LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (40)

Capítulo duodécimo: Cómo se ha de celebrar el oficio de laudes

En los laudes del domingo, dígase en primer lugar el salmo 66 sin antífona, todo seguido. Luego dígase el 50 con “Alleluia”; tras él, el 117 y el 62; después el “Benedicite” y los “Laudate”, una lectura del Apocalipsis dicha de memoria, el responsorio, el himno, el verso, el cántico del Evangelio, la letanía, y así se concluye.

Este pequeño capítulo, al cual originalmente estaba unido el siguiente, trata de los maitines [= laudes], comenzando por el domingo, de manera de completar lo que acaba de ser dicho de las Vigilias dominicales. Contrariamente al oficio nocturno, maitines no tiene versículo de apertura, sino solamente un pequeño salmo de introducción (Sal 66 [67]), análogo al de vigilias y, al igual que él, probablemente sugerido por el uso arlesiano. En cuanto al oficio propiamente dicho, es de estructura netamente romana, con sus cinco unidades de salmodia, cuya última está constituida por la reunión de los tres últimos salmos (Sal 148-150 llamados “Laudes”) y la penúltima por un cántico (Dn 3,57-88, llamado “Bendiciones”).

En el tercer lugar, el oficio romano tenía dos salmos reunidos (Sal 62 [63] y 66 [67]). Benito deja sólo uno en ese lugar, empleando el otro, como se ha visto, como introducción. El salmo 62 es un salmo de la mañana, pero sin relación particular con el domingo, a diferencia del salmo 117 (118), cuyo carácter pascual es evidente. Por su parte, el salmo 50 (51) se dice todos los días en maitines, tanto en Benito como en el oficio romano, sin tener, además, relación aparente con la aurora.

Al final de maitines, el elemento más novedoso es el himno (“ambrosiano”), que recuerda de nuevo el oficio de Arlés. Al contrario el Cántico de Zacarías (Lc 1,68-79) se encontraba ya en el romano y en el Maestro. Notemos que se utiliza, en esta hora de la mañana, la “letanía” completa, es decir una serie de invocaciones a las cuales responden los Kyrie eleison.

Según la tradición, que ha dado frecuentemente al conjunto de maitines el nombre de “laudes”, el elemento más característico de este oficio es la alabanza expresada por las tres últimas piezas del Salterio. Aclamar a Dios creador y salvador es, en efecto, el movimiento espontáneo del hombre que sale de la angustia de la noche y vuelve a ver, con la belleza de la luz, el universo admirable de las creaturas. Precediendo al Salmo 148, el cántico de los Tres Jóvenes subraya esta gratitud del alma por la creación recuperada.

Pero la luz no es solamente alegría de los ojos y motivo de exultación para todo el ser. Según san Juan, ella representa a Dios, y el mismo Cristo se dice luz del mundo. Llamados nosotros también a llegar a ser hijos de la luz y luz en el Señor, revivimos en esta hora del alba nuestra santificación bautismal, pasaje de la noche del pecado al gran día de la santidad divina, esperando pasar de la noche de este mundo al esplendor eterno de Dios. De allí el canto del salmo 50 al comienzo del oficio, para purificarnos del pecado que la noche simboliza perpetuamente y frecuentemente ocasiona. Y en el otro extremo de la celebración, el cántico de Zacarías canta la visita de Cristo salvador, brillando en lo alto como el sol naciente, ya sea en su descenso humano aquí abajo, en su ascenso desde los infiernos y su resurrección, o en el retorno glorioso de su parusía.