Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (44)

Capítulo decimoséptimo: Cuántos salmos se han de cantar en esas mismas horas

Ya hemos dispuesto el orden de la salmodia en los Nocturnos y en Laudes; veamos ahora en las Horas siguientes.

En la Hora de Prima díganse tres salmos separadamente, y no bajo un solo “Gloria”; el himno de esta Hora se dirá después del verso: “Oh Dios, ven en mi ayuda”, antes de empezar los salmos. Cuando se terminen los tres salmos recítese una lectura, el verso, el “Kyrie eleison” y la conclusión.

A Tercia, Sexta y Nona celébrese la oración con el mismo orden, esto es: el himno de esas Horas, tres salmos, la lectura y el verso, el “Kyrie eleison” y la conclusión. Si la comunidad fuere numerosa, los salmos se cantarán con antífonas, pero si es reducida, seguidos.

El oficio de Vísperas constará, en cambio, de cuatro salmos con antífona; después de éstos ha de recitarse la lectura, luego el responsorio, el himno, el verso, el cántico del Evangelio, la letanía, y termínese con la Oración del Señor.

Completas comprenderá la recitación de tres salmos que se han de decir seguidos, sin antífona; después de ellos, el himno de esta Hora, una lectura, el verso, el “Kyrie eleison”, y termínese con una bendición (Capítulo 17, versículos 1-10).

Como hemos visto, Benito tiene como inviolable el canon egipcio de los doce salmos nocturnos, transmitido por Casiano. En tercia, sexta y nona, que no eran celebradas en Egipto, Casiano recomendaba decir solamente tres salmos, como lo hacían los cenobitas de Palestina (Instituciones 3,1-3). Opuesta a los seis o doce salmos del oficio galo, esta medida, muy sobria apuntaba a dejar tiempo para el trabajo manual que llenaba los intervalos de las horas. Como en el oficio nocturno, Benito adopta aquí la regla propuesta por las Instituciones ya adoptada antes que él por los monjes romanos y por el Maestro.

“Díganse tres salmos separadamente y no bajo un solo Gloria”, se opone a una práctica autorizada por el Maestro en caso de urgencia. Ella iba a la par con la salmodia “directa”, es decir, sin antífonas, con el Gloria después de cada salmo estando originalmente destinado a la antifonía. Admitiendo este modo directo, tanto como la antifonía, en las horas menores, Benito no quiere que implique la supresión de dos glorias sobre tres. A este respecto, la salmodia de las horas menores difiere de los responsorios de vigilias en invierno, en los cuales el tercero, si se recuerda, terminaba con la doxología trinitaria.

En algunos otros puntos, al contrario, las horas menores se parecen a las vigilias. En estos cuatro oficios, el total de los salmos es de doce, como en los nocturnos. Aunque diferente en una parte y en la otra, el versículo inicial (Sal 69 [70],2) es también un rasgo común, así como el lugar del himno al comienzo de la celebración y el versículo posterior a la lectura en el final. Finalmente, el Kyrie eleison, es decir, la letanía reducida a su “súplica”, une oficios diurnos y nocturnos, en contraste con la letanía completa de laudes y vísperas. Igual que en las dos horas solemnes, en el límite del día y la noche, se corresponden visiblemente, del mismo modo las cortas celebraciones escalonadas a través de la jornada responden a la larga oración continua de la noche.

En las horas menores, Benito dispensa de la antifonía a las comunidades pequeñas, de forma que puedan hacer sus oficios más breves y simples, como corresponde cuando son menos numerosas o hay más trabajo. Admitiendo así los dos modos de salmodia, con o sin antífonas, según el tamaño de los monasterios, la regla se sitúa a medio camino entre el antiguo oficio romano, que nunca tenía antífonas en esas horas, y el nuevo, que como el Maestro, las tenía siempre.

En vísperas, el pensum de los cuatro salmos -apenas un poco más que en las horas menores- parece singularmente ligero cuando se lo compara con los seis salmos del Maestro y los cinco del oficio romano, que Benito mantiene en la hora simétrica de la mañana. Esta reducción está ligada, como lo veremos, a la distribución semanal del salterio, en la cual las vísperas reciben veinticuatro salmos. La importancia de las vísperas no se mide por la longitud de la salmodia, sino por el hecho de que estos cambian cada día. Además ellas tienen la estructura solemne de las laudes, con el cántico de María respondiendo al de Zacarías.

De estructura original, las completas se acaban con una bendición, cosa que hemos encontrado solamente en las vigilias del domingo. Llamado a auxiliar al comienzo de prima, el Señor bendice la jornada que se termina. Pero se puede pensar en otra cosa. La cercanía de la noche, imagen de la muerte, invita a ponerse bajo la protección divina. En España e Irlanda, en los siglos VI y VII, se preparó de forma explícita, en el último oficio del día, a dar el último suspiro, como para ofrecer una expresión litúrgica a la recomendación de Benito: “Tener la muerte cada día frente a los ojos como un acontecimiento inminente”.