LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (27)

Esto es lo que nos muestra el Profeta cuando declara que Dios está siempre presente a nuestros pensamientos diciendo: “Dios escudriña los corazones y los riñones”. Y también: “El Señor conoce los pensamientos de los hombres”, y dice de nuevo: “Conociste de lejos mis pensamientos”. Y: “El pensamiento del hombre te será manifiesto”. Y para que el hermano virtuoso esté en guardia contra sus pensamientos perversos, diga siempre en su corazón: “Solamente seré puro en tu presencia si me mantuviere alerta contra mi iniquidad”.

En cuanto a la voluntad propia, la Escritura nos prohíbe hacerla cuando dice: “Apártate de tus voluntades”. Además pedimos a Dios en la Oración que se haga en nosotros su voluntad. Justamente, pues, se nos enseña a no hacer nuestra voluntad cuidándonos de lo que la Escritura nos advierte: “Hay caminos que parecen rectos a los hombres, pero su término se hunde en lo profundo del infierno”, y temiendo también, lo que se dice de los negligentes: “Se han corrompido y se han hecho abominables en sus deseos”. En cuanto a los deseos de la carne, creamos que Dios está siempre presente, pues el Profeta dice al Señor: “Ante ti están todos mis deseos”. Debemos, pues, cuidarnos del mal deseo, porque la muerte está apostada a la entrada del deleite. Por eso la Escritura nos da este precepto: “No vayas en pos de tus concupiscencias” (Capítulo siete, versículos 14-25).

Reducido a la mitad por Benito, este florilegio de la Sagrada Escritura tiene un doble objetivo: demostrar a la vez que Dios está presente en todo el obrar humano y que el hombre debe guardarse de todo pecado. La segunda tesis deriva de la primera, pero el Maestro no se ha esforzado menos por encontrar pruebas distintas. No ha tenido pleno éxito en realizar este doble programa. Si su primer y último parágrafo, sobre los pensamientos y sobre los deseos de la carne, presentan textos bíblicos que testimonian tanto la presencia de Dios como la necesidad de eliminar el pecado, sus secciones intermedias ilustran solo uno de los temas: el de la presencia divina aparece solamente en los parágrafos sobre la lengua, las manos y los pies (omitidos por Benito), y el del cuidado contra el pecado figura solo a propósito de la voluntad propia.

La parte concerniente a los pensamientos está enteramente elaborada con citas sálmicas ordenadas en orden ascendente (Sal 7,10; 93 [94],11), luego descendente (Sal 75 [76],11; 17 [18],24). El de la voluntad propia comienza con una cita del Eclesiástico (Si 18,30b), cuya otra mitad encontraremos en el parágrafo siguiente; luego después de la Oración dominical (Mt 6,10), la Regla cita otro libro sapiencial (Pr 16,25; cf. Mt 18,6), y para concluir, el Salterio (Sal 13 [14],1). Con respecto a los deseos de la carne dos citas del Antiguo Testamento (Sal 37 [38],10 y Si 18,30a) enmarcan una cita anónima e implícita: “La muerte está apostada a la entrada del deleite”. Esta procede de una de las Pasiones de mártires romanos, a las cuales el Maestro es tan aficionado, la de san Sebastián (Passio Sebastiani, 14).

Al final del desarrollo sobre los pensamientos, hay un detalle que merece ser resaltado. El hermano virtuoso (literalmente: “útil”, bueno) debe “siempre decir en su corazón” una determinada cita sálmica. Sin duda, este precepto no debe ser entendido estrictamente, como una invitación a la repetición incesante de una fórmula de oración. El Maestro y Benito, no piensan aquí en la experiencia propugnada por Casiano (repetir: “Dios mío ven en mi auxilio…”), por el monacato oriental (oración de Jesús) y por el hinduismo (mantra), sino que su cita sálmica no se dirige a Dios sino a aquel que la dice. Al proponer otras palabras para repetir sin cesar (RB 7,65; cf. RB 7,50. 52-54), nuestros autores muestran que no piensan en una verdadera repetición perpetua, prolongada invariablemente a lo largo de la existencia. Sin embargo, tales recomendaciones ponen en camino los métodos de “meditación” que hemos mencionado. Cualquiera que sea la fórmula empleada y la modalidad de su empleo, la repetición de una palabra sagrada es un procedimiento que muchas grandes tradiciones monásticas, independientemente unas de otras, han probado, y que ofrece todavía hoy una ayuda poderosa a los buscadores de Dios.