LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (32)

El séptimo grado de humildad consiste en que uno no solo diga con la lengua que es el inferior y el más vil de todos, sino que también lo crea con el más profundo sentimiento del corazón, humillándose y diciendo con el Profeta: “Soy un gusano y no un hombre, oprobio de los hombres y desecho de la plebe. He sido ensalzado y luego humillado y confundido”. Y también: “Es bueno para mí que me hayas humillado, para que aprenda tus mandamientos” (Capítulo 7, versículos 51-54).

Inseparable del precedente, este grado reproduce el octavo indicio de Casiano. De los retoques del Maestro y de Benito, el más importante consiste en cambiar la oposición de los dos comportamientos (no solo... sino que también…) en una gradación (diga… crea…). Conforme a este cambio las declaraciones de inferioridad son admisibles e incluso útiles, aunque insuficientes. Para Casiano, al contrario, eran superfluas, la única cosa útil era creerse el último de todos. La hermosa historia del Abad Serapión (Conferencias 18,11) desenmascara el engaño tan frecuente en el lenguaje humilde. En lugar de palabras, con las cuales uno se engaña a sí mismo tanto como a los otros, es necesario cultivar los sentimientos verdaderos. No una autodepreciación paralizante o una complacencia masoquista en la abyección, sino el reconocimiento honesto y tranquilo de las reales deficiencias de las que se es consciente en el momento presente, así como de todas las que pueden revelarse en otras circunstancias.

La convicción que sugiere este grado es tan extraña y exagerada que a veces se ha intentado justificarla con una iluminación mística. Sin excluir una interpretación de este género, que ilustra más de una vida de santos, se debe notar, ante todo, que Casiano apunta a un cierto verbalismo: reconocerse, pero solo con los labios, el último de todos. En reacción contra estos propósitos superficiales propone interiorizarlos. Si habla de creerse por debajo de todos, es en referencia a las fórmulas verbales que reprueba: en lugar de decirlo, hay que tratar de pensarlo. Al monje no se le pide pronunciar un juicio categórico sobre su lugar en el género humano -sobre el valor de los hombres, solamente Dios es juez-, sino transferir su esfuerzo de humildad de la boca al corazón.

Que este grado sea de “humildad” a título especial, nuestros autores lo dan entender en la fórmula que introduce las citas: “Humillándose y diciendo…”. Y dos veces en las citas vuelve el mismo verbo “humillarse”. En cuanto al tenor de los textos citados, es beneficioso pensar que el primero (Sal 21 [22],7) se aplica naturalmente a Cristo en la cruz, aún cuando nuestros autores no lo resalten. El segundo (Sal 87 [88],16), es un lamento del Salmista sobre sí mismo. Al contrario, el tercero (Sal 118 [119],71. 73) se dirige a Dios. Como el versículo citado en el grado precedente, expresa admirablemente el amor sin par de aquel que no tiene otro bien que el deseo de Dios.