Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (49)

Capítulo vigésimo segundo: Cómo han de dormir los monjes

En el Maestro, la cuestión del sueño de los hermanos estaba ligada a la de los jefes de grupos, encargados de velar por ellos noche y día. Al final de su capítulo sobre los “prebostes” trata, en un largo apéndice sobre las camas, las horas nocturnas y el despertar. Igual que su predecesor, Benito legisla sobre el dormitorio inmediatamente después de la organización decanal, pero separa más los dos temas. Como lo hizo con el consejo de los hermanos, separado del tratado del abad, transforma el apéndice del Maestro en un capítulo distinto.

Duerma cada cual en su cama. Reciban de su abad la ropa de cama adecuada a su género de vida. Si es posible, duerman todos en un mismo local, pero si el número no lo permite, duerman de a diez o de a veinte, con ancianos que velen sobre ellos. En este dormitorio arda constantemente una lámpara hasta el amanecer.

Duerman vestidos, y ceñidos con cintos o cuerdas. Cuando duerman, no tengan a su lado los cuchillos, no sea que se hieran durante el sueño. Estén así los monjes siempre preparados, y cuando se dé la señal, levántense sin tardanza y apresúrense a anticiparse unos a otros para la Obra de Dios, aunque con toda gravedad y modestia. Los hermanos más jóvenes no tengan las camas contiguas, sino intercaladas con las de los ancianos. Cuando se levanten para la Obra de Dios, anímense discretamente unos a otros, para que los soñolientos no puedan excusarse (Capítulo 22, versículos 1-8).

El lecho individual no era común en la Antigüedad, incluso en medios monásticos, como lo muestran las reglas galas de Ferreol y Walberto. En cuanto a dormir vestido, era una particularidad de los monjes. Reproduciendo lo que el Maestro prescribe sobre estos dos puntos, Benito no omite tampoco su recomendación sobre los cinturones, haciéndola un poco oscura por un exceso de brevedad. Ambos autores piensan en los gruesos cinturones, provistos de vainas para alojar los cuchillos. Llevados durante el día, este tipo de artículos no debe ser usado durante la noche por temor a accidentes.

Dormir en dormitorios comunes no era de uso universal en los monasterios. En época del Maestro, poco tiempo antes de san Benito, algunas comunidades de Galia, Italia y Constantinopla habían adoptado esta nueva disposición. En los orígenes, los cenobitas dormían en celdas individuales. A veces mitigado por la presencia de uno o dos compañeros, este hábitat solitario era un vestigio del anacoretismo primitivo. Incluso reunidos en comunidades, los monjes conservaban una parte de la vida solitaria, que podía llegar hasta la prohibición de salir de la casa durante la mayor parte del día, como es el caso de los cenobitas egipcios descritos por san Jerónimo.

Si hacia el comienzo del siglo VI, se comenzó a reunir a los monjes en dormitorios, fue para remediar ciertos inconvenientes de la celda particular, particularmente en materia de pobreza y buenas costumbres. Útil, si no necesaria, la reforma sacrificaba, sin embargo los valores de recogimiento, de atención a sí mismo y de oración propios de la celda. La vigilancia jerárquica y mutua iba a reemplazar a la mirada de Dios.

Una lámpara siempre encendida, monjes que duermen siempre listos para saltar de la cama: este cuadro hace pensar en las parábolas del retorno de Cristo (Lc 12,35-40; cf. Mt 25,1-13). Cada señal del oficio nocturno es como el sonido del Maestro que golpea la puerta, como un grito que resuena en medio de la noche: “Ahí viene el esposo, salgan a recibirlo”. Despertar cada día es un encuentro con el Señor, un anuncio de la Parusía.

En ambas partes de esta escena central que recuerda el Evangelio, algunas especificaciones aclaran el sentido de la vida común. Al comienzo Benito habla de ropa de cama adecuada según el género de vida de cada uno (conversatio). La vida común no impide, por lo tanto, a cada monje practicar, con la ayuda de su abad, una ascesis personal, según su gracia, sus necesidades, sus medios. Ya Agustín preveía en su Regla diferencias entre los hermanos, no sólo en la alimentación y vestimenta, sino también en la cama y los cobertores (Preceptos 3,4).

En el otro extremo del capítulo, en cambio, Benito subraya las relaciones comunitarias. Al levantarse, se adelantan unos a otros para llegar más rápido al oficio. A pesar del silencio nocturno que se impondrá en un capítulo ulterior, se alientan mutuamente a levantarse sin demora. Esta diligencia evita la disipación. Para eliminarla, los jóvenes no tienen sus camas contiguas, sino mezcladas con los ancianos. Todos estos detalles revelan una misma pedagogía, atenta a aprovechar las fuentes de la vida fraterna. El Maestro solo pensó en la vigilancia de los superiores. Benito le agregó las relaciones mutuas de los hermanos.