Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (51)

Capítulo vigésimo cuarto: Cuál debe ser el alcance de la excomunión

La gravedad de la excomunión o del castigo debe calcularse por la gravedad de la falta, cuya estimación queda a juicio del abad.

Si un hermano cae en faltas leves, no se le permita compartir la mesa. Con el excluido de la mesa común se seguirá este criterio: En el oratorio no entone salmo o antífona, ni lea la lectura, hasta que satisfaga. Tome su alimento solo, después que los hermanos hayan comido; así, por ejemplo, si los hermanos comen a la hora de sexta, coma él a la de nona, si los hermanos a la de nona, él a la de vísperas, hasta que sea perdonado gracias a una expiación conveniente (Capítulo 23, versículos 1-7).

La penitencia monástica es calcada de la penitencia canónica de la Iglesia de los primeros siglos, que tiene sus raíces en el Nuevo Testamento. Ya en crisis en la época de Benito, el sistema de penitencia pública fue reemplazado un poco más tarde por la confesión privada, venida de Irlanda, que se perpetuó en la Iglesia hasta nuestros días. Igual que en la antigua disciplina penitencial, el cristiano culpable de falta grave era excluido de la asamblea de los fieles y debía obtener su readmisión sometiéndose a las prácticas que le imponía el obispo, del mismo modo el monje que comete una falta es excluido de la comunidad hasta que de “satisfacción”. Pero, en el monasterio, todo es reducido a una escala menor: al ser mucho menos graves, las faltas tienen penas menos severas y sobre todo de menor duración.

Según Casiano, los cenobitas de Egipto sólo conocían una forma de excomunión: la exclusión de la oración común. Cuando comenzó a legislar, el Maestro previó solamente esta excomunión propiamente dicha, que implicaba el aislamiento total del culpable. En la práctica, sin embargo, la diversidad de las faltas le hizo admitir atenuaciones. En su legislación imprecisa y un poco embrollada, se ve desarrollarse progresivamente, al lado de la separación completa, una excomunión menor, donde el hermano culpable es solo privado de la comida común y de toda participación activa en el oficio.

Beneficiado por estos escritos del Maestro, Benito estableció desde el comienzo un sistema claro y coherente, fundado sobre la distinción de las dos formas de excomunión. Lo vemos aquí comenzar con la más leve. El excomulgado no está ausente de la oración común, pero no hace oír su voz: en el caso de los salmos con antífona o sin ella, que son recitados por los solistas, él no puede “imponer” (cantar) ninguno, ni recitar ninguna lectura. En cuanto a su comida, la toma solo, tres horas después de la comunidad.

Falta y perdón. Estos dos términos, con los cuales comienza y termina el capítulo, son como un resumen de la aventura espiritual de la humanidad, desde la transgresión de Adán hasta la remisión de los pecados en Cristo. Después del bautismo, después de la profesión, el monje excomulgado hace el camino de dolor y de gracia. Su penitencia delante de todos es la imagen del destino de todos y de la inagotable bondad de Dios.