LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (4)

¡FELIZ FIESTA DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR!

Levantémonos, pues, de una vez, ya que la Escritura nos exhorta y nos dice: “Ya es hora de levantarnos del sueño”. Abramos los ojos a la luz divina, y oigamos con oído atento lo que diariamente nos amonesta la voz de Dios que clama diciendo: “Si oyeren hoy su voz, no endurezcan sus corazones”. Y otra vez: “El que tenga oídos para oír, escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias”. ¿Y qué dice? “Vengan, hijos, escúchenme, yo les enseñaré el temor del Señor”. “Corran mientras tienen la luz de la vida, para que no los sorprendan las tinieblas de la muerte” (Prólogo, versículos 8-13).

De los cinco fragmentos de la Escritura citados aquí, el penúltimo (Sal 33 [34],12: “Vengan hijos, escúchenme, les enseñaré el temor del Señor”) es el único escogido por su significación misma. Este pasaje inaugura la cita sálmica que va a desplegarse en el parágrafo siguiente. Antes de citar de forma continua cuatro versículos del Salmo 33, el Maestro y Benito presentan aquí el versículo precedente, que invita a escuchar la continuación.

Este llamado preliminar del Salmista es preparado con tres citas y completado con una última. En la serie así formada, el Antiguo y el Nuevo Testamento se alternan regularmente: de Pablo (Rm 13,11) se pasa al Salterio (Sal 94 [95],8), y del Apocalipsis (Ap 2,7) se vuelve al salmista (Sal 33,12), para terminar con el Evangelio (Jn 12,35). Como en las lecturas de la Misa, en las cuales esta secuencia hace pensar, la voz del Señor, es decir de Cristo y de su Espíritu es uniformemente percibida de un extremo al otro. A través del Antiguo Testamento y del Nuevo, es Él quien habla.

La Escritura entra así en escena, de forma explícita y masiva. Su importancia es extrema en la vida del monje. Ella es a la vez “luz de Dios” y “voz divina”, elemento único por el cual el Señor toca todos nuestros sentidos espirituales.

Por lo tanto, somos invitados a despertarnos, y luego a abrir ampliamente los ojos y los oídos. La primera cita escuchada está justamente tomada del Salmo 94, que la Regla hace cantar al comienzo de los nocturnos, inmediatamente después de despertar. Benito, que agrega esta cita a las del Maestro, piensa probablemente en el invitatorio cotidiano de las vigilias.

El llamado a escuchar recuerda, evidentemente, la apertura del Prólogo. Entonces se trataba de la Regla, ahora de la Escritura: la primera no tiene otra ambición que conducirnos a la segunda. Detrás del autor de la Regla, a la vez “padre y maestro”, se percibe la figura del Señor. Es también en este doble aspecto que él habla aquí, llamándonos “hijos” y anunciando que va a “enseñarnos”. Para el Maestro, y para Benito después, Cristo es padre. Y su misión de enseñar será proclamada al final del Prólogo, cuando se defina el monasterio como una “escuela” para su “magisterio”. En cuanto al temor del Señor que él nos enseña, el capítulo de la humildad revelará su significado e importancia.

Como en la precedente cita del Apocalipsis, la del Evangelio, que cierra el pasaje, es puesta por Juan mismo en boca de Cristo. En lugar de la interpretación corriente (“vayan”), nuestras Reglas, con otros textos patrísticos, leen “corran”. Este verbo, como lo veremos, evoca, para nuestros autores, la acción. No se trata solo de escuchar. Se debe obrar, poner en práctica. En el Evangelio, Jesús se designaba a sí mismo como la “luz”, de cuya presencia sus oyentes judíos debían sacar provecho para convertirse. Al agregar con precisión “la luz de la vida”, con su correlativo “tinieblas de la muerte”, nuestras Reglas aplican la palabra de Cristo a la condición del cristiano: la cláusula temporal, que concluye el llamado de Jesús, expresa la urgencia de la conversión en la vida presente, antes de que la muerte la haga imposible. Se encuentra aquí el mensaje inicial del Apóstol: “Ya es hora de levantarnos del sueño”.