LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (33)

El octavo grado de humildad consiste en que el monje no haga nada sino lo que la Regla del monasterio o el ejemplo de los mayores le indica que debe hacer (Capítulo 7, versículo 55).

A diferencia de los otros autores, este grado no se apoya en ningún texto de la Escritura, omitiendo Benito los dos que citaba el Maestro.

Reproduciendo casi exactamente el sexto indicio de Casiano, nuestros autores lo modifican adjuntándole una palabra: monasterii. En Casiano, la “regla común” a la cual el monje humilde se conforma, era el uso universal del monacato en Egipto, considerado originario del tiempo de los Apóstoles. Al especificar que se trata de la regla común del monasterio, el Maestro y Benito particularizan esta norma general. Correlativamente aquellos que dan el ejemplo a seguir, ya no son los “ancianos” de la tradición monástica, sino según otro sentido del mismo término (maiores), los “superiores” del monasterio, como lo muestra claramente la ilustración escriturística del Maestro.

Si nuestros autores precisan así la doble norma a seguir, estrechándola en el marco de su propia comunidad, el espíritu de la práctica permanece sin cambio. Se trata de no querer llamar la atención sobre uno mismo (lit.: borrarse), conformándose al uso ambiente, haciendo suya la observancia común, entrando sin reserva en una tradición.

El noveno grado de humildad consiste en que el monje no permita a su lengua que hable. Guarde, pues, silencio y no hable hasta ser preguntado, porque la Escritura enseña que “en el mucho hablar no se evita el pecado”. Y que “el hombre que mucho habla no anda rectamente en la tierra” (Capítulo 7, versículos 56-58).

Después de los grados de obediencia (2-3), de paciencia (4) y de abajamiento (5-8), he aquí que sigen tres que conciernen a la palabra y la risa. Corresponden a los dos últimos indicios de Casiano, de los cuales el único indicio concerniente a la palabra fue dividido por nuestras Reglas en dos grados (9 y 11) enmarcando al de la risa (10).

Casiano recomendaba solamente “retener la lengua”. El Maestro, seguido por Benito, transforma “retener” (cohibeat) en “prohibir” (prohibeat). La simple moderación preconizada por las Instituciones se convierte, por lo tanto, en un verdadero mutismo, cuyo límite es sin embargo trazado al final de la frase: se guarda silencio hasta ser interrogado. El Maestro se refiere así a la casuística complicada que ha expuesto en el segundo de sus capítulos sobre la taciturnidad y que desarrollará al final de su Regla. Olvidando esta reglamentación sutil, Benito guarda solamente el principio enunciado aquí. ¿Haciendo esto, piensa en la disciplina precisa apuntada por el Maestro: en presencia de sus superiores: abad o decano, el monje debe esperar que ellos lo interroguen? Puede ser que él piense, más bien en una actitud general, como nosotros lo entendemos, válida para toda circunstancia y frente a cualquiera.

La primera de las citas escriturísticas (Pr 10,19) ya ha sido invocada en el tratado sobre el silencio (RB 6,4). La segunda (Sal 139 [140],12) es nueva. Las dos recomiendan hablar poco, menos para adquirir la humildad que para evitar el pecado o los pasos en falso. Se reconoce aquí uno de los temas del capítulo sobre la taciturnidad (RB 6). Cualesquiera que sean los motivos, el silencio es, desde los orígenes, un rasgo característico de los monjes, tanto cenobitas como ermitaños. Para dejar resonar en ellos la palabra de Dios y para responder con una oración constante, ellos renuncian al intercambio de palabras humanas.