta virtud es tratada por Benito más sumariamente que la precedente. De los dos largos capítulos de su antecesor sobre el silencio, Benito sólo reproduce el último parágrafo del primero (vv. 1-6) y la última frase del segundo (v. 8), y el conjunto del segundo es resumido con unas pocas palabras (v. 7). En total, el texto benedictino representa menos de la décima parte del texto del Maestro.

Para comenzar, Benito suprime una exposición general de antropología y ascesis, donde el control de las miradas y los pensamientos precede al de las palabras. Guardando solo esta última, comienza de forma abrupta con una cita sálmica (Sal 38 [39],2-3), que será seguida por dos del libro de los Proverbios (Pr 10,19; 18 21). La conclusión del primer capítulo del Maestro termina el primer parágrafo de Benito (vv. 1-6).

Nuestros autores distinguen, por lo tanto, las buenas palabras, de las cuales el Salmista decía abstenerse, y las malas. Si bien la ordenación del texto tanto en Benito como en el Maestro dejan que desear, parece que los motivos del silencio son, para ellos, de dos tipos. Ante todo es necesario evitar el pecado, y por esto hablar poco. Luego hay que comportarse como un discípulo, y para ello se debe callar y escuchar. La primera motivación es general, la segunda propia de los discípulos, o de los discípulos “perfectos”. Se reconoce en este último término la distinción que el Maestro hacía ya en el capítulo precedente: en materia de silencio y obediencia, perfectos o imperfectos son sometidos a reglas más o menos estrictas.

Así, la palabra está, en principio, reservada a quien enseña. El monasterio, se les recuerda, es una escuela: allí los alumnos escuchan al maestro. La taciturnidad es entonces concebida y motivada de la misma forma que la obediencia. La necesidad de las dos virtudes tiene una relación directa con la estructura misma de la sociedad monástica, donde el Señor invisible se hace representar por el superior. A través de éste se trata, en última instancia, de escuchar a Dios.

“Humildad y respetuosa sumisión”. Estas palabras, con las que Benito resume casi todo el segundo capítulo del Maestro, toman en él una significación nueva. En la otra Regla, la humildad consistía en inclinar la cabeza frente al abad al dirigirse a él, y por respeto callarse en su presencia. Una casuística complicada modulaba estas exigencias, según se tratase de un discípulo perfecto o imperfecto, hablara de cosas espirituales o seculares o se encontrase en presencia del abad o lejos de él. Benito parece pensar en otra cosa. Del plano de los gestos y observancias del Maestro, Benito pasa al de las relaciones interpersonales. Aquí, como en el capítulo del consejo (RB 3,4), lo que le preocupa es la entera sumisión, humilde y profunda, con la cual el monje debe hablar a su superior. No se trata de observar un ritual, sino de guardar la paz de las almas y el orden de la comunidad.

Evitar el pecado, practicar la humildad: estas dos razones no agotan, sin duda, la significación del silencio. Otras riquezas están contenidas en él, como la posibilidad de dialogar con Dios. Algunos de estos elementos propiamente religiosos aparecerán más adelante en la Regla. Contentémonos aquí con subrayar que la “taciturnidad” para san Benito como para el Maestro, no es sólo el espíritu de silencio, sino la práctica efectiva de éste. Taciturnitas equivale a silentium (RB 42,9).

Tomada del Maestro casi tal cual, la última frase condena absolutamente las palabras vanas (Mt 12,36), y todo lo que, palabras o gestos, mueve a risa (cf. Lc 6,25). Esta doble prohibición, que nosotros hemos encontrado ya en un capítulo precedente (RB 4,53), puede parecer severa. A los ojos de los antiguos monjes, sin embargo, ella simplemente derivaba del Evangelio. Este es uno de los puntos sobre el cual nuestro pensamiento de cristianos y de monjes modernos encuentra más dificultad para concordar con el de nuestros Padres, pero, así y todo es el de más provecho.