LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (39)

Capítulo décimo: Cómo se ha de celebrar en verano la alabanza nocturna

Desde Pascua hasta el primero de noviembre manténgase, en cuanto al número de salmos, todo lo que se dijo arriba, pero, a causa de la brevedad de las noches, no se leerán las lecturas en el libro, sino que, en lugar de esas tres lecturas, se dirá una de memoria, tomada del Antiguo Testamento y seguida de un responsorio breve. Todo lo demás cúmplase como se dijo, es decir, que nunca se digan en las Vigilias menos de doce salmos, sin contar en este número el salmo 3 y el 94 (Capítulo 10, versículos 1-3).

Se ve aquí claramente la importancia que Benito da a la regla de los doce salmos. En lugar de abreviar la salmodia en verano, como lo hacía el Maestro, él la mantiene en toda su longitud, pero abrevia las lecturas. Estas no sufrían disminución en el oficio romano, que se mantenía invariable todo el año. Reemplazándolas por una simple lectura breve, Benito muestra la distinción que hace entre los salmos obligatorios y las lecturas más o menos optativas, en la línea del cenobitismo egipcio descrito por Casiano (Instituciones 2,6). Es que como dice el título del capítulo, el oficio nocturno es ante todo una “alabanza”, que consiste esencialmente en la salmodia. Al lado de este fin principal, la enseñanza dada por las lecturas, por preciosa que ella sea, sirve como un accesorio.

 

Capítulo undécimo: Cómo han de celebrarse las vigilias de los domingos

El domingo levántense para las Vigilias más temprano. Guárdese en tales Vigilias esta disposición: Reciten, como arriba dispusimos, seis salmos y el verso. Siéntense todos por orden en los bancos, y léase en el libro, como arriba dijimos, cuatro lecciones con sus responsorios. Sólo en el cuarto responsorio diga “Gloria” el cantor, y al entonarlo, levántense todos en seguida con reverencia.

Después de estas lecturas, síganse por orden otros seis salmos con antífonas, como los anteriores, y el verso. Luego léanse de nuevo otras cuatro lecturas con sus responsorios en el orden indicado.

Después de éstas, díganse tres cánticos de los Profetas, los que determine el abad, los cuales se salmodiarán con “ Alleluia “. Dígase el verso, dé el abad la bendición, y léanse otras cuatro lecturas del Nuevo Testamento en el orden indicado. Después del cuarto responsorio empiece el abad el himno “Te Deum laudamus”. Una vez dicho, lea el abad una lectura de los Evangelios, estando todos de pie con respeto y temor. Al terminar, todos respondan “Amén”, y prosiga en seguida el abad con el himno “Te decet laus”, y dada la bendición, empiecen los Laudes.

Manténgase este orden de las Vigilias del domingo en todo tiempo, tanto en verano como en invierno, a no ser que se levanten más tarde -lo que no suceda- y haya que abreviar un poco las lecturas o los responsorios. Cuídese mucho de que esto no ocurra, pero si aconteciere, el responsable de esta negligencia dé conveniente satisfacción a Dios en el oratorio (Capítulo 11, versículos 1-13).

Benito no debe casi nada aquí a la Regla del Maestro y toma casi todo de los usos romanos. El Maestro mantenía, en efecto, en la noche del domingo, la antigua vigilia comenzando por la noche y terminando con el segundo canto del gallo. Por el contrario, como los monasterios romanos, Benito se contenta con un oficio al final de la noche, análogo al de los días de semana aunque más desarrollado. Como en Roma, esta “vigilia” reducida y desplazada está compuesta por tres series de cantos y de lecturas seguidas por responsorios.

Por lo tanto, esta vez el marco del oficio benedictino es romano. En cambio, las cantidades son originales. En lugar de los dieciocho o veinticinco salmos de Roma, desigualmente distribuidos en los tres nocturnos, Benito, fiel a su canon egipcio, se queda con los doce del oficio ferial, repartidos solo en dos nocturnos. En cuanto al tercer nocturno, tres cánticos de los Profetas reemplazan a los tres salmos de Roma, que se cantaban con aleluya.

La reducción de la salmodia romana se acompaña con desarrollo de las lecturas. De nueve pasan a doce. Benito iguala así el número de salmos y lecturas, siguiendo la doble tendencia que se observa en la evolución del oficio romano: disminuir la salmodia aumentando lecturas y responsorios.

En este conjunto, el tercer nocturno se destaca por la multiplicidad de sus elementos y el cuidado con el cual son enumerados. Visiblemente, Benito innova aquí en relación con sus modelos romanos. Es que por caminos desconocidos, otro uso influye en sus vigilias dominicales: el de la Iglesia de Jerusalén, tal como lo describió, un siglo y medio antes, la viajera española Egeria. Al final de la noche del domingo, en la Iglesia de la Anástasis que se elevaba sobre el sepulcro de Cristo, eran cantados tres salmos, cada uno seguido de una oración. Luego, el obispo leía el evangelio de la resurrección. Esta estructura simple, que ha dejado rastros en numerosos ritos, se reconoce en particular en nuestra Regla, mediante la sustitución de los cánticos por los salmos. A la luz del uso jerosolimitano, parece probable que el evangelio prescrito por Benito fuera también un relato de la resurrección, como era el caso en el oficio contemporáneo de Cesáreo de Arlés.

Por lo tanto, la comunidad de Montecasino, reunida alrededor de su abad, imitaba al pueblo de Jerusalén, reunido en torno a su obispo. Gracias a esta celebración semanal del misterio pascual, después de los doce salmos ordinarios del oficio monástico, se transportaba en espíritu a la Anástasis.

Pero Benito no se contenta con tres cantos y el evangelio. Además de las cuatro lecturas, que inserta en este nocturno como en los otros dos, introduce, antes y después del evangelio, dos elementos nuevos: los himnos Te deum laudamus y Te decet laus.

Estas dos alabanzas de la Trinidad difieren no sólo en su amplitud muy desigual, sino también en su origen y edad. El largo Te deum es occidental y relativamente reciente (fin del siglo V?), el breve Te decet, es oriental y mucho más antiguo. Tal vez sin pensar en eso, Benito reúne alrededor de Cristo resucitado, las voces de Oriente y Occidente, aclamando la santa Trinidad. Se piensa en los dos serafines de Isaías que cantan al Señor tres veces santo. En esta cima de la semana, los monjes se unen a ellos para celebrar el misterio central de la Economía con el de la Teología, la muerte y la resurrección de Cristo en la gloria de Dios su Padre, la salvación de la humanidad por Jesús en la alabanza de las tres Personas divinas.

El último parágrafo del capítulo nos remite a realidades más prosaicas. Como Cesáreo, Benito prevé demoras en la hora de levantarse y las resuelve mediante la reducción de las lecturas. Una última vez se percibe en él la voluntad de no infringir, por falta o por exceso, el canon sagrado de los doce salmos.