LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (5)

Y el Señor, que busca su obrero entre la muchedumbre del pueblo al que dirige este llamado, dice de nuevo: “¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?”. Si tú, al oírlo, respondes “Yo”, Dios te dice: “Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela”. Y si hacen esto, pondré mis ojos sobre ustedes, y mis oídos oirán sus preces, y antes de que me invoquen les diré: “Aquí estoy”. ¿Qué cosa más dulce para nosotros, carísimos hermanos, que esta voz del Señor que nos invita? Vean cómo el Señor nos muestra piadosamente el camino de la vida. Ciñamos, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, y sigamos sus caminos guiados por el Evangelio, para merecer ver en su reino a Aquel que nos llamó (Prólogo, versículos 14-21).

No es la primera vez que estos versículos del Salmo 33 (34) son propuestos a los cristianos como un programa de vida para esta tierra, en vistas a obtener la vida eterna. Ya san Pedro cita el fragmento de forma casi idéntica, a sus neófitos de Asia (1 P 3,10-12). La Regla remonta así a las raíces de la vida monástica: la vocación del monje no es otra sino la del cristiano bautizado, llamado por Dios a “poseer en herencia la bendición”, como dice Pedro, o a “tener la vida verdadera y eterna”, como dicen el Maestro y Benito.

Primero citado tal cual (Prol. 15 y 17), luego parafraseado y completado por dos citas de Isaías (Pról 18; cf. Is 58,9 y 65,24), el texto sálmico (Sal 33 [34],13-16) toma la forma de un diálogo entre el Señor y el hombre. Dios llama a la vida, luego traza una línea de conducta para llegar a ella. Después de la primera de esas palabras del Señor [cf. Prol. 15], el hombre responde al llamado. Para terminar, el autor-predicador jerarquiza la invitación divina e invita, él también, a los auditores a ponerse en marcha para arribar al objetivo.

Como en el parágrafo precedente, el Nuevo Testamento aflora permanentemente junto al Antiguo. Desde las primeras palabras, se entrevé la parábola de los obreros de la viña (Mt 20,1-16), y la muchedumbre donde el Señor busca a su hombre hace pensar en la multitud de los llamados que siguen el camino amplio, en contraste con el pequeño número de los elegidos que toman la vía estrecha (Mt 22,14; 7,13-14). Luego, la vida de la que habla el salmista es calificada de “verdadera y eterna”, en referencia evidente a la vida eterna prometida por Cristo (Mt 19,16). Igualmente, la expresión “camino de la vida” que se encuentra en el Salterio (Sal 15 [16],10), hace pensar en el camino estrecho del Evangelio que conduce a la vida (Mt 7,14). En cuanto a la última frase, se respira allí el Nuevo Testamento: no solo el “ciñamos, pues, nuestra cintura con la fe”, alusión a la armadura paulina (Ef 6,14-15), sino también y expresamente “bajo la guía del Evangelio”, y finalmente la designación de Dios como “Aquel que nos llamó a su reino” (1 Ts 2,12), donde esperamos “verlo” (Mt 5,8). Por lo tanto, el salmo 33 es escuchado con oídos cristianos. Bajo su programa moral muy amplio, es al Evangelio a donde apunta con toda precisión.

Al comienzo de la última frase, la dupla “fe - buenas obras” recuerda nuevamente el parágrafo precedente. Así como aquel invitaba no solo a “escuchar” sino también a “correr”, es decir obrar, del mismo modo aquí la fe se transforma en acción. Sin duda, es en vistas a constituir ese binomio tan importante que el Maestro y Benito modifican ligeramente la armadura de san Pablo. Según la Carta a los Efesios, la cintura está ceñida con la verdad, siendo la fe comparada a un escudo, no a un cinturón. Puede ser que nuestros autores recuerden el retoño de Jesé (Is 11,5): “La justicia ceñirá su cintura (renum)”. Pero un Papa contemporáneo, Hormisdas, en una carta al emperador Justino (año 519), le recomienda ya “ceñir su cintura (lumbos) con la fuerza de la fe”.

Sin embargo, estos detalles de expresión importan menos que la magnífica esperanza que vibra en las dos frases precedentes (“Qué cosa más dulce… el camino de la vida”) y que reaparecerá en las últimas palabras del parágrafo (“ver en su reino a Aquel que nos llamó”). Contrariamente a la Carta de Pedro, nuestras Reglas se detienen en la promesa positiva del salmo, sin ir hasta la amenaza que la sigue (Sal 33 [34],17; 1 P 3,12). La sombría imagen del padre y del maestro irritado, evocada al comienzo del Prólogo, ahora ha desaparecido. Como corresponde a los cristianos, a los salvados, los monjes sólo tienen ojos y oídos para la bienaventuranza eterna, a la cual se saben destinados. Hoy, como en tiempos de Benito, no hay mayor felicidad en la tierra que vivir en esta esperanza.