LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (3)

Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente. Así volverás por el trabajo de la obediencia, a Aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia. Mi palabra se dirige ahora a ti, quienquiera que seas, que renuncias a tus propias voluntades y tomas las preclaras y fortísimas armas de la obediencia, para militar por Cristo Señor, verdadero Rey.

Ante todo pídele con una oración muy constante que lleve a su término toda obra buena que comiences, para que Aquel que se dignó contarnos en el número de sus hijos, no tenga nunca que entristecerse por nuestras malas acciones. En todo tiempo, pues, debemos obedecerle con los bienes suyos que Él depositó en nosotros, de tal modo que nunca, como padre airado, desherede a sus hijos, ni como señor temible, irritado por nuestras maldades, entregue a la pena eterna, como a pésimos siervos, a los que no quisieron seguirle a la gloria (Prólogo, versículos 1-7).

Antes de ponerse a copiar de nuevo el comentario de los Salmos del Maestro, como lo hará en los tres últimos versículos, Benito resume en algunas líneas, los fragmentos anteriores de su predecesor. “Escuchar” la Regla y “ponerla en práctica”, a fin de caminar hacia Dios, tal era ya el mensaje inicial del Maestro en su Prólogo. “Orar incesantemente” para obtener la gracia divina. El Maestro recomendaba también hacer esto en su comentario al Padre Nuestro.

Pero a estos recuerdos de su fuente principal, Benito une las reminiscencias más precisas todavía, de una Admonición a un hijo espiritual a tribuida a san Basilio. Recurso característico, que se encontrará muchas veces a lo largo de la Regla. El espíritu de Benito está lleno de lo que él ha leído, no solo en la Sagrada Escritura, sino también en los Padres de la vida monástica. Gracias a estas lecturas, pudo completar y corregir al Maestro. Como lo vemos aquí, el primer autor que agrega, es el gran Basilio, el “santo Padre” de quien mencionará la Regla con veneración en su epílogo.

Sin embargo, más que esta arqueología del texto, importa el llamado que lanza. Benito, como Basilio y como los escribas inspirados de los Proverbios, se siente tanto “padre” como “maestro” (magister). Estas dos cualidades, las comparte con Dios, que habla a través de él. Al final del pasaje, se encontrará a Dios, “padre” y “maestro” (dominus), pero esta vez la bondad dará lugar a la cólera. Así, la entrada en la vida monástica se sitúa entre un llamado amoroso y un juicio temible.

No solo en sus comienzos, sino en toda su duración, esta vida consiste en escuchar la voz de Dios, es decir, en obedecerla. Obediencia y desobediencia, obediencia y voluntad propia, obedecer u obrar como mal servidor, estas tres duplas muestran la gran alternativa frente a la cual el cristiano y el monje se encuentran siempre emplazados. La desobediencia es un hecho consumado en Adán, la obediencia es un hecho consumado en Cristo. Este contraste entre los dos líderes de la humanidad, tal como san Pablo lo ha expuesto (Rm 5,12-21), nosotros hemos de vivirlo, pasando de una vez por todas, y día a día, de la desobediencia del primero a la obediencia del segundo.

Tarea inmensa para nuestras fuerzas humanas, si la oración no nos permitiera recibir la ayuda de Dios para cumplirla. Cristo no es sólo el rey que manda y el guía que debemos tratar de seguir. En él, tenemos la gracia del bautismo, que nos hace hijos y herederos, destinados a compartir su gloria. Este don y esta promesa de vida exigen de nosotros una acción que nos supera; pero fundan, al mismo tiempo, la posibilidad de obtenerlo todo rezando.