LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (35)

El duodécimo grado de humildad consiste en que el monje no sólo tenga humildad en su corazón, sino que la demuestre siempre a cuantos lo vean aun con su propio cuerpo, es decir, que en la Obra de Dios, en el oratorio, en el monasterio, en el huerto, en el camino, en el campo, o en cualquier lugar, ya esté sentado o andando o parado, esté siempre con la cabeza inclinada y la mirada fija en tierra, y creyéndose en todo momento reo por sus pecados, se vea ya en el tremendo juicio. Y diga siempre en su corazón lo que decía aquel publicano del Evangelio con los ojos fijos en la tierra: “Señor, no soy digno yo, pecador, de levantar mis ojos al cielo”. Y también con el Profeta: “He sido profundamente encorvado y humillado” (Capítulo 7, versículos 62-66).

Este último grado no proviene de los “indicios de humildad” de Casiano. Como el primero, al cual se parece, es una creación del Maestro. En estos dos grados extremos, el monje humilde está vuelto hacia Dios. Sin duda, se le pide “demostrar su humildad a quienes lo ven”, pero luego no es solo cuestión de gestos y sentimientos relativos al Señor. Es pensando en Dios y solo en Dios, que el monje asume la actitud humilde que asombra la mirada de los demás.

El corazón y el cuerpo: este par figuraba ya al comienzo de la Regla (RB Prol 40). Recuerda a los que hemos encontrado al comienzo del capítulo: el corazón y los ojos, el alma y el cuerpo (RB 7,3 y 9). Pasando del primer término al segundo el Maestro piensa sin duda en el séptimo grado, donde ha hecho el movimiento inverso, de la lengua al corazón. Pero la especie de exteriorización que él prescribe no debe crear ilusión: es en el interior que sucede lo esencial, tanto aquí como en otros lugares. Como prueba, la cita del final que el monje debe “decir siempre en su corazón”.

Hacer ver a todos sus movimientos y el mismo rostro que se tiene en presencia de Dios: san Basilio ve en esto una bella manera de edificar a los hermanos, cuando se está demasiado anciano y fatigado para hacer otra cosa (Regla 86,2). Lo mismo pide el Maestro al monje en plena actividad, la evocación de esto va del centro del monasterio -el oficio divino y el oratorio- a la periferia. Sin embargo, Basilio no indica la actitud precisa descrita por nuestras Reglas: cabeza inclinada, mirada baja. En este punto el Maestro no es tributario más que de sus propios principios, que él afirma muchas veces en la Regla con diversas motivaciones. Aquí la inclinación tiene por motivo la conciencia del pecado y la espera del juicio, considerado inminente.

Este sentimiento de estar ya en presencia del juicio recuerda la conclusión del primer grado. Allí, el Maestro y Benito hablaban del juicio como un acontecimiento “futuro”. Aquí, el futuro se convierte en presente, apareciendo la verdad de fe como un hecho cumplido.

Esta anticipación tiene como consecuencia una nueva relación con el pecado. En el primer grado se trataba de cuidarse de él. En el duodécimo, el monje ya no considera las faltas que podría cometer, sino las que ha efectivamente cometido. Esta vez, la mirada va de adelante hacia atrás, como si la vida virtualmente hubiese terminado y no quedara más que hacer un balance.

La primera de las dos citas finales es una invocación que se debe “decir siempre”, como se había dicho ya a propósito de otro texto en el primer grado (RB 7,18). Puesta en la boca del publicano del Evangelio (Lc 18,13), esta frase no es la que Lucas le hace decir. A la invocación “Sé propicio al pecador que yo soy”, empleada por los Orientales en su famosa Oración de Jesús, el Maestro y Benito substituyen una frase que comienza con el “Señor, no soy digno” del centurión (Mt 8,8), pero que recuerda sobre todo las palabras de Manasés: “No soy digno de mirar hacia las alturas del cielo, pues son numerosas mis iniquidades” (Oración de Manasés, 10). La Oración de Manasés, que lo hace hablar así, es un pequeño escrito apócrifo del cual el Maestro reproduce muchos versículos (RM 14,34-40). Aquí la confesión del rey penitente (cf. 2 Cro 33,12. 18-19) se amalgama con la descripción del publicano de Lucas.

Inmediatamente después, la Oración hacía decir a Manasés: “Estoy inclinado por el peso de las cadenas”. Estas palabras del rey cautivo, probablemente han sugerido la segunda cita de nuestras Reglas (Sal 37 [38],9), que comienza igual.

Puede parecer extraño terminar con dos confesiones de pecados, una ascensión que ha comenzado con la resolución de evitar toda especie de falta. Pero Gregorio Magno y algún otro santo observan que la purificación se acompaña de la conciencia cada vez más aguda de ser impuro. Y Cristo mismo ha justificado al publicano, modelo de los que se humillan para ser elevados.