Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (46)

Capítulo decimonoveno: El modo de salmodiar

Creemos que Dios está presente en todas partes, y que “los ojos del Señor vigilan en todo lugar a buenos y malos”, pero debemos creer esto sobre todo y sin la menor vacilación, cuando asistimos a la Obra de Dios.

Por tanto, acordémonos siempre de lo que dice el Profeta: “Sirvan al Señor con temor”. Y otra vez: “Canten sabiamente”. Y, “En presencia de los ángeles cantaré para ti”.

Consideremos, pues, cómo conviene estar en la presencia de la Divinidad y de sus ángeles, y asistamos a la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz (Capítulo 19, versículos 1-6).

Este pequeño capítulo y el siguiente corresponden precisamente a dos capítulos del Maestro que llevan los mismos títulos y ocupan el mismo lugar, al final de la sección sobre el oficio (RM 47-48). En el Maestro, está claro que “salmodia” y “oración” son dos realidades litúrgicas y que forman parte de una dupla: la “oración “ es la oración silenciosa que sigue a cada salmo del oficio. Antes de terminar su ordo, el Maestro da avisos espirituales y prácticas sobre la manera de cumplir los dos actos que alternan continuamente durante el oficio divino.

En Benito, el objeto de los dos capítulos es menos claro. Desde la frase inicial del primero, aparece que, bajo el nombre de salmodia, solo pronunciada en el título, se apunta al oficio divino entero. Se diría que, para Benito, los dos términos son sinónimos, la salmodia formaría el todo del oficio, como sucederá en los siglos siguientes y hasta nuestros días. ¿La oración después de cada salmo, habrá ya desaparecido?

Esta frase de introducción de Benito no tiene correspondencia con el Maestro. Como sucede en el primer grado de humildad de las dos Reglas, donde se reproduce una de las citas bíblicas (Pr 15,3), la frase de Benito afirma que en todos lados Dios está presente y mira a los hombres, buenos y malos. Constantemente mantenida por los monjes, la fe en esta presencia y en esta mirada alcanza su máxima intensidad en la hora del oficio. La obra de Dios aparecía así como el tiempo fuerte de una atención que se espera sea perpetua: “Oren sin cesar”.

De los tres textos sálmicos citados luego, uno (Sal 2,11a) tiene su correspondencia en el Maestro (Sal 2,11b), y los otros dos (Sal 46 [47],8; 137 [138],1) se encuentran tal cual en este. El “temor” recuerda de nuevo el primer grado de humildad. La “sabiduría” o inteligencia consiste ante todo en la atención a las palabras del salmo, que será expresamente recomendado para terminar. La “presencia (o “mirada”) de los ángeles” se une a la de Dios y le da una suerte de expresión figurada: todavía un eco del primer grado.

La conclusión resume en una frase lapidaria un largo desarrollo de la otra Regla: “Pensemos que nos encontramos en presencia de Dios” decía ya san Cipriano al comienzo de su Tratado sobre la Oración (cap. 4). En cuanto a la concordancia del espíritu y de la voz, muchos autores cristianos la requieren en términos casi idénticos. Arduo ideal, que apelando al esfuerzo mental, sólo puede alcanzarse por un abandono confiado al Espíritu Santo, autor divino de los salmos.