Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (52)

Capítulo vigésimo quinto: Las faltas mas graves

Al hermano culpable de una falta más grave exclúyanlo a la vez de la mesa y del oratorio. Ninguno de los hermanos se acerque a él para hacerle compañía o para conversar. Esté solo en el trabajo que le manden hacer, y persevere en llanto de penitencia meditando aquella terrible sentencia del Apóstol que dice: “Este hombre ha sido entregado a la muerte de la carne, para que su espíritu se salve en el día del Señor”. Tome a solas su alimento, en la medida y hora que el abad juzgue convenirle. Nadie lo bendiga al pasar, ni se bendiga el alimento que se le da (Capítulo 25, versículos 1-6).

Al tratar de la excomunión mayor, Benito parece acordarse no solo del Maestro, sino también de Casiano, que conocía únicamente la forma de exclusión llamada “suspensión de la oración” (Instituciones, 2,16). Ya las Instituciones citaban con respecto a esto la palabra del Apóstol: “Sea entregado ese individuo a Satanás” (1 Co 5,5). Reproduciendo la cita completa, Benito omite las palabras “a Satanás”, ya sea para atenuar el horror de esta “terrible sentencia”, o más probablemente, porque como otros autores latinos, él no lee estas palabras en el Nuevo Testamento del cual dispone.

Este recurso al corpus paulino no es ni el primero ni el último que se observa en el código penal de la Regla. Más arriba, al prescribir: “Repréndesalo públicamente delante de todos” (RB 23,3), Benito se hacía eco de una frase del Apóstol (1 Tm 5, 20) que citará expresamente, como lo veremos, en otras secciones de su obra. En los capítulos que siguen encontraremos otras reminiscencias paulinas. Estas citas de san Pablo, en particular a los pasajes de Corintios, concernientes a la excomunión, se cuentan entre los toques personales con los que Benito enriqueció su resumen del Maestro en esta parte. Punto de partida común de las dos Reglas, el Evangelio es así completado por el Apóstol en la nuestra.

Otra reminiscencia escriturística aflora en la última frase del capítulo, pero esta vez viene del Maestro y remite al Antiguo Testamento. Nuestros dos autores piensan visiblemente en la maldición del Salmista: «Y no dicen tampoco los que pasan: “¡Bendición de Yahveh sobre ustedes! Nosotros los bendecimos en el nombre de Yahveh”» (Sal 128 [129],8). Pedir y dar una bendición son los ritos prescritos a los hermanos cuando se encuentran (RB 63,15): el más joven la pide (Benedic, “bendíceme”), el mayor la da (Deus, “¡que Dios nos bendiga!”). Banalizadas por el uso, estas santas palabras recuperan todo su peso y valor cuando son prohibidas por la excomunión. Se percibe entonces qué bendiciones son en verdad las intercambiadas por los servidores de Dios.

Más ampliamente, todo el tratamiento infligido al excomulgado pone en valor la gracia de la vida común. Para san Pablo y sus corresponsales, el fiel excluido de la comunidad cristiana, recaía en un mundo dominado por Satanás. Los tormentos que éste haría sufrir a la oveja errante serían para ella una lección que la reconduciría al redil y la salvaría en el día del juicio. Sucede lo mismo con el monje puesto a un costado de su monasterio. Como la comunidad eclesial de la cual forma parte, la comunidad monástica defiende a sus miembros contra el diablo. Por lo tanto, separarse es caer en las manos de este.