LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (26)

Así, pues, el primer grado de humildad consiste en que uno tenga siempre delante de los ojos el temor de Dios, y nunca lo olvide. Recuerde, pues, continuamente todo lo que Dios ha mandado, y medite sin cesar en su alma cómo el infierno abrasa, a causa de sus pecados, a aquellos que desprecian a Dios, y cómo la vida eterna está preparada para los que temen a Dios. Guárdese a toda hora de pecados y vicios, esto es, los de los pensamientos, de la lengua, de las manos, de los pies y de la voluntad propia, y apresúrese a cortar los deseos de la carne. Piense el hombre que Dios lo mira siempre desde el cielo, y que en todo lugar, la mirada de la divinidad ve sus obras, y que a toda hora los ángeles se las anuncian (Capítulo 7, versículos 10-13).

Así como el capítulo 7 es de un longitud desmesurada, así también el primer grado tiene una longitud distinta de los siguientes. Con el duodécimo, forma un cuadro de la humildad para con Dios que es apenas menos amplio y menos detallado que el de la humildad hacia los hombres contenido en los diez grados intermedios.

Los toques de este gran cuadro proceden casi todos de un pasaje de los “instrumentos de las buenas obras” (RB 4,44-60): la espera de los fines últimos, vigilancia de la propia conducta, convicción de estar siempre bajo la mirada de Dios, control de los pensamientos y de las palabras, renuncia a los deseos de la carne y a la voluntad propia, todo esto se encontraba como en sentencias aisladas. Pero el término “temor de Dios”, bajo el cual estos elementos están reunidos aquí, es un eco de Casiano. Más precisamente, éste hablaba del “temor del Señor” (Instituciones 4,39,1), del cual la Escritura considera el comienzo de la sabiduría (Sal 110 [111],10; Pr 9,10). Si nuestros autores reemplazan “el Señor” por “Dios”, es porque ellos piensan en otra expresión sálmica: “Tener el temor de Dios frente a los ojos” (Sal 35 [36],2).

Según Casiano, este temor inicial, penetrando el alma, engendra la renuncia exterior a toda posesión, y esto lleva a la renuncia interior de la humildad. Estos dos enfoques, de los cuales el primero corresponde a la entrada al monasterio y el segundo a la vida monástica misma, imitan los abajamientos sucesivos de Cristo: el despojamiento de la Encarnación y la humillación de la cruz (Flp 2,6-8). Omitiendo la etapa de la renuncia al mundo, que describirán al final de sus Reglas, el Maestro y Benito relacionan el temor divino con la humildad, del cual esta última se convierte en el elemento base. En lugar de conducir del mundo al monasterio, ella aparece como el sentimiento dominante y constantemente mantenido que impregna toda la vida del monje.

En la conclusión del capítulo, como lo veremos, el temor será eliminado por el amor, cima de la ascensión de los doce grados. Cuando, con el Apóstol Juan, se opone el temor a la caridad, se piensa en su forma menos noble: el miedo al castigo, que empuja al esclavo a obedecer a su pesar. Aquí, el temor de Dios (y no del castigo) supera largamente este sentimiento inferior. Como en todo el Antiguo Testamento y casi todo el Nuevo, se trata de la actitud religiosa por excelencia, hecha de un respeto inefable por el Señor, de quien la Palabra es escuchada con veneración y la ley observada con amor. La calidad superior de este sentimiento es manifestada por el término a donde conduce: se nos dice que para aquellos que temen a Dios, está preparada la vida eterna.

Aquí abajo, quien teme a Dios “se guarda a cada instante de los pecados y de los vicios”. Hay que recordar que la lucha contra los vicios de la carne y de los pensamientos es la gran tarea del monje (RB 1,5), y que la perspectiva de corregirse de sus vicios es la gran responsabilidad dada al abad (RB 2,40). Esta prevención contra toda especie de pecado es evocada por una lista de seis partes del compuesto humano donde ella debe ejercerse: pensamientos, lengua, manos, pies, voluntad propia y deseos de la carne. En el Maestro, estos seis sectores son luego analizados a la luz de la Escritura. Siempre preocupado por abreviar, Benito retendrá, en sus consideraciones escriturísticas, solamente la primera y las dos últimas.

Al mismo tiempo que la lucha contra estos diversos pecados, y a fin de hacerla eficaz, nuestros autores inculcan la convicción de que Dios, presente en todas partes, nunca deja de vernos. Estos dos temas juntos son característicos de la Regla de san Basilio, en quien el Maestro parece inspirarse para el primer grado el duodécimo. Sin embargo, Basilio es más reservado que nuestros autores, sobre el rol del temor en la búsqueda de Dios. Al menos en apariencia, porque la palabra “temor”, como hemos visto, es ambigua.