LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (45)

Capítulo décimo octavo: En que orden se han de decir los salmos

Primero dígase el verso: “Oh Dios, ven en mi ayuda; apresúrate, Señor, a socorrerme”, y “Gloria”; y después el himno de cada Hora.

En Prima del domingo se han de decir cuatro secciones del salmo 118, pero en las demás Horas, esto es, en Tercia, Sexta y Nona, díganse tres secciones de dicho salmo 118. En Prima del lunes díganse tres salmos, el 1, el 2 y el 6. Y así cada día en Prima, hasta el domingo, díganse por orden tres salmos hasta el 19, dividiendo el salmo 9 y el 17 en dos partes. Se hace así, para que las Vigilias del domingo empiecen siempre con el salmo 20 (Capítulo 18, versículos 1-6).

Este largo capítulo, que regula la repartición de los salmos durante la semana, es singularmente preciso y profundo. Benito ha hecho aquí un esfuerzo notable para no dejar nada al azar o en la incertidumbre. Gracias a esta descripción muy elaborada, su ordo ha podido ser observado a través de los siglos con el minimum de dudas, estas no podían nacer más que a propósito de la división de los salmos largos en las vigilias.

A diferencia del Maestro, que hacía decir los salmos siempre seguidos, retomando en cada oficio allí donde se había detenido en la hora precedente, los monasterios romanos practicaban ya la recitación semanal del Salterio. Repartiendo los salmos en dos grandes series, una nocturna (Sal 1-108 [109]), y otra vespertina (Sal 109 [110]-147 [148]); el sistema romano está en la base del de Benito, cuya organización tiende a disminuir las repeticiones y reducir la longitud de los oficios.

Es así que en prima, el ordo romano hacía recitar cotidianamente las cuatro primeras secciones del Salmo 118 (119), precedidas del salmo 53 (54). Reservando el comienzo del Salmo 118 al domingo, Benito lo reemplaza, de lunes a sábado, por salmos que varían sin cesar. Estos nuevos salmos de prima (Sal 1-19 [20]) son tomados de la serie romana de vigilias. Cambiando todos los días, dan a esta celebración un relieve comparable al de las antiguas vigilias y vísperas, con las cuales comparte también el privilegio de dividir los salmos largos.

Ya mencionado en el capítulo precedente, el versículo “Dios mío ven en mi auxilio” (Sal 69 [70],2) es aquí reproducido íntegramente. Con el himno que le sigue, parece haber sido agregado a un ordo primitivo. Si Benito lo inserta, no solo en el oficio sino también en el ritual (35 [36],17), es probablemente a causa del famoso pasaje donde Casiano alaba ese versículo, fórmula de oración apropiada a toda necesidad y a toda circunstancia (Conferencias 10,10).

Para el autor de las Conferencias, la repetición del Deus in adiutorium era el mejor medio para llegar a la oración perpetua. En Benito, no se trata más de una fórmula continuamente utilizada por cada uno en su vida de oración personal, sino de una introducción litúrgica a las horas del oficio y a la semana de servicio de los cocineros. Empleos similares se encuentran en Casiodoro, quien relata que los monjes de Italia repiten el versículo tres veces en el comienzo de cualquier acción, y en san Columbano, cuya Regla prescribe decirlo tres veces en el tiempo de oración silenciosa que sigue a cada salmo del oficio.

Estas utilizaciones limitadas y reguladas difieren profundamente del uso incesante y espontáneo que preconizaba Casiano. Este no pudo convencer a los monjes latinos de emplear el “Dios mío ven en mi auxilio” para orar sin cesar. Su elogio de esta fórmula solo lo ha hecho adoptar para fines más restringidos.

La recitación del versículo en el comienzo de cada oficio no es sólo una sugerencia preciosa. Ella nos recuerda que nuestra oración es la obra de Dios en nosotros. Orar es dirigirse al Padre, que el Hijo revela a quien quiere, por este mismo Hijo conocido solo por el Padre, en el Espíritu Santo que nos hace gritar “Abba” y “Jesús Señor”. Sin el Espíritu, nosotros no sabemos cómo orar. Al pedir la ayuda divina, entramos en la oración por la única puerta: el humilde reconocimiento del don misterioso del cual todo depende.

 

En Tercia, Sexta y Nona del lunes díganse las nueve secciones que quedan del salmo 118, tres en cada Hora. Como el salmo 118 se termina en dos días, esto es entre el domingo y el lunes, el martes en Tercia, Sexta y Nona salmódiense tres salmos desde el 119 hasta el 127, esto es, nueve salmos. Estos salmos se repetirán siempre los mismos en las mismas Horas hasta el domingo, conservando todos los días la misma disposición de himnos, lecturas y versos. Así se comenzará siempre el domingo con el salmo 118 (Capítulo, 18, versículos 7-11).

Igual que los salmos de prima, los de las tres horas siguientes pasan de la repetición cotidiana a la variedad. En el romano, el salmo 118, comenzado en prima, proseguía cada día en tercia y sexta, acabándose en nona. En lugar de hacerlo recitar en una sola jornada, Benito lo repartió en dos. Los días siguientes hace decir otros salmos (Sal 119 [120]-127 [128]), tomados de la serie romana de vísperas. Sin ser tan variada como la de prima, la salmodia de tercia, sexta y nona lo es más que en el oficio romano.

Como el parágrafo precedente, este prescribe recomenzar el domingo en un lugar determinado del salterio. No es que el salmo 20 (21) y los siguientes sean particularmente apropiados para las vigilias dominicales, ni que el Salmo 118 convenga especialmente para el domingo. A lo que apuntan las rúbricas, es más bien a impedir que se recite el salterio en más de una semana, como Benito lo dirá formalmente al final del capítulo. Cada domingo, se debe recomenzar. Tal es el límite impuesto a la variedad.

Los nuevos salmos de las horas menores son los nueve primeros de una serie de quince (Sal 119 [120]-133 [134]) que llevan uniformemente el título de “Cantos de las subidas” (canticum graduum). Este conjunto era muy querido por los cristianos de la Antigüedad, quienes gustaban escrutar su distribución, comparada con la “subida” de nuestras vidas hacia el cielo. En Roma, en particular, jugaba un rol importante en la organización litúrgica y la espiritualidad de Cuaresma. Si bien Benito no parece preocuparse particularmente -los nueve salmos de tercia, de sexta y nona son escogidos porque continúan al Salmo 118 y convienen a las horas menores por su brevedad-, es bueno recordar que estos “salmos graduales” tan elocuentes en sí mismos, estaban cargados de significaciones admirables que ya descubrieron los antiguos comentadores del salterio.

 

Cántese diariamente Vísperas modulando cuatro salmos, desde el 109 hasta el 147, exceptuando los que se han reservado para otras Horas, esto es, desde el 117 hasta el 127, y el 133 y el 142. Los demás deben decirse en Vísperas. Pero como resultan tres salmos menos, por eso han de dividirse los más largos de dicho número, es a saber, el 138, el 143 y el 144. En cambio el 116, porque es breve, júntese con el 115. Dispuesto, pues, el orden de los salmos vespertinos, lo demás, esto es, lectura, responsorio, himno, verso y cántico, cúmplase como arriba dispusimos.

En Completas, en cambio, repítanse diariamente los mismos salmos, es a saber, el 4, el 90 y el 133 (Capítulo 18, versículos 12-19).

Ya observada en el capítulo precedente, la brevedad de las vísperas en cuatro salmos encuentra aquí su explicación: habiendo amputado la serie romana (Sal 109 [110]-147 [148]) de nueve unidades afectadas a las horas menores, Benito debe reducir la salmodia vesperal. Con un cuidado minucioso, ajusta exactamente los salmos disponibles a los oficios a cubrir, dividiéndolos y reuniéndolos. Hemos encontrado ya la división de los salmos largos en Prima. En cuanto a la reunión de muchos salmos, se tiene un ejemplo al final de laudes, y el romano presentaba otro en la misma hora (Sal 62 [63] y 66 [67]).

En completas, Benito prescribe los tres mismos salmos que el romano. Cada uno de ellos hace aparecer un aspecto diferente de la noche. Tiempo de sueño y de reposo, pero también de “compunción” y de esperanza (Sal 4), en estas horas de tinieblas es cuando el enemigo más amenaza y cuando más necesario es refugiarse en Dios (Sal 90 [91]). Finalmente el último “canto de las subidas” (Sal 133 [134]) nos invita a bendecir al Señor en el curso de la noche, a bendecirlo en todo tiempo como lo bendeciremos en toda la eternidad.

 

Dispuesto el orden de la salmodia diurna, todos los demás salmos que quedan, repártanse por igual en las Vigilias de las siete noches, dividiendo aquellos salmos que son más largos, y asignando doce para cada noche.

Advertimos especialmente que si a alguno no le gusta esta distribución de salmos, puede ordenarlos como le parezca mejor, con tal que mantenga siempre la recitación íntegra del salterio de ciento cincuenta salmos en una semana, y que en las Vigilias del domingo se vuelva a comenzar desde el principio, porque muestran un muy flojo servicio de devoción los monjes que, en el espacio de una semana, salmodian menos que un salterio, con los cánticos acostumbrados, cuando leemos que nuestros santos Padres cumplían valerosamente en un día, lo que nosotros, tibios, ojalá realicemos en toda una semana (Capítulo 18, versículos 20-25).

La serie romana de vigilias comprendía los 108 primeros salmos, salvo una docena de piezas afectadas a laudes, prima y completas. Notablemente reducida por nuevas extracciones en favor de laudes y prima, la serie benedictina (Sal 20 [21]-108 [109]) se sostiene gracias a la división de los salmos largos, puesto que Benito tiende absolutamente a guardar el número sagrado de doce unidades de salmodia cada noche, como lo recuerda aquí mismo por última vez. En la práctica se parten nueve salmos en dos para alcanzar el total deseado. Contrariamente a lo que ha hecho para prima y vísperas, Benito deja a su lector la determinación de estos salmos largos de vigilias. De hecho, los monasterios no han dividido siempre los mismos salmos, ni consecuentemente recitado exactamente los mismos salmos en los mismos días hasta que llegó el sistema que conocemos por los breviarios impresos.

Pero esta pequeña libertad dada a los usuarios es poca cosa al lado de la que Benito da al terminar autorizando a cambiar completamente la distribución del Salterio que ha establecido con tanto cuidado. Esta amplitud de visión y humildad han impactado siempre a los lectores. Esto se explica en parte, por la conciencia que tenía Benito de haber él mismo reformado la distribución romana de los salmos, que no era muy antigua. Todavía desprovista de la pátina del tiempo, la ordenación del Salterio semanal parecía plenamente susceptible de modificaciones.

La firmeza con la cual Benito exige luego la recitación de los ciento cincuenta Salmos en una semana lo hace todavía más sorprendente. Habiendo él mismo abreviado el oficio romano, sabe que la misma tendencia puede llevar a hacerlo todavía más corto, y busca imponer a dicha evolución un límite absoluto. Tocamos aquí uno de los tres principios inviolables de su legislación litúrgica, siendo las dos otras la celebración de ocho oficios cotidianos y la recitación de doce salmos en el oficio nocturno.

Para justificar su prescripción, Benito recuerda un apotegma de los Padres del desierto, conocido por sus monjes y por él mismo. Se trata de un pequeño relato de la colección sistemática griega que acababa de traducir un diácono romano, el futuro Papa Pelagio I°: «Un anciano vino al encuentro de uno de los Padres. Este preparó unas pocas lentejas y dijo: “Recitemos el oficio y luego comeremos”. Uno de ellos recitó todo el Salterio. El otro recitó de memoria, y por su orden dos de los profetas mayores. Al amanecer el visitante se marchó: se habían olvidado de comer» (Vitae Patrum V,4,57).

Tan humorística como edificante, esta historia relata un hecho singular, sucedido una sola vez. La recitación cotidiana del Salterio no es, como se dice muy frecuentemente, un uso litúrgico que Benito habría deliberadamente conducido a la recitación semanal. Se trata aquí de una hazaña pasajera, además de legendaria, que Benito invoca solo para condenar la tibieza de los monjes de su tiempo. Más adelante encontraremos otras referencias a los ejemplos admirables e inimitables de los santos Padres.

Recurrir a la performance de un día para fundar la observancia de todos los días no es algo enteramente convincente. Puede causar sorpresa, además, ver tibieza y fervor, apreciados según un criterio bastante material: el número de salmos recitados en un tiempo dado. Pero nuestra sorpresa nos hace reflexionar sobre el carácter eminentemente concreto del camino monástico. Sabiduría encarnada, pasa por la aceptación de normas precisas y prácticas bien definidas. Es por la fidelidad a este humilde “servicio” que comienza el don de sí total a Dios, llamado por los antiguos con el gran nombre de “devoción”, que tiene las promesas de la santidad y de la vida eterna.