Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (50)

Capítulo vigésimo tercero: La excomunión por las faltas

Con este texto Benito entra en una serie de ocho capítulos consagrados a la represión de las faltas. Como el parágrafo sobre el dormitorio, el código penal se relaciona con el capítulo de los decanos, llamados aquí “ancianos”. Fuertemente marcada por el Maestro, esta relación es un poco difuminada por Benito, pero permanece: son los jefes de grupo quienes constatan las faltas de sus subordinados y les dirigen las primeras advertencias.

Si algún hermano es terco, desobediente, soberbio o murmurador, o contradice despreciativamente la Santa Regla en algún punto, o los preceptos de sus mayores, sea amonestado secretamente por sus ancianos una y otra vez, según el precepto de nuestro Señor. Si no se enmienda, repréndaselo públicamente delante de todos. Si ni así se corrige, sea excomulgado, con tal que sea capaz de comprender la importancia de esta pena. Si no es capaz, reciba un castigo corporal (Capítulo 23, versículos 1-5).

Calcado de un pequeño capítulo del Maestro que es apenas más largo (RM 12), el texto benedictino se refiere, al igual que la RM, al Evangelio. Cuando un cristiano es agraviado por uno de sus hermanos, él le dirige reprimendas a solas, luego en presencia de uno o dos testigos, finalmente frente a la comunidad eclesial, si el culpable rechaza escucharle, será rechazado como a un pecador público y como un pagano (Mt 18,15-17).

Este procedimiento es aplicado en el monasterio mediante algunas adaptaciones. La iniciativa no es ya tomada por un particular, sino por los ancianos, responsables del infractor (como el Maestro, Benito piensa probablemente en dos decanos por grupos de diez). Por consiguiente no son necesarios testigos: la segunda advertencia no hace más que repetir la primera. Además, el rechazo de la comunidad no es la única sanción que se considera: la excomunión puede ser reemplazada por un castigo corporal.

En relación al Maestro, que aplicaba el Evangelio de forma ligeramente diferente, Benito se distingue por la reducción del rol de los decanos y la introducción de la Regla. Después de tres moniciones, los “prebostes” del Maestro debían denunciar el culpable al abad. Este paso es omitido por Benito. Al contrario, él agrega la mención de la Regla. Las faltas no consisten sólo en desobedecer a los superiores, sino también y sobre todo en violar esta “Santa Regla”. Se encuentra así, con un cambio en la persona de los superiores, la pareja “regla y abad”, ley y jefe, la definición de los cenobitas (RB 1,2).

Otra innovación de Benito es la distinción final entre los que comprenden y los otros. Como en el Evangelio, el Maestro no infligió otra pena más que la excomunión. Motivado por una preocupación que hemos encontrado ya en el tratado del abad (RB 2,27-29), Benito se preocupa de los menos inteligentes y prevé para ellos sanciones apropiadas. A través de toda esta sección, él mostrará un sentido pedagógico y pastoral afinado, multiplicando los esfuerzos por reformar a los infractores. En el caso presente, la letra del Evangelio es superada, pero el amor de la oveja perdida, que es el alma, motiva esta búsqueda de tratamientos propios para salvar a los pecadores. La Iglesia y el monasterio están llenos de estos. Todos nosotros lo somos, y para todos la Iglesia y el monasterio deben procurar, según las disposiciones de cada uno, la misericordia de Dios.