LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (41)

Capítulo decimotercero: Cómo han de celebrarse los laudes en los dias ordinarios

En los días ordinarios, en cambio, celébrese la solemnidad de Laudes de este modo: Dígase el salmo 66 sin antífona, demorándolo un poco, como el domingo, para que todos lleguen al 50 que se dirá con antífona. Luego díganse otros dos salmos, como es de costumbre, esto es: el lunes, el 5 y el 35; el martes, el 42 y el 56; el miércoles, el 63 y el 64; el jueves, el 87 y el 89; el viernes, el 75 y el 91; y el sábado, el 142 y el cántico del Deuteronomio que se dividirá en dos “Glorias”. Pero en los demás días se dirá un cántico de los Profetas, cada uno en su día, como salmodia la Iglesia Romana. Sigan después los “Laudate”, luego una lectura del Apóstol que se ha de recitar de memoria, el responsorio, el himno, el verso, el cántico del Evangelio, la letanía, y así se concluye (Capítulo 13, versículos 1-11).

De lunes a viernes, los días de la semana son llamados “ferias” y designados con un simple número de orden. Esta nomenclatura austera, que la Iglesia no ha logrado imponer, apuntaba a reemplazar los dioses paganos, titulares de los diferentes días, por Cristo, cuya resurrección servía de principio y de referencia para toda la serie. Nuestro “domingo” (día del Señor) es el único vestigio de este intento fallido.

Anotados con un cuidado minucioso, los salmos variables de la Regla son solo parcialmente los del uso romano al cual remite Benito. Los monasterios de Roma, en efecto, tenían solamente un salmo que cambiaba, el segundo, y repetían todos los días en tercer lugar los salmos 62 y 66 juntos. Se percibe aquí por primera vez, la tendencia general de Benito a diversificar la salmodia. El elemento variable que él agrega se inserta tanto después del segundo salmo romano (lunes, martes) como antes de estos (miércoles, jueves y viernes), de forma de constituir una serie progresiva, sin vuelta atrás. Sin embargo, el salmo 75 interrumpe el orden numérico. Para salvaguardar esto lo más posible, Benito ha invertido los salmos 91 y 142, de los cuales el primero estaba reservado por la costumbre romana al sábado, día mencionado en su título. Todos estos salmos hablan de la luz o de la resurrección, aunque la alusión a esta última sea menos evidente en el caso del salmo 63.

Contrariamente al uso romano, la bipartición del cántico de Moisés es el primer ejemplo de otra tendencia característica de Benito: dividir los salmos largos, como lo hacían los monjes de Egipto (Instituciones 2,11,1-2). Como la diversificación de los salmos, su división apunta a favorecer la atención. El cántico del Deuteronomio, así como los de los “profetas” asignados a los otros días procede de la Iglesia de Roma, como Benito lo señala expresamente. Indicación preciosa sobre las coordenadas locales y espirituales de nuestra Regla. Proféticos, estos cánticos no lo son en el sentido estricto, porque si el lunes y el martes tienen fragmentos de Isaías y el viernes otro de Habacuc, los dos días intermedios reciben los cánticos de Ana y de Moisés (Éxodo), extraídos de los que llamamos libros históricos.

El final del oficio es en substancia el mismo que el domingo. Podemos, por lo tanto, dar toda nuestra atención a la importante nota final sobre la recitación del Pater:

Los oficios de Laudes y Vísperas no deben terminar nunca sin que el superior diga íntegramente la oración del Señor, de modo que todos la oigan. Esto se hará, porque como suelen aparecer las espinas de los escándalos, amonestados por la promesa de la misma oración que dice: “Perdónanos así como nosotros perdonamos”, se purifiquen de este vicio. En las otras Horas, en cambio, se dirá la última parte de esta oración, para que todos respondan: “Mas líbranos del mal” (Capítulo 13, versículos 12-14).

En todas las horas, según parece, la Oración por excelencia ocupa el puesto de honor, finalizando y coronando el oficio entero, sin que se agregue la oración colecta, como en nuestros días. En cuanto a la manera solemne en la cual Benito manda que sea recitada en laudes y vísperas, el motivo que él da, testimonia ante todo una preocupación que hemos visto afirmarse en varios pasajes claves de la parte espiritual de la Regla: el de purificar al monje de todo vicio. Pero, se manifiesta aquí otra preocupación, que va a mostrarse cada vez más claramente: la de las relaciones fraternas. La pureza a la cual aspira el alma del monje no es, como se podría deducir del primer grado de humildad, un simple cuestión de vigilancia sobre sí mismo. Ella supone el perdón pedido al Señor y dado al prójimo, la gracia de Dios y el amor del otro, en una corriente de divina y universal caridad.