LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (36)

Cuando el monje haya subido estos grados de humildad, llegará pronto a aquel amor de Dios que “siendo perfecto excluye todo temor”, en virtud del cual lo que antes observaba no sin temor, empezará a cumplirlo como naturalmente, como por costumbre, y no ya por temor del infierno sino por amor a Cristo, por el mismo hábito bueno y por el atractivo de las virtudes. Todo lo cual el Señor se dignará manifestar por el Espíritu Santo en su obrero, cuando ya esté limpio de vicios y pecados (Capítulo 7, versículos 67-70).

Después del grado final, que les es propio, el Maestro y Benito, vuelven a Casiano para la conclusión. Es de él que toman casi por entero su primera frase, mientras que la segunda es original.

Habiendo comenzado en el temor, la ascensión espiritual se termina con el amor que expulsa al temor (1 Jn 4,18). Evocado de forma sumaria en el texto de las Instituciones, en el cual se inspiran nuestras Reglas, este pasaje del temor servil al amor filial es ampliamente analizado en la Conferencia 11. Corresponde a un esquema ascensional trazado por Clemente de Alejandría y reproducido por otros autores posteriores, entre ellos san Basilio y Evagrio Póntico, maestro de Casiano.

Esta caridad perfecta no elimina solamente el temor del castigo, como decía ya la Carta de Juan. Según Casiano, seguido por nuestras Reglas, la caridad hace desaparecer toda pena: el hombre vuelve al estado en el que ha sido creado, haciendo el bien sin esfuerzo, en virtud de su naturaleza recobrada. En esta recuperación de la santidad original, la fuerza del hábito juega su rol, como lo notan el Maestro y Benito. Este último se aparta de sus dos antecesores al precisar que el amor tiene por objeto a “Cristo”, no el “Bien”, como decían abstractamente Casiano y el Maestro.

Este panorama de efectos maravillosos de la caridad es menos irreal de lo que parece. Sin duda no representa más que un límite ideal hacia el cual siempre se ha de tender aquí abajo. Pero si la resistencia al bien no desaparece nunca por entero antes de la muerte, es un hecho de experiencia que el amor y su cortejo de virtudes procuran la felicidad. Benito lo había ya observado al final del Prólogo y lo repite siguiendo al Maestro y a Casiano.

Agregada por nuestros autores al texto de las Instituciones, la última frase es de las más importantes. Aporta, en efecto, un toque capital, que faltaba no solamente en Casiano, sino también en todo el largo capítulo de nuestras Reglas: el reconocimiento de la obra de la gracia. Si esta no ha sido todavía mencionada, incluso en el amplio desarrollo del primer grado, es sin duda porque se quería privilegiar la consigna fundamental de vigilancia sin descanso y de incesante esfuerzo contra el pecado, sin dejar el monje dejarse estar, confiando en un trabajo de la gracia que no se haría sin él. Pero ahora una mirada hacia atrás revela esta obra del Espíritu. ¿Cuándo ha comenzado? Nuestro texto no lo dice. Nada impide pensar, como la fe nos lo asegura, que el Señor ha obrado bien antes de esta fase final de la ascensión, o desde el comienzo de esta.

Los “vicios y pecados” mencionados en el primer grado (RB 7,12) son ahora eliminados por la acción purificadora del Espíritu. En efecto, es este quien opera la purificación, si se reporta al texto del Maestro (el de Benito, por la omisión de la preposición ab, es un poco menos claro). Y por el Espíritu Santo, el Señor también es la fuente de la caridad y de sus efectos. El rol purificador del Espíritu proviene del Antiguo Testamento (Sal 50 [51],11-13; Ez 36,25-27) y del Nuevo (1 Co 6,11). Sus relaciones con el amor derramado en el corazón de los cristianos, aparecen igualmente en san Pablo (Rm 5,5; 2 Co 6,6).

Es sobre esta frase muy conocida que Benito acaba su capítulo y toda la parte espiritual de la Regla. El Maestro continúa describiendo largamente la felicidad del paraíso, porque la escala de la humildad está dirigida hacia el cielo y es ese final escatológico que ella debe alcanzar. Si Benito se detiene en la cima terrestre de la caridad, ante todo es porque él se preocupa, aquí como en otros textos de su Regla, por abreviar. Puede ser también, que no le haya gustado la descripción tan concreta del más allá que encontró en el Maestro. Ya al final del capítulo 4, había reducido a algunas palabras, extraídas de san Pablo, un gran cuadro muy colorido del mundo futuro. Más radical, la presente síntesis hace desaparecer completamente este horizonte.

Por lo tanto, Benito no conduce a su lector hasta la “exaltación celestial” anunciada en el preámbulo del capítulo. El desarrollo de la caridad aquí abajo, es el único objetivo que propone en su conclusión. Haciendo esto, vuelve a la presentación de Casiano, quien se detenía también en la caridad perfecta sin ocuparse del más allá. Al menos en el pasaje de las Instituciones que sirve de fuente a nuestras Reglas, porque la primera Conferencia trata admirablemente de los dos fines, terrestre y escatológico, de la vida cristiana: la pureza de corazón y el reino de los cielos.

La tendencia de Casiano era insistir sobre el objetivo inmediato, tan frecuentemente desconocido, por el cual se debe pasar para llegar al fin último. El mismo acento se encuentra en Benito. Al final del Prólogo, introduce la esperanza de una “inefable dulzura de amor”, experimentada desde esta vida, en la perspectiva puramente escatológica del Maestro. Aquí la omisión del cuadro paradisíaco de la otra Regla tiene también por efecto, querido o no, poner más en relieve las maravillas de la caridad perfecta de aquí abajo.