LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (38)

Capítulo noveno: Cuántos salmos se han de decir en las horas nocturnas

En el mencionado tiempo de invierno, debe decirse en primer lugar y por tres veces el verso: “Señor, ábreme los labios, y mi boca anunciará tus alabanzas”, al que se añadirá el salmo 3 y el “Gloria”; tras éste, el salmo 94 con antífona, o por lo menos, cantado. Siga luego el himno, después seis salmos con antífonas. Dichos éstos y el verso, dé el abad la bendición. Siéntense todos en bancos, y los hermanos lean por turno en el libro del atril, tres lecturas, entre las cuales cántense tres responsorios. Dos responsorios díganse sin “Gloria”, pero después de la tercera lectura, el que canta diga “Gloria”. Cuando el cantor comienza a entonarlo, levántense todos inmediatamente de sus asientos en honor y reverencia de la Santa Trinidad.

Léanse en las Vigilias los libros de autoridad divina, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, así como los comentarios que hayan hecho sobre ellos los Padres católicos conocidos y ortodoxos.

Después de estas tres lecturas con sus responsorios, sigan otros seis salmos que se han de cantar con “Alleluia”. Tras éstos, una lectura del Apóstol que se ha de recitar de memoria, el verso y la súplica de la letanía, esto es el “Kyrie eleison”. Así se concluirán las “Vigilias” nocturnas (Capítulo 9, versículos 1-11).

Los monjes del Bajo Egipto, tanto cenobitas como ermitaños, tenían la costumbre de recitar doce salmos en los dos únicos oficios que celebraban: las vísperas y los nocturnos. Este canon de doce salmos, que fue observado en particular en los grandes centros de Nitria, Las Celdas y Escete, recibió en las Instituciones una verdadera consagración. Inspirándose en la leyenda según la cual Pacomio recibió su regla de un ángel, Casiano atribuyó a una aparición angélica, acontecida en los orígenes de la vida cenobítica, la tradición litúrgica de los monjes de Egipto (Instituciones 2,5). Así, marcada por un sello sobrenatural y relacionada con los tiempos de los Apóstoles, la ley de los doce salmos adquirió una autoridad incomparable. Con fuerza, Casiano la contrapone como la única tradición auténtica, a los usos de los monjes provenzales, que recitaban cantidades de salmos muy superiores.

Nadie es profeta en su tierra. Los monasterios de Provenza continuaron celebrando sus largos oficios. Pero en Italia el mensaje de Casiano fue escuchado. Los monasterios basilicales de Roma adoptaron el canon de los doce salmos, al menos en el oficio nocturno. Sin adecuarse exactamente, el Maestro prescribe cantidades parecidas, variables según las estaciones. Por su parte, Benito adopta sin reserva la norma egipcia consagrada por Casiano. En todas las estaciones, y también el domingo, fija en doce el número de salmos de Vigilias. Es este el primer punto esencial de su legislación litúrgica.

Acabamos de mencionar las dos fuentes principales de esta legislación: la Regla del Maestro y el oficio de los monasterios romanos. De éstos Benito toma no solo los doce salmos, sino también las tres lecturas y los tres responsorios con el versículo que los precede. Pero en lugar de ser leídos juntos y seguidos de lecturas, como en Egipto y en Roma, los salmos están divididos en dos grupos de seis, antes y después de las lecturas. Además, la salmodia no es uniforme, sino diferenciada: desde luego con antífonas seguidas de Aleluya. Esta partición se inspira en la Regla del Maestro, que dividía los salmos en dos grupos desiguales, el primero sin aleluya, el segundo con aleluya. Si se agrega que la introducción de Benito (versículo de apertura e invitatorio) y su conclusión (lectura breve, versículo, súplica) se encuentran ya en el Maestro, parece que éste proporcionó a las vigilias benedictinas su estructura de conjunto, en la cual se introducen las cantidades del oficio romano.

Además de estas dos fuentes mayores, el oficio arlesiano de san Cesáreo pudo haber sugerido algunos rasgos, como el himno insertado por Benito después del invitatorio del Maestro (Sal 94 [95]). Este “ambrosiano” como él lo llama, tiene el mismo efecto que el salmo “de espera” (Sal 3), igualmente agregado por él: uno y otro mencionan la hora nocturna, de la cual ni el versículo “Señor ábreme los labios” ni el invitatorio forman parte. El triple “versículo de apertura”, según la expresión del Maestro, marca solamente la reanudación de la palabra después del silencio que había inaugurado al final de completas, el “versículo de clausura”.

El cuidado con el que Benito trata las lecturas y los responsorios, indica que sus lectores no están familiarizados con estos elementos del oficio. Si él los ha introducido en medio de la salmodia, es sin duda para permitir a los monjes sentarse entre las dos secciones de los salmos con antífonas. Al reposo físico se agrega la renovación de la atención. Lo que Benito dice de las lecturas denota además su preocupación por la ortodoxia, que queda de manifiesto en su celo con respecto al Gloria, ya que el culto a la Trinidad todavía estaba amenazado por el arrianismo contemporáneo.

La “súplica de la letanía” es el Kyrie Eleyson. En la oración litánica completa esta fórmula se intercala entre las invocaciones variables. Pero en Roma, como lo notará san Gregorio, se contentaban con repetirla a veces sin invocaciones intermedias. Estas, en Benito, intervienen sólo en la “letanía” propiamente dicha, reservada a las horas mayores de maitines y vísperas.